El pueblo ideal junto al mar para recorrer a pie y comer pescado del día: Conjunto Histórico medieval, calles empedradas, palacios señoriales y puerto pesquero
Lekeitio guarda en Bizkaia un casco medieval que se camina entero en una mañana y desemboca, calle tras calle, en un puerto donde la lonja sigue marcando el ritmo del día.

Es uno de los pueblos más encantadores y desconocidos del País Vasco. / Istock
Hay pueblos que se han convertido en escenografía y otros que siguen viviendo de lo que siempre los sostuvo. Aquí el casco histórico no es una postal congelada para turistas: es el lugar donde la gente compra el pan, abre el bar a las ocho y sube la persiana de la pescadería con el género que ha entrado esa misma madrugada por el puerto. Pasear por sus calles empedradas, casi todas en pendiente hacia el mar, es entrar en un trazado que tiene más de setecientos años y que sigue funcionando con la misma lógica de entonces: arriba la vida cotidiana, abajo el trabajo del mar.

La hermosa Basílica de la Asunción de Nuestra Señora en el centro histórico de Lekeitio / Istock / Rudolf Ernst
La historia de Lekeitio: una joyita del País Vasco
La villa nació en 1325, cuando María Díaz de Haro le otorgó el título de Villa junto con el Fuero de Logroño, sobre una puebla que ya existía antes en este rincón de la comarca de Lea-Artibai. Ese origen medieval quedó reconocido siglos después, en 1993, cuando el Gobierno Vasco declaró el casco antiguo Conjunto Monumental, lo que en la práctica protege ese entramado de calles, palacios y torres que hoy se recorre casi sin coches. Y junto a todo eso, el puerto: activo, con su Cofradía de Pescadores de San Pedro, una de las más veteranas del Cantábrico, y una lonja donde cada día se decide qué va a parar a los platos de los restaurantes del pueblo.

Adriana Fernández
Arranegi Kalea es la calle que vertebra todo el casco viejo, y conviene empezar por ahí porque es donde mejor se entiende la lógica de Lekeitio: un eje estrecho, flanqueado de fachadas con balcones de madera, que va desembocando en pequeñas plazas y rincones según se avanza. Desemboca en la plaza de la Independencia, el salón del pueblo, presidida por un ayuntamiento barroco del siglo XVIII que marca el paso de las horas con su reloj. Desde ahí, en pocos metros, se llega a la Basílica de la Asunción de Santa María, gótica del siglo XV, que guarda dentro uno de los retablos góticos flamencos más notables de Bizkaia, tallado en el XVI, además de la imagen de la Virgen de la Antigua, una talla románica del siglo XII que ha visto pasar toda la historia del pueblo.

Faro de Santa Catalina, en Lekeitio. / Gonzalo Azumendi
El resto del casco se descubre casi por accidente: el palacio de Oxangoiti y el palacio Uriarte, ambos del XVII, con esos escudos de piedra que cuentan linajes de armadores y comerciantes; la torre Turpin, del XVI, que resistía como vivienda fortificada en tiempos más convulsos; la casa-palacio de Uribarri; el convento de Santo Domingo; y, en la calle Ezpeleta, el edificio que fue antigua sede de la Cofradía de pescadores, testigo de cuando la actividad pesquera se gestionaba puerta a puerta con las casas del pueblo. Desde esta parte alta, las calles empiezan a caer en pendiente, empedradas y estrechas, dibujando ese descenso hacia el puerto que define el carácter de Lekeitio: todo, antes o después, lleva al mar.
San Nicolás, playas y acantilados
Ese descenso termina en el puerto. Aquí manda la Cofradía de San Pedro, que sigue gestionando la lonja donde se subasta el pescado que entra cada madrugada: la fábrica de hielo, la báscula, las cajas apiladas en el muelle y las rederas trabajando en las redes son parte del paisaje cotidiano, no una recreación para visitantes. Caminando por el muelle hacia el rompeolas, las vistas se abren hacia la bocana y hacia la ermita de San Juan, encajada sobre los acantilados, un buen punto para entender de un vistazo cómo se reparte el pueblo entre el mar y la roca.

Isla de San Nicolás, Lekeitio / @Launchmetrics Spotlight / jon chica parada | Istock
Frente al puerto, la isla de San Nicolás —también conocida como Garraitz— añade otra capa de interés: un islote de unos 48 metros de altura, hoy reconocido como parque arqueológico, al que se llega caminando cuando la marea lo permite, bien por la arena de la playa de Karraspio, bien por un antiguo malecón de piedra desde la playa de Isuntza. El acceso depende por completo del horario de mareas, así que conviene consultarlo antes de salir del hotel: cuando sube el agua, el paso queda cubierto y no hay forma segura de regresar a pie. Con esa precaución resuelta, la subida hasta lo alto de la isla regala una de las vistas más completas de toda la bahía, con el pueblo, la basílica y las dos playas a la vez.

Vista de la ciudad pesquera de Lekeitio / Istock
Y hablando de playas: Isuntza, la urbana, está pegada al puerto y es la más cómoda para un baño rápido entre paseo y paseo; Karraspio, ya en el término de Mendexa, al otro lado de la desembocadura del río Lea, es más amplia y abierta, con esa sensación de playa menos urbana aunque esté a un paso del centro.
Comer en Lekeitio, lo lógico
La cocina de Lekeitio se entiende mirando lo que baja cada mañana de los barcos a la lonja. La bonita vizcaína, en su temporada de verano, es la base del marmitako, ese guiso de patata, pimiento y bonito que en cualquier casa de pescador se hacía con lo que había a bordo. El besugo a la espalda, las kokotxas, las anchoas del Cantábrico, las sardinas a la brasa en temporada o la merluza en salsa verde completan ese recetario que no necesita maquillaje: el producto llega tan fresco que la elaboración tiende a ser sencilla.
Para sentarse a comer con vistas al puerto, una de las direcciones con más recorrido es Asador Prim, en Arranegi Kalea 24, especializado en pescados y carnes a la brasa con un salón interior y una terraza orientada al mar. También en la zona portuaria, Antzarrak se presenta como un restaurante de puerto centrado en producto fresco y elaboraciones sencillas. Para algo más informal, en pleno casco, Sukha Organik ofrece una propuesta de tablas para compartir en un ambiente más relajado.
Conviene reservar con antelación en temporada alta, especialmente si se busca mesa con vistas al puerto: en un pueblo de este tamaño, los sitios con terraza al mar se llenan rápido en cuanto el txakoli empieza a correr y el sol cae sobre la lonja.
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