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La primera catedral de España declarada Patrimonio de la Humanidad: es una joya del arte gótico en Europa, esconde la tumba del Cid Campeador y tiene una "catedral dentro de la catedral"

La Catedral de Burgos no es solo el monumento más importante de Castilla y León: fue el primer templo español en recibir, de forma independiente, el reconocimiento de la UNESCO, y encierra entre sus piedras siglos de historia, arte y una épica medieval que todavía se puede tocar.

Esta catedral burgalense es una de las más especiales y bonitas de España.

Esta catedral burgalense es una de las más especiales y bonitas de España. / Istock

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Hay edificios que te paran. Que te hacen levantar la cabeza sin que nadie te lo pida, que te roban el paso sin avisar. La Catedral de Burgos es de esos. Cuando aparece al fondo de la plaza de Santa María, con sus dos torres caladas apuntando al cielo gris castellano y las agujas flamígeras recortándose contra el horizonte, lo que sientes no es admiración académica. Es algo más antiguo y menos racional: la certeza de que estás delante de algo que costó vidas, siglos y una desmesura creativa que ya no existe.

Vista de Burgos y su catedral.

Vista de Burgos y su catedral. / Istock

La construcción comenzó el 20 de julio de 1221 de la mano del rey Fernando III y del obispo Mauricio, un prelado que había viajado por Europa y conocía de primera mano el gótico francés. Esa influencia está ahí desde el primer día: el templo presenta semejanzas claras con las catedrales de Bourges, Chartres y Notre Dame de París, aunque Burgos acabaría superando a sus modelos en ambición y en capas de historia acumulada.

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Lo que hace irrepetible a esta catedral no es una sola cosa sino la suma de todas: el gótico inicial del siglo XIII, los añadidos flamígeros del XV, el Renacimiento que entró por la puerta lateral con Diego de Siloé, el Barroco que se coló por los rincones en el XVIII. El resultado es un conjunto arquitectónico que refleja la evolución del arte europeo a lo largo de más de cuatro siglos. Nada de eso suena a improvisación. Suena a una ciudad que cada vez que podía le añadía un nuevo capítulo al mismo edificio, sin miedo y sin complejos. Y el viajero que hoy entra por la Puerta del Sarmental —la más antigua, la que muestra a Cristo rodeado de los evangelistas con una finura escultórica que todavía intimida— lo que visita no es un templo congelado en el tiempo, sino un organismo vivo que fue creciendo durante más de quinientos años.

Calle con vistas a la Catedral de Burgos.

Calle con vistas a la Catedral de Burgos. / Istock / MICHAEL WARREN

La primera en la lista y la única que está sola

La catedral burgalesa fue declarada Patrimonio Mundial el 31 de octubre de 1984, y es la única catedral española que tiene esta distinción de la UNESCO de forma independiente, es decir, que no está unida al centro histórico de una ciudad como ocurre con las catedrales de Salamanca, Santiago de Compostela, Ávila, Córdoba, Toledo o Cuenca. Eso no es un dato menor. Significa que la UNESCO consideró que este edificio solo, sin necesitar el contexto de una ciudad entera a su alrededor, ya merecía la máxima protección posible. Se trata, además, de la primera representación de la arquitectura gótica clásica en España.

La calle trasera de la Catedral de Burgo

La calle trasera de la Catedral de Burgo / Istock / Lee Hyoung Ho

El informe que fundamentó la declaración es revelador. La Catedral desempeñó un papel importante en la difusión de las formas del arte gótico francés del siglo XIII en España, y el taller de la Catedral, de importancia internacional en los siglos XV y XVI, donde artistas de Renania, Borgoña y Flandes formaron a arquitectos y escultores españoles, creó una de las escuelas más florecientes del final de la Edad Media. Hay más: el arquitecto francés Garnier se inspiró en la escalera de Diego de Siloé para crear la de la Ópera de París. No está mal para una ciudad del interior de Castilla.

Esa escalera, la llamada Escalera Dorada, es uno de los momentos más sorprendentes de la visita. Diseñada por Diego de Siloé en 1519, fue construida para salvar el desnivel entre la nave y la Puerta de la Coronería, y su diseño, inspirado en modelos italianos, introduce una monumentalidad clásica que contrasta de manera notable con el gótico circundante. En medio de arcos ojivales y nervaduras medievales, de repente aparece eso: un arranque renacentista que parece caído de otro edificio, de otro mundo. Y sin embargo encaja. Esa capacidad para absorber estilos sin romperse es, quizá, lo más extraordinario de Burgos.

Esta catedral burgalense es una de las más especiales y bonitas de España.

Esta catedral burgalense es una de las más especiales y bonitas de España. / Istock

Y luego está la Capilla del Condestable. Levantada entre los años 1482 y 1494, puede considerarse, sin exagerar, como una catedral dentro de la catedral. No es una frase hecha: de grandes proporciones y con un impactante estilo en el que se fusionan con armonía elementos tardogóticos con las recién llegadas innovaciones renacentistas, presenta una original y diáfana planta central con desarrollo poligonal que se convertiría en modelo de otras muchas capillas funerarias en Burgos y en el resto de España.

El encargo lo hizo el Condestable de Castilla, Pedro Fernández de Velasco, y lo dirigió Simón de Colonia. Tan magno lugar, "toda una catedral dentro de la Catedral" como reza el dicho, es una muestra abrumadora del último Gótico y el primer Renacimiento castellano. La bóveda estrellada calada que la corona, con luz cenital entrando por una estrella de piedra perforada, es de las imágenes más deslumbrantes que puede llevarse un viajero de cualquier catedral europea. Hay también en la capilla un cuadro, la María Magdalena atribuida al taller de Leonardo da Vinci —una tabla que fue atribuida en épocas pasadas al propio Leonardo— que resume bien lo que es esta catedral: un sitio donde en cualquier esquina puede aparecer algo que no esperas.

Interior de la Catedral de Burgos.

Interior de la Catedral de Burgos. / Istock

El Cid está aquí... y eso lo cambia todo

Hay ciudades que tienen un héroe y ciudades que son un héroe. Burgos es de las segundas. La figura de Rodrigo Díaz de Vivar está estrechamente vinculada a la ciudad desde su nacimiento y hasta su muerte. Su lugar de nacimiento está firmemente señalado por la tradición en Vivar del Cid, a unos 10 km de Burgos, aunque se carece de fuentes contemporáneas a Rodrigo que lo corroboren: la asociación de Vivar con el Cid se documenta por primera vez hacia 1200 en el Cantar de Mio Cid. El Cid murió en Valencia en 1099, y en 1102 su esposa doña Jimena abandonó la ciudad y ordenó el traslado de los restos de su marido al Monasterio de San Pedro de Cardeña. Lo que vino después fue una historia de expolios, guerras y dispersión de huesos por media Europa que llevaría siglos resolverse.

Claustros de la Catedral de Burgos, uno de los imprescindibles a visitar.

Claustros de la Catedral de Burgos, uno de los imprescindibles a visitar. / Istock

El 21 de julio de 1921 se depositaron en el centro de la Catedral de Burgos los restos oficiales del Cid Campeador junto con los de su esposa doña Jimena, dentro de las conmemoraciones por el 700 aniversario del inicio de la construcción de la Catedral. Lo hicieron con toda la pompa posible, en presencia del rey Alfonso XIII. Tres losas de jaspe rojizo conforman la homogénea lápida de tres metros de largo y uno noventa de ancho. En letras doradas, una inscripción que Menéndez Pidal creó expresamente y en un latín modernizado indica que está allí enterrado Rodrigo Díaz Campidoctor, y su mujer Jimena, de regia estirpe nacida. El epitafio recoge uno de los versos más famosos del Cantar: "A todos alcanza honra por el que en buena hora nació".

Fachada gótica de la Catedral de Burgos.

Fachada gótica de la Catedral de Burgos. / Istock

La tumba está justo en el crucero, en el centro exacto del templo, bajo el cimborrio. No en una capilla lateral, no en un rincón: en el corazón geométrico del edificio. Esa decisión dice mucho de lo que Burgos quiso hacer en 1921. No era solo enterrar a un guerrero medieval: era afirmar una identidad, convertir a Rodrigo Díaz de Vivar en el símbolo de una ciudad y de toda Castilla. Que la visita a la catedral incluya pararse sobre esa lápida, en ese silencio cargado, convierte el recorrido en algo que va mucho más allá de la arquitectura.

La Catedral de Burgos vista desde un lateral.

La Catedral de Burgos vista desde un lateral. / Istock / MICHAEL WARREN

Burgos más allá de la catedral y la morcilla

Hay quien llega a Burgos solo para la catedral y se queda una semana. Es completamente comprensible. Pero sería un error no asomarse a lo que hay alrededor. El Arco de Santa María, justo enfrente del templo, es una de las puertas medievales mejor conservadas de España: un arco triunfal del siglo XVI decorado con estatuas de Carlos I, el Cid y Fernando III que vale pararse a mirar con calma. Subir al castillo —o lo que queda de él, en lo alto del cerro— regala las mejores vistas sobre la ciudad y la catedral. Y el Museo de la Evolución Humana, moderno y bien resuelto, es una visita inesperadamente apasionante para quien quiera entender el otro gran tesoro de la provincia burgalesa: los yacimientos de Atapuerca, también Patrimonio de la Humanidad.

Monasterio de las Huelgas

Monasterio de las Huelgas / Istock

El Monasterio de las Huelgas merece un rato aparte. Fundado en el siglo XII por Alfonso VIII y su esposa Leonor de Plantagenet, fue durante siglos el panteón real de Castilla y guarda obras de arte de primera magnitud. Es uno de esos sitios que en otra ciudad sería la atracción principal y aquí compite con la catedral y con el propio Cid.

Y después de tanto arte, hay que comer. Burgos tiene muy claro lo que es su gastronomía y no necesita disculparse por ello: contundente, honesta, de producto. La morcilla de Burgos —elaborada con sangre de cerdo y arroz, especiada con cebolla y pimentón— es uno de esos productos que cuando la pruebas en su sitio entiendes por qué los burgaleses miran con pena a los que la comen fuera de aquí. Y el lechazo asado, el cordero lechal que sale del horno con la piel tostada y crujiente y la carne que se deshace sola, es uno de los grandes platos del interior peninsular. Para comerlos bien y cerca de la catedral, el Mesón del Cid, en la Plaza de Santa María frente al templo, lleva décadas siendo un clásico que no defrauda. El Casa Ojeda, en la calle Vitoria, es el otro nombre imprescindible: un clásico que nunca defrauda y donde su morcilla con pimientos asados es, directamente, una obra maestra.