Ni Las Catedrales, ni Gulpiyuri: la playa más alucinante del norte de España solo se puede visitar cuando baja la marea
Un paraíso escondido en la Reserva de Urdaibai que se transforma en isla con la subida del mar.

Parece una historia salida de una novela, pero es la vida real: hay una isla casi desierta en la costa norte de España que solo es accesible durante la marea baja, tuvo un balneario histórico y sirvió de refugio a Ava Gardner durante un verano.
Es en el corazón de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, entre marismas y encinares, donde encontramos este lugar efímero: una playa que desaparece con la marea. No está en Galicia ni en Asturias. Está en el País Vasco, en la ría de Gernika, y su nombre es Isla de Chacharramendi, aunque también se la conoce como Montenegro.
Este rincón casi secreto del municipio de Sukarrieta es una rara avis: sin infraestructuras, sin aglomeraciones y con una historia de auge y caída durante la época dorada de Hollywood.
Chacharramendi: a veces isla, a veces península
Con solo 2,7 hectáreas de superficie, esta isla se encuentra justo en la desembocadura del río Oka, en plena rasa mareal. Su acceso depende del capricho del mar: con marea baja, se puede llegar caminando desde la playa de San Antonio. Con la marea alta, la lengua de arena desaparece y la isla queda aislada. Este acceso intermitente la convierte en uno de los pocos lugares del litoral español que aún se conservan prácticamente vírgenes.
A pesar de su discreción actual, Chacharramendi tiene un pasado sorprendente. A finales del siglo XIX, la familia Gandarias compró la isla y la convirtió en un destino turístico pionero. En 1896 se inauguró un hotel balneario de 60 habitaciones que atrajo a personajes como Sabino Arana, Indalecio Prieto o Ava Gardner. Un puente conectaba entonces la isla con la estación de tren de Amorebieta-Bermeo, pero fue demolido en 1940. Aún existieron otros alojamientos, como el Hostal Paco (fundado en 1919), hasta que este último cerró en 1963.

Qué hay hoy en la Isla de Chacharramendi
Hoy, en lugar de turistas de la Belle Époque, la isla acoge a investigadores. El antiguo balneario alberga el Centro de Investigación Marina AZTI, y gran parte del entorno está protegido. En el año 2000 se inauguró un parque botánico con 25 especies vegetales autóctonas —como el laurel, el madroño, el labiérnago o el aladierna—, que complementa un ecosistema ya privilegiado por su diversidad.

El encinar cantábrico cubre buena parte de la isla y es uno de los más longevos de la zona. Entre sus árboles habitan petirrojos, pinzones, herrerillos y currucas. En la orilla, desde un pequeño embarcadero o desde los miradores, es posible observar aves como el martín pescador, la garza real o el cormorán grande. La isla es, de hecho, uno de los puntos más especiales del norte para la observación de aves migratorias, que encuentran aquí un refugio natural entre la vegetación autóctona y la tranquilidad del entorno.
Además de su riqueza natural, la isla guarda restos arqueológicos en su extremo sur: lo que queda de un antiguo puerto de cabotaje de época romana. Es, casi, la mayor infraestructura de este pedazo de tierra: aquí no hay chiringuitos, ni hamacas, ni carreteras. Pero sí un montón de senderos donde perderse para escuchar el murmullo de las aves y, por supuesto, playas casi desiertas.
Síguele la pista
Lo último