Pirineo navarro: la escapada perfecta para esta época del año entre valles de queso y niebla

La fuerza de las montañas y la magia de los hayedos primigenios dominan este territorio escondido en la esquina norte de la comunidad foral, donde la vida discurre aferrada a los oficios milenarios en idílicos pueblos con aroma a leña.

La escapada perfecta por el Pirineo navarro.
La escapada perfecta por el Pirineo navarro. / Cristina Candel

Cuelga de los portones de los caseríos como una suerte de amuleto protector. El eguzki-lore es la flor seca del cardo silvestre, a la que se atribuye el poder de alejar a los malos espíritus que acechan en la noche hostil. Cuenta la creencia popular que estas criaturas, a las que tan solo espantaba la luz del sol, debían contar todas las hojas espinosas antes de entrar al hogar y esto les llevaba tanto tiempo que el alba acababa por despuntar. Era así como se ahuyentaba a los portadores de enfermedad, tempestades y guerras en favor de la prosperidad.

Vista de dron de Zatoia.

Vista de dron de Zatoia.

/ Cristina Candel

Hoy, el eguzki-lore, además de una planta en peligro de extinción (está terminantemente prohibido arrancarla del monte), es un elemento identificativo de los pueblos del Pirineo, aquí donde la vemos decorar las fachadas mientras la niebla engulle el perfil de las montañas. Estamos en la parte navarra de esta cordillera que dibuja la frontera natural con el resto de Europa. Un rosario de valles escondidos en la esquina norte de la comunidad foral, donde la vida discurre aferrada a las raíces. 

“Hay que proteger las casas porque, desde tiempo inmemorial, este elemento trasciende su función de hogar para erigirse en un miembro más de la familia, al que se le da nombre, valores y hasta personalidad. No te pertenece, sino tú a ella y por eso aquí lo que se pregunta es de qué casa vienes.” Quien habla con tal poder explicativo es Oskar Andueza, experto en educación ambiental, mientras ante los ojos se extiende la Foz de Arbayún. Una garganta natural que rasga la sierra de Leire, con paredes de hasta 400 metros de profundidad. En las alturas, desde el abismo al que se asoma el mirador de Iso, vemos sobrevolar halcones, quebrantahuesos y buitres leonados.

Cascada de Arrako.

Cascada de Arrako.

/ Cristina Candel

Aún no ha comenzado a descender el sol, pero ya el viento de las cumbres azota con ráfagas heladas. Por estos parajes el invierno se anticipa hasta llevarle la delantera incluso al calendario. Es por ello por lo que la vida no siempre resulta sencilla. El clima severo y la orografía despiadada han pasado factura en el censo poblacional y la zona se inscribe en lo que se llama la España vaciada.

Con una demoledora ecuación en la que cada vez hay más ancianos y menos niños, más defunciones y menos nacimientos, la amenaza de la despoblación es seria. “Cien años atrás”, recuerda Oskar, “no había ni agua ni luz, con lo que el aislamiento era casi total”. Es la naturaleza la que marca el ritmo de este territorio dominado por la fuerza de las montañas. Una naturaleza que aquí, en el valle de Roncal, limítrofe ya con Francia, se expresa en forma de impactantes desfiladeros (a la foz de Arbayún se suma la foz de Lumbier, esculpida esta vez por el río Irati), pero también de bosques primigenios y macizos kársticos. Todo ello, vertebrado por el Ezka, que lo recorre de norte a sur. Un río que no solo ha estado siempre ligado al desarrollo económico del lugar, sino que, además, ha moldeado su idiosincrasia. 

Villa de Uztárroz.

Villa de Uztárroz.

/ Cristina Candel

Ya el mismo Ernest Hemingway alabó las virtudes de este rinconcito de Navarra, al que acudía para recobrar fuerzas tras la vorágine de los sanfermines. Aquí donde el escritor más omnipresente quedó cautivado por la grandeza de los paisajes y la exquisita gastronomía casera, se ocultaba, según sus palabras, “el territorio más malditamente salvaje de los Pirineos”.

