El pueblo costero de Cantabria que guarda la construcción más bonita de Gaudí: acantilados de cuento, miradores a la montaña y al mar y monumentos Bien de Interés Cultural
El susurro del mar cantábrico y el toque modernista de Gaudí convierte este pueblo costero en uno de los destinos favoritos de los amantes del arte, la historia y la cultura.

Es un pueblo que impresiona por sus palacios indianos, sus playas abiertas al Cantábrico y un casco histórico que aún camina con paso decimonónico. En este escenario se alza un edificio irrepetible, casi caprichoso en el sentido literal de la palabra, que justifica por sí solo el viaje de miles de visitantes cada año y que tiene que ver con Gaudí: es una de sus obras más reconocidas del país, El Capricho de Gaudí.

A finales del siglo XIX, la villa que sirve de marco para este monumento, vivió una etapa de esplendor impulsada por indianos y familias influyentes. Palacios, universidades y residencias señoriales dibujan a día de hoy un escenario refinado. Este lugar que inspira a películas de época grandiosas es Comillas. Este pueblo está presidido por el Palacio de Sobrellano y su capilla-panteón, la Universidad Pontificia, entre otros de sus encantos.
¡Pero eso no es todo! Comillas guarda otro pequeño legado gaudiniano menos conocido: la llamada Puerta de los Pájaros, en la Casa Moro. Sin embargo, es El Capricho lo que ha conquistado durante décadas a los viajeros que deciden perderse por las calles de Comillas. Construido en 1883 como casa de veraneo para Máximo Díaz de Quijano, el edificio —también conocido como Villa Quijano— es una declaración de intenciones de su etapa más joven.

El monumento más bonito de Gaudí se esconde en un pueblo costero muy especial del norte
Para entender la historia de este edificio hay que saber que el arquitecto no siguió la obra de forma constante, delegando la ejecución en su colaborador Cristóbal Cascante. Influencias neomudéjares, guiños orientales y un uso expresivo del color conviven en una fachada donde el ladrillo visto y la cerámica vidriada, decorada con flores y girasoles, se convierten en una de las imágenes más impactantes del país.

Tras la muerte de su propietario, la casa fue modificada para acomodar nuevos usos. Se añadieron estancias, se alteró la distribución original y se eliminó el invernadero que había sido una pieza clave del proyecto. Con el paso del tiempo, el edificio entró en una lenta decadencia, hasta quedar prácticamente abandonado, pero una joya de este calibre no podía quedar en el olvido. Su declaración como Bien de Interés Cultural en 1969 marcó un punto de inflexión, aunque no fue hasta finales de los años ochenta cuando una restauración rigurosa devolvió al conjunto su aspecto original.
Los detalles de este 'capricho' de Gaudí
La torre mirador, revestida de verdes y rojos intensos, se eleva en un entorno natural de lo más especial. Subir por su estrecha escalera de caracol es descubrir otra de las obsesiones de Gaudí: ventanas que suenan al abrirse, balcones de hierro forjado con bancos de madera y estancias pensadas para aprovechar cada rayo de sol convierten la visita en algo más que un recorrido arquitectónico. La entrada se puede conseguir a través de la página web desde 10 euros... Un precio que no tiene valor comparado con la experiencia.

Y por si fuera poco, a día de hoy hay una escultura de bronce del arquitecto, sentada frente a su creación, la cual observa en silencio cómo los visitantes rodean la casa y buscan el mejor ángulo para una fotografía que pueden guardar en su móvil y en su alma.
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