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El pueblo más bonito de Mallorca no es Deià: un precioso destino medieval con fachadas cubiertas de flores junto a la sierra de Tramuntana que fue refugio del compositor Chopin

Medieval, colgado de la Serra de Tramuntana y con las fachadas cubiertas de flores. En su cartuja nació, en 1930, el primer festival del mundo dedicado a Chopin.

Este pueblo medieval debe su fama al Valle que da nombre a la villa.

Este pueblo medieval debe su fama al Valle que da nombre a la villa. / Istock

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En febrero, los almendros en flor transforman el valle de Valldemossa, situado a más de 400 metros de altura en plena Sierra de Tramuntana. Entre calles empinadas y casas de piedra viven poco más de 2.000 habitantes, en uno de los pueblos más fotografiados de Mallorca.

Pueblo de Valldemosa, Mallorca

Pueblo de Valldemosa, Mallorca / Istock

Pero Valldemossa es mucho más que su paisaje. A solo quince minutos de Palma conserva una antigua cartuja que nació como palacio real y que quedó ligada para siempre a Frédéric Chopin y George Sand, cuya estancia en la isla dejó música, literatura y una historia llena de desencuentros.

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Adriana Fernández

Calles empinadas, contraventanas verdes y un mirador sobre los tejados

El casco antiguo de Valldemossa se recorre entre cuestas, calles estrechas de piedra, ventanas verdes y fachadas llenas de flores. El centro es peatonal y uno de sus puntos más fotografiados es el mirador de Miranda des Lledoners, desde donde se contemplan los tejados del pueblo y el valle.

Pueblo de Valldemosa desde la lejanía, Mallorca

Pueblo de Valldemosa desde la lejanía, Mallorca / Istock

En el corazón de la localidad se encuentra la iglesia de Sant Bartomeu, de origen medieval, y muy cerca la casa natal de Catalina Thomàs, patrona de Valldemossa y única santa mallorquina. El nombre del pueblo parece proceder de una antigua alquería andalusí vinculada a un noble llamado Mussa o Muça, origen de la expresión Vall de Mussa.

Iglesia de Sant Bartomeu, Valldemossa

Iglesia de Sant Bartomeu, Valldemossa / Istock / www.marcelforrer.com

La cartuja, los trece monjes y el mal invierno de Chopin

La Cartuja de Valldemossa, hoy uno de los monumentos más visitados de Mallorca, nació como palacio real. Jaume II lo mandó construir hacia 1310 y, en 1399, Martín el Humano lo cedió a los cartujos, que permanecieron allí hasta la desamortización de 1835. El conjunto conserva la iglesia neoclásica, el claustro, el palacio del rey Sancho y una antigua farmacia del siglo XVIII.

Su episodio más famoso llegó en el invierno de 1838-1839, cuando Frédéric Chopin y George Sand se instalaron en una de sus celdas buscando un clima beneficioso para la salud del compositor. La estancia resultó complicada por el frío y la humedad, pero Chopin aprovechó aquellos meses para trabajar en varias piezas, entre ellas parte de sus Preludios Op. 28. En la celda-museo todavía se conserva su piano Pleyel.

George Sand convirtió aquella experiencia en Un invierno en Mallorca, publicado en 1841, cuya dura visión de los isleños generó una fuerte polémica. Con el tiempo, por la Cartuja también pasaron figuras como Rubén Darío, Unamuno o Borges. Desde 1930, además, Valldemossa celebra cada agosto el Festival Chopin, uno de los grandes acontecimientos culturales de la localidad.

Pueblo de Valldemosa, Mallorca

Pueblo de Valldemosa, Mallorca / Istock

Del Camí de l'Arxiduc a la coca de patata

Muy cerca de Valldemossa se encuentran Miramar y Son Marroig, las fincas vinculadas al archiduque Luis Salvador de Austria, que a finales del siglo XIX se instaló en esta zona y trabajó para conservar su paisaje. También impulsó el Camí de l’Arxiduc, una de las rutas de senderismo más conocidas de Mallorca. En la costa, el puerto de Valldemossa y pequeñas calas como Sa Marina o el Caló de s’Estaca mantienen todavía un carácter más salvaje.

Península de Sa Foradada en la Sierra de Tramontana cerca de Son Marroig, Mallorca

Península de Sa Foradada en la Sierra de Tramontana cerca de Son Marroig, Mallorca / Istock

La localidad también ha atraído a figuras contemporáneas como Michael Douglas, que impulsó el centro cultural Costa Nord. Pero otro de sus grandes atractivos es gastronómico: la coca de patata, un bollo esponjoso elaborado con patata cocida, huevo, azúcar y manteca, que suele acompañarse de chocolate caliente, horchata o granizado de almendra.

Uno de los lugares más conocidos para probarla es Ca’n Molinas, un horno fundado en 1920 y gestionado actualmente por la tercera generación familiar. Además de sus populares cocas de patata, elabora dulces tradicionales como gató de almendra, robiols y ensaimadas, que pueden degustarse en su terraza frente al monasterio.