El valle de Roncal es tierra de caminantes. Existen infinidad de rutas, todo un mundo de posibilidades para gastar las botas. Como el camino de Zemeto, con el que se accede a la parte más alta del valle de Belagua, excavado por los glaciares, para asistir a la sobrecogedora panorámica del macizo de Larra. Una de sus bifurcaciones conduce a la cascada de Arrako, donde en verano se viene a dar un chapuzón y donde en los meses más crudos del invierno se viene a practicar esquí de fondo.

Otra lleva al dolmen de Arrako, que es el monumento megalítico mejor conservado la zona. Pero lo mejor, como decíamos, está en la cima, donde las vistas se ven complementadas con un buen plato de cuchara en el que es el refugio más occidental de la cordillera. Otra opción para contentar al estómago es ir a probar las famosas migas del pastor de la Venta de Juan Pito, también en el puerto de Belagua, en la que funciona un sistema de números similar al de las carnicerías: esto da ocasión a esperar el turno tomando una cerveza al aire libre (bien abrigados, eso sí) en un entorno inigualable.

Ruinas de la Real Fábrica de Armas de Orbaizeta.

Ruinas de la Real Fábrica de Armas de Orbaizeta.

/ Cristina Candel

Mucho menos exigente es la ruta que discurre por el hayedo abetal de Mata de Haya, en el que descansan algunas de las zonas mejor conservadas del Pirineo occidental. Aunque si alguien se queda con ganas de ejercitar las piernas, que sepa que este es un punto de inicio excelente para ascender a la Mesa de los Tres Reyes que, con sus 2.448 metros, es el pico más alto de Navarra. Otro rincón fotogénico que atesora el valle de Roncal es el que conforma la catarata de Belabarce, atronadora en tiempos de deshielo, y la bucólica imagen del puente de Otsindundua, muy próximo a la cueva del Ibón. Nada extraña que el cine haya elegido estos parajes para enmarcar películas como Obaba, Secretos del corazón o La balsa de piedra. 

Pero si por algo es famoso el más oriental de los valles navarros, es por el queso que lleva su nombre. Un manjar de tradición milenaria que fue el primero en ser reconocido con el título de denominación de origen. Está elaborado con leche cruda procedente de la oveja latxa, que encuentra por estas alturas un pasto excelente. Además, el proceso de maduración en las montañas le confiere un toque especial. Un buen lugar para adquirirlo en la misma borda (cabaña de pastores) donde se elabora es la Quesería Marengo, la única que sigue empleando leche de sus propias ovejas. Aquí, bajo el marco de las cumbres, Fernando y Alba mantienen viva la tradición artesana del queso de Roncal, que es, desde hace siglos, uno de los principales motores económicos de la región. “En los meses de buen tiempo, cuando las rutas se llenan de senderistas, se forman colas larguísimas para comprar nuestro queso”, nos cuenta Fernando, que es pastor procedente de una familia que practicaba la trashumancia.  

Cabañas en los árboles Iratiko Kabiak en Orbaizeta.

Cabañas en los árboles Iratiko Kabiak en Orbaizeta.

/ Cristina Candel

Más allá de la naturaleza, el valle de Roncal está trazado por siete pueblos con las típicas casas alpinas diseñadas para soportar la nieve, y en los que encontramos iglesias góticas, pintorescas ermitas y puentes de piedra. Vidángoz, Garde, Urzainqui y Uztárroz (en esta última está el Museo del Queso) son algunas bonitas villas, aunque las más populares son Isaba y Roncal. En la primera, la más extensa, destaca la iglesia de San Cipriano, con aspecto de fortaleza. En la segunda, que da nombre al valle, despunta la iglesia de San Esteban sobre un coqueto entramado que figura en el selecto club de los Pueblos más Bonitos de España.

Roncal, además, es conocido por honrar la memoria del tenor Julián Gayarre: no solo le dedica un museo (en el que se exhibe su propia laringe bañada en formol), sino también un fabuloso mausoleo de mármol, bronce y alabastro, