El pueblo de Córdoba que dejó atrás su origen sobre una colina y los restos de un importante recinto fortificado
A más de 800 metros de altitud, un pequeño enclave amurallado resistió durante siglos los vaivenes de la historia y fue el germen de una pintoresca localidad cordobesa.

En lo alto de la sierra, a más de 800 metros de altitud, un pequeño enclave amurallado resistió durante siglos los vaivenes de la historia. Hoy, su silueta en ruinas apenas interrumpe el paisaje de olivos, pero hace ocho siglos fue el primer hogar de decenas de familias que, más tarde, fundarían uno de los actuales pueblos de Córdoba.
Este antiguo poblado nació en los años previos a la formación del reino nazarí de Granada, en plena época andalusí. Elegido por su posición estratégica, se asentó a 860 metros de altura, en plena Subbética, sobre una colina que ofrecía vigilancia, defensa y control. A lo largo de la Edad Media, su ubicación lo convirtió en un lugar clave en la línea de frontera entre los reinos musulmanes y cristianos, cambiando de manos en varias ocasiones a partir del año 1240.
Patrimonio protegido
El núcleo original contaba con unas 40 viviendas, ocupadas por casi medio centenar de familias, distribuidas en torno a una fortaleza que aún conserva dos torres y 240 metros de muralla. En total, el yacimiento abarca tres hectáreas que han resistido al tiempo, y que hoy forman parte del patrimonio protegido de la provincia: fue reconocido como Bien de Interés Cultural (BIC) en 1985.

Aunque a día de hoy el lugar ya no está habitado, sí ofrece un enorme atractivo histórico, arqueológico y natural, con vistas privilegiadas sobre el entorno de la Subbética. Muy cerca de allí, en el paraje conocido como Cerro Hacho, se encuentran otros restos de aquel primer periodo, como la Torre del Canuto, situada a 1.000 metros de altitud, y el castillo adyacente, que refuerzan la idea de un territorio fortificado y organizado para resistir.
Una nueva vida
Con la consolidación del dominio cristiano a partir del siglo XV, este pequeño bastión fue finalmente abandonado. Sus habitantes descendieron del cerro para fundar, a apenas tres kilómetros, un nuevo núcleo en una zona más accesible y fértil. Así nació el Rute que hoy conocemos.
Pero allí, entre piedras y vegetación, sigue en pie Rute el Viejo, el pueblo de Córdoba que dejó atrás su primera vida.
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