El pueblo más bonito del mundo está en España: en un valle de cuento a la orilla de un embalse que te lleva al mundo de Frozen
Un enclave pirenaico que resurgió de las aguas para convertirse en un escenario de piedra, cultura y leyenda con callejuelas de piedra y vistas de escándalo.

La primera vez que vi Frozen no me impresionaron ni los palacios de hielo, ni las cortinas púrpura del castillo real, ni los bonitos vestidos de Elsa y Anna. Lo que realmente me llamó la atención fue la ubicación de la ciudad: un grupo de casas situadas directamente frente a la orilla y rodeadas de lustrosas montañas. Aunque se acepta popularmente que Arendelle está en Noruega y que tiene influencias de Hallstatt, en Austria, tenemos un pueblo español que perfectamente podría encajar en esta descripción. Hablamos, por supuesto, de Lanuza.
Este pequeño pueblo aragonés, encajado en el corazón del Valle de Tena, es un escenario de cuento. De hecho, desde la otra orilla del embalse que lo hizo desaparecer hace medio siglo, Lanuza se ve como un espejismo: un puñado de casitas de piedra con tejados de pizarra que trepan por la ladera, flanqueado por montañas escarpadas verdes y reflejado sobre un agua cristalina.
La historia de Lanuza, un pueblo que resurgió de las aguas
Lanuza pertenece al municipio de Sallent de Gállego, en la provincia de Huesca, y se encuentra en plena cordillera pirenaica, a la izquierda del pantano que lleva su nombre y embalsa las aguas del río Gállego. Su origen se remonta al siglo XIII y, según se cree, su nombre proviene de landa, una palabra que designa las laderas que un día estuvieron cubiertas de pastos.
Durante siglos, Lanuza fue un enclave ganadero. En 1488 había apenas veinte casas, pero la comunidad creció con el tiempo hasta alcanzar los 165 habitantes en 1950. Todo cambió con la construcción del embalse en 1976, que supuso la venta forzosa de las viviendas y la marcha obligada de los vecinos. Para 1978 ya no quedaba nadie. Pero Lanuza no desapareció del todo: las aguas nunca llegaron a cubrir por completo el núcleo urbano y, a finales de los años 80, un grupo de antiguos vecinos comenzó a luchar por recuperarlo con sus propias manos.

El primer paso fue la restauración de la iglesia de San Salvador, construida en el siglo XIX sobre los restos de un templo románico incendiado durante la Guerra de la Independencia. Hoy, su portada conserva un antiguo crismón, y en su interior se guarda un relicario de plata de 1557 con los restos de Santa Quiteria, patrona del lugar. A partir de ahí, comenzó un proceso de rehabilitación que continúa hasta hoy. El pueblo, que llegó a tener casi 200 habitantes antes de la tragedia, ronda ahora los 40, pero ha vuelto a la vida como un enclave turístico cuidado con mimo.

Lanuza no solo ofrece belleza natural y arquitectura tradicional —pasear entre sus casitas de piedra con tejados de pizarra, perderse por sus callejuelas empedradas, con puertas correderas de madera y farolillos sobre las ventanas—, sino también cultura. Desde 1992 acoge el festival Pirineos Sur, uno de los encuentros internacionales de música más singulares de Europa. Durante tres fines de semana de julio, artistas como Amaia, Manu Chao o Nathy Peluso tienen previsto actuar este año en su espectacular escenario flotante y los espectadores, sentados en un anfiteatro de piedra, disfrutarán del espectáculo con vistas al embalse y las montañas como telón de fondo.

Además, se han recuperado tradiciones como el Palotiau, una danza masculina de corte entre pastoril y guerrero, donde los bailarines entrechocan sus cayados de madera. Todo suma para convertir a Lanuza en lo que es hoy: un oasis de historia, cultura y belleza que ha renacido a orillas del embalse que casi lo borró del mapa.

La naturaleza: su mejor recurso
Lanuza es también una base perfecta para explorar el Valle de Tena. Desde el pueblo surgen numerosas rutas de senderismo que se adentran en el valle y en los Pirineos; y a tiro de piedra se encuentran pueblos como Sallent de Gállego. Muy cerca está el bosque de Betato, un hayedo mágico que sigue sumando a la temática de cuento de hadas. Y si buscas lugares con historia, no te pierdas la Ermita de Santa Elena, a las afueras de Biescas.
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