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El pueblo que inspiró a Joan Manuel Serrat su canción 'Mediterráneo': "Era un lugar precioso, tenía amigos y me lo pasaba muy bien. Las canciones de Mediterráneo se gestaron allí"

En Calella de Palafrugell, un puñado de casas blancas asomadas al mar de la Costa Brava, un Serrat de 28 años encontró en 1971 la calma que acabó convertida en el himno sentimental de varias generaciones.

Un precioso y coqueto pueblo que inspiró una de las canciones más cantadas de la historia.

Un precioso y coqueto pueblo que inspiró una de las canciones más cantadas de la historia. / Istock

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Cuesta dar con una casa española de cierta edad donde no haya sonado alguna vez la voz de Joan Manuel Serrat. El cantautor barcelonés, nacido en el Poble-sec en 1943, lleva más de medio siglo poniendo música a la memoria sentimental del país: musicó a Antonio Machado y a Miguel Hernández, plantó cara a la censura del franquismo —se negó a cantar el "La, la, la" en Eurovisión si no era en catalán, y la jugada le costó cara— y firmó un puñado de canciones que la gente se sabe sin haberlas estudiado jamás. En diciembre de 2022 se despidió de los escenarios con un último concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona, el que cerraba la gira que había bautizado, con su sorna de siempre, como El vicio de cantar.

Playa en Calella de Palafruguell.

Playa en Calella de Palafrugell. / Istock

De toda esa obra, ninguna canción ha calado tan hondo como Mediterráneo. Encabeza las encuestas sobre la mejor canción del pop español, suena lo mismo en una boda que en un entierro y resume en un solo verso —"¿qué le voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo?"— una manera entera de estar en el mundo. Lo que mucha gente que la tararea no sabe es que ese mar de la canción tiene dirección postal: Calella de Palafrugell, un viejo pueblo de pescadores de la costa gerundense donde Serrat se encerró a escribir cuando aún no había cumplido los treinta.

El pueblo que inspiró la canción 'Mediterráneo' de Serrat: un puerto pesquero repleto de casas blancas que se asoman a calas de cuento

Adriana Fernández

El mayo en que Serrat se encerró frente a Port Bo

Corría mayo de 1971 cuando aquel Serrat de 28 años, harto de controversias y vetos, hizo las maletas y se instaló en el desaparecido hotel Batlle, justo enfrente de la playa de Port Bo. Desde la ventana de su habitación, en la segunda planta, se veían el mar, las barcas de los pescadores y, al fondo, las islas Formigues. "Decidí retirarme durante un tiempo", explicaría poco después; "buscaba tranquilidad, trabajar sin presión, y estar junto a la gente que me quiere y a la que yo quiero". Medio siglo más tarde, al rememorar aquellos meses, lo dejó dicho sin una pizca de grandilocuencia: que fue a Calella porque "era un lugar precioso, tenía amigos y me lo pasaba muy bien", y que las canciones de Mediterráneo "se gestaron allí porque yo estaba allí".

Vista a través de una ventana

Vista a través de una ventana / Istock

Conviene, eso sí, no idealizar la postal, y el propio cantante se ha encargado de desinflarla. Parte del disco terminó de escribirse en otros puntos de costa —Cala d'Or, en Mallorca; Mojácar, en Almería; Fuenterrabía, en Guipúzcoa—, y la imagen que tenía en la cabeza al componer el tema no era una cala de anuncio, sino el nicho familiar del cementerio de Montjuïc, desde el que, contaba, "se ve la playa y el cielo". "No había intención poética", advertía con su crudeza habitual. Pero fue aquí, entre el salitre y las barcas varadas, donde la canción encontró por fin su sitio. El hotelito que lo acogió ya no existe —en su lugar se levanta hoy un bloque de apartamentos—, aunque el mar que miraba sigue casi idéntico.

Una de las calles de Calella.

Una de las calles de Calella. / Istock / TONO BALAGUER

Les voltes, el Camí de Ronda y un suquet frente al mar

Quien llega hoy a Calella de Palafrugell entiende enseguida por qué un músico habría querido recluirse aquí a trabajar. El pueblo, que apenas pasa de los setecientos vecinos y pertenece al municipio de Palafrugell, en el Baix Empordà, ha logrado algo casi milagroso en la Costa Brava: resistir al ladrillo y al turismo de masas sin perder la cara. Sus casas blancas de contraventanas pintadas, las calles empedradas que bajan hacia el agua y, por encima de todo, les voltes —los soportales abovedados de Port Bo bajo los que aún descansan sobre la arena las barcas de madera— forman una de las estampas marineras más hermosas del litoral catalán. En VIAJAR no tenemos reparo en afirmarlo: pocos rincones del Mediterráneo español han envejecido con tanta dignidad.

Cala el Golfet, Calella de Palafruguell.

Cala el Golfet, Calella de Palafruguell. / Istock

El plan aquí no admite prisas, y eso es justo lo que lo vuelve irresistible. Merece la pena recorrer a pie el Camí de Ronda, el sendero que bordea los acantilados y enlaza Calella con la vecina Llafranc en apenas veinte minutos de pinos, roca de granito y aroma a mar. A un paso quedan los jardines botánicos de Cap Roig, veinte hectáreas asomadas al agua que cada verano acogen un festival de música de primer nivel. Y si hay una cita que explica el alma del pueblo es la Cantada d'Havaneres: desde 1966, cada julio, la playa de Port Bo se transforma en una grada al aire libre donde se cantan habaneras de cara al mar y se bebe ron cremat, esa mezcla caliente de ron, azúcar, café y piel de limón que se prende antes de servir.

Calella de Palafrugell es un precioso pueblo de la Costa Brava.

Calella de Palafrugell es un precioso pueblo de la Costa Brava. / Istock

En la mesa manda, como no podía ser de otro modo, el mar. El plato que hay que pedir es el suquet de peix, el guiso de pescado y patata que condensa toda la cocina marinera del Empordà, aunque los arroces y los platos de mar i muntanya le compiten de tú a tú. Bajo las voltes, casi con los pies en la arena, locales como La Blava o el Calau —este último, de pinchos, que no suele aceptar reservas, así que conviene plantarse pronto— permiten comer mirando el agua. Un apunte práctico para no llevarse un disgusto: en julio y agosto, reserve mesa con unos días de margen, porque Calella es pequeño y muy codiciado.

Medio siglo después de que Serrat contemplara este mismo azul desde una ventana, Calella sigue ofreciendo lo único que de verdad andaba buscando aquel cantautor joven y cansado: tiempo, sosiego y un horizonte al que asomarse. Lo demás, ya lo puso él.