El pueblo de 107 vecinos al que peregrinan parejas para colgar sus candados de amor: "No es París, pero viene mucha gente"

El embalse de El Atazar sigue recibiendo enamorados 10 años después de arrancar esta moda en Europa: situado a 80 kilómetros de Madrid, es de los pocos lugares donde aún se mantiene viva

Uno de los puentes que dan al embalse de Atazar se ha convertido en el más romántico de la región
Uno de los puentes que dan al embalse de Atazar se ha convertido en el más romántico de la región / Istock / José Miguel Sánchez

Nadie sabe cómo empezó. De repente, un día, bajo la atenta mirada de los vecinos, el primer candado apareció. Tenía pintado un 2015 a rotulador negro. A su lado, dos iniciales: A y P. Al principio, pensaron que se trataba de un par de jóvenes entusiasmados por sellar su amor aquí. No le dieron importancia. ¿Quién iba a seguirles en este pequeño rincón de la sierra de Madrid? Pero se corrió la voz. Y, poco a poco, comenzó a llegar gente de los pueblos aledaños. Cada vez más. Moteros, corredores y turistas sobre todo. La tradición que el escritor Federico Moccia popularizó hace 10 años fue atenuándose con el tiempo y hoy, para sorpresa de El Atazar, un pueblito de 107 habitantes, sobrevive en poquísimos lugares. Su embalse no ha dejado nunca de recibir enamorados.

Adriana Fernández

Suelen colocar los candados en uno de los miradores que salpican la presa. Los hay grandes, oxidados, coloridos… Se cuentan por cientos. Algunos están acompañados de viejas fotografías y flores marchitas. Otros, en cambio, ya han perdido la tinta que los identificaba. Al llegar, EL PERIÓDICO DE ESPAÑA encuentra a un puñado de curiosos inmortalizando la estampa. La han descubierto de casualidad, como la mayoría. “No sabíamos de su existencia. Quizá vengamos más adelante para dejar el nuestro”, dice Ana entre risas. A lo que David, su pareja, añade: “Esta moda se extendió como la pólvora en Berlín, Roma, Praga y Londres, pero fue desapareciendo”. En Madrid también caló: farolas, verjas y puentes se llenaron de ellos.

Hoy, por contra, casi no quedan restos en la capital. “Me gusta que aún haya personas que crean en el amor”, apunta Alejandra, que está dispuesta a regresar próximamente para depositar el suyo. A su lado, Patricia graba un vídeo: “Qué bonito. Las vistas son impresionantes, totalmente alejadas del ruido”. A siete kilómetros se localiza El Atazar, tal vez allí sepan algo más. En su coqueto casco histórico, apenas hay un alma. Se intuye una radio a lo lejos, procedente de una de sus típicas casas serranas hechas con piedras. Por aquí no transitan coches, por lo que la paz campa a sus anchas. Sólo el Ayuntamiento está abierto a esta hora de la mañana: dentro, dos funcionarias se extrañan con la visita.

El pueblo de El Atazar en la Sierra Norte de Madrid

El pueblo de El Atazar en la Sierra Norte de Madrid

/ Istock / Jose Ramiro Laguna

Origen desconocido

“Ni idea. Sólo te podemos decir que no es gente del pueblo quien pone los candados. Vienen de fuera. No tenemos más información. Nos llama la atención que se desplacen hasta aquí, la verdad. Lo normal es verlos en grandes urbes. A las 12.30 horas abre el bar. Puede que allí alguien sepa algo”, mantienen. De camino, cerca de la plaza de la Constitución, Ángeles tiende la colada que acaba de lavar. Saluda alegre y, de inmediato, interesada, pregunta el motivo de la visita. “¡Ah, sí! Los conozco. Llevamos años preguntándonos quién fue el primero en colgarlo. Supongo que, después, otras personas lo descubrieron y le imitaron. Es una tontería. Hace nada, por ejemplo, en el antiguo poblado, empezaron a enganchar bragas en un árbol. Son tendencias”.

El embalse del Atazar, el lugar elegido por los amantes para dejar sus candados

El embalse del Atazar, el lugar elegido por los amantes para dejar sus candados

/ Istock / José Miguel Sánchez

Al repique de las campanas de la Iglesia de Santa Catalina, Pedro toma un café a las puertas de su cochera. Está repleta de libros y calendarios. En un cenicero descansa el cigarrillo que acaba de recuperar. Se muestra cercano. “¿Queréis algo? Menudo calor, no os quedéis ahí”, dice. Se abanica una y otra vez con un cartón mientras da su opinión al respecto: “Están en la extinta machacadora. Hace tres décadas se hizo una propuesta sin éxito a la Comunidad para rehabilitar la zona porque se producían muchos accidentes. Se llegaron a instalar bancos y mesas que robaron a las semanas. Venían con furgonetas y se los llevaban”.

¿Un acto vandálico?

Los candados también han despertado opiniones diversas. Sagrario Alonso, encargada de administrar la Mancomunidad del Embalse del Atazar, expone la suya: “Es un tema controvertido. Tienen un efecto negativo en el medioambiente porque suelen tirar la llave al agua. Se trata de un entorno protegido ya que forma parte de la Red Natura 2000 y está regulado en el Plan de Ordenación de Embalses. Asimismo, no deja de ser una intervención en un espacio público, equiparable a un acto vandálico como puede ser una pintada. Por tanto, no apoyamos este tipo de prácticas”.

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