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La plaza española que Unamuno llamó "irregular, pero asombrosamente armónica": una joya barroca de piedra dorada que lleva tres siglos siendo el corazón de la ciudad universitaria más antigua de España

Está en una ciudad que acumula ocho siglos de historia universitaria, una colección de monumentos que van del románico al barroco y una piedra color miel que al atardecer convierte la ciudad en oro. En su centro, una plaza que resulta imposible de olvidar.

Esta plaza de tonos dorados es una de las más bonitas del mundo.

Esta plaza de tonos dorados es una de las más bonitas del mundo. / Istock

Hay ciudades que se abarcan de un vistazo y otras que reclaman una mirada más pausada. Y Salamanca pertenece a estas última: no porque sea difícil de interpretar, sino porque concentra demasiados motivos para detenerse. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988 y Capital Europea de la Cultura en 2002, la ciudad del Tormes acumula siglos de piedra labrada con una generosidad que marea.

Su Universidad, fundada en 1218 por Alfonso IX de León, es la más antigua de España y una de las primeras de Europa en recibir el título universitario —gracias a una bula del papa Alejandro IV en 1255—, lo que convierte a Salamanca en algo más que una ciudad con historia: es una ciudad que es historia. Alrededor de ese eje académico, los siglos fueron añadiendo conventos, palacios, catedrales y plazas hasta construir un centro histórico que hoy se recorre a pie con la certeza de que a cada vuelta de esquina aparece algo que merece detenerse.

La ciudad de Salamanca enamoró perdidamente a Unamuno.

La ciudad de Salamanca enamoró perdidamente a Unamuno. / Istock

La materia prima de todo ese esplendor tiene nombre propio: la piedra franca de Villamayor, una arenisca de tonos dorados y anaranjados que se extrae de las canteras del municipio homónimo y que ha dado forma a los edificios más emblemáticos de la ciudad. La fachada plateresca de las Escuelas Mayores de la Universidad —terminada en 1529 y considerada la obra maestra del plateresco español—, la Casa de las Conchas con sus más de 350 conchas de vieira talladas en piedra, el conjunto catedralicio donde conviven una catedral románica del siglo XII y una Nueva gótico-barroca empezada en 1513, la Clerecía con sus torres gemelas, el Palacio de Monterrey... Todos comparten ese mismo color que al atardecer se enciende de una manera difícil de explicar con palabras.

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Adriana Fernández

Miguel de Unamuno, rector de la Universidad durante décadas y el escritor que mejor verbalizó el alma de esta ciudad, lo intentó en su poema Mi Salamanca: "Del corazón en las honduras guardo tu alma robusta; cuando yo me muera guarda, dorada Salamanca mía, tú mi recuerdo. Y cuando el sol al acostarse encienda el oro secular que te recama, con tu lenguaje, de lo eterno heraldo, di tú que he sido".

Una plaza que fascinó a Unamuno

En el corazón de ese laberinto dorado, la Plaza Mayor de Salamanca ocupa un lugar que trasciende lo geográfico. Construida entre 1729 y 1756 en estilo barroco, fue diseñada por Alberto de Churriguera —quien levantó los pabellones Real y de San Martín— y terminada por Andrés García de Quiñones. Su origen fue una decisión política: el corregidor andaluz Rodrigo Caballero convenció al ayuntamiento de la necesidad de una plaza más acorde con las corrientes urbanísticas de la época, y en 1724 comenzaron las obras inspirándose en la Plaza Mayor de Madrid. El resultado, sin embargo, la superó con creces: más armoniosa en sus proporciones, completamente cerrada en sus cuatro frentes y construida en esa piedra franca que lo convierte todo en joya. En 1935 fue declarada Monumento Nacional por ser la plaza mayor "más decorada, proporcionada y armónica de todas las de su época".

Vista desde la Plaza Mayor de Salamanca.

Vista desde la Plaza Mayor de Salamanca. / Istock / armando oliveira

Unamuno la convirtió en parte de su rutina. Cada tarde acudía a la terraza del Café Novelty —el café más antiguo de la ciudad, que sigue abierto bajo los soportales— para hacer tertulia y observar el ir y venir de la plaza. Cuando alguien le preguntaba si era un cuadrado perfecto o no, él respondía: "Es un cuadrilátero. Irregular, pero asombrosamente armónica". La frase condensa algo esencial en Unamuno: su rechazo a las definiciones demasiado limpias, su convicción de que la belleza real siempre tiene algo que se escapa a la geometría. La plaza, en efecto, no es cuadrada —sus cuatro fachadas miden entre 75 y 82 metros, y la presencia de la iglesia de San Martín incrustada en la fachada sur es lo que la hace "irregular"—, pero esa asimetría es precisamente lo que la hace viva. Unamuno no estaba hablando solo de una plaza: estaba hablando de Salamanca entera, de España, de la condición humana. En el Pabellón de Petrineros, a la izquierda del Ayuntamiento, puede verse hoy el medallón con su rostro, entre los más de sesenta que rodean los ochenta y ocho arcos de la plaza homenajeando a figuras de la historia de España.

Plaza Mayor de Salamanca.

Plaza Mayor de Salamanca. / Istock / Diego Grandi

La plaza fue además escenario de uno de los momentos más significativos de su vida política. El 14 de abril de 1931, desde el balcón del Ayuntamiento, Unamuno proclamó la Segunda República ante una multitud que abarrotaba el espacio que él tanto frecuentaba. En su discurso evocó a los comuneros que cuatro siglos antes se habían levantado contra Carlos I de España. Para Unamuno, la plaza no era solo un lugar de paseo: era el lugar donde la historia se hacía.

Salamanca más allá de su Plaza Mayor: qué ver, cómo visitarlo y qué comer

La Plaza Mayor es el punto de partida natural para recorrer Salamanca, pero también puede ser el punto de llegada después de haber peinado el casco histórico. Desde allí, andando sin prisa, se llega en pocos minutos al Patio de Escuelas, donde la fachada plateresca de la Universidad aguarda el clásico reto de encontrar la rana esculpida entre su ornamentación —cuenta la leyenda que trae buena suerte a quien la descubre sin ayuda—. Siguiendo hacia la Calle Libreros se encuentra la Casa Museo Miguel de Unamuno, la antigua residencia del escritor durante su etapa como rector, hoy convertida en museo que conserva su biblioteca personal con más de 6.000 libros, manuscritos y objetos personales.

Casa de las conchas de Salamanca.

Casa de las conchas de Salamanca. / Istock / Victoria Vitkovska

Más allá, la Casa de las Conchas —cuya fachada gótica con más de 350 conchas de vieira alberga hoy una biblioteca pública— y, frente a ella, la Clerecía, desde cuyas torres Scala Coeli se obtiene una de las mejores panorámicas de la ciudad. El conjunto catedralicio merece una visita por separado: la Catedral Vieja, románica del siglo XII, y la Nueva, gótico-barroca, conviven en un espacio que acumula siglos de arte, desde retablos medievales hasta una cúpula barroca de proporciones solemnes.

Universidad Pontificia vista desde Casa de las conchas

Universidad Pontificia vista desde Casa de las conchas / Istock / David Miranda

Para quien quiera seguir los pasos de Unamuno más allá de la plaza, el recorrido continúa hasta el Puente Romano sobre el río Tormes —desde donde Unamuno contemplaba lo que él llamó "el cristalino espejo de Salamanca"— y termina en el Cementerio de San Carlos Borromeo, donde reposa junto a su hija Salomé. La provincia ofrece además escapadas que merecen el desvío: La Alberca, uno de los pueblos más bonitos de España, en plena Sierra de Francia, y Ciudad Rodrigo, ciudad amurallada con un casco histórico de notable valor.

En cuanto a la mesa, Salamanca es generosa. El jamón ibérico de Guijuelo —con Denominación de Origen Protegida, curado en el clima seco y frío de un municipio situado a más de mil metros de altitud— es el producto estrella, aunque la gastronomía local va mucho más allá. El hornazo, una empanada de masa contundente rellena de lomo, chorizo, jamón y huevo duro, es el plato más identitario de la ciudad y se come por tradición el Lunes de Aguas, el lunes siguiente al Domingo de Resurrección, cuando los salmantinos salen al campo a merendarlo en familia.

Patatas meneás, típicas de Salamanca.

Patatas meneás, típicas de Salamanca. / Istock

Y hay más: El farinato, un embutido elaborado con miga de pan, manteca de cerdo, cebolla y especias como el anís y el comino, es otra rareza local que se sirve habitualmente con huevos fritos y que sorprende a quien no lo conoce. Las patatas meneás —revolconas de ajo, pimentón y panceta— y la chanfaina de cordero completan una carta de platos de cuchara que encajan perfectamente con el carácter austero y rotundo de Castilla.

Para los que buscan un marco especial donde comer, los soportales de la Plaza Mayor concentran varios bares y restaurantes, y el propio Café Novelty —el centenario local donde Unamuno hacía su tertulia diaria— sigue siendo una parada obligada para quien quiera sentarse donde él se sentaba y mirar la plaza como él la miraba: irregular, pero asombrosamente armónica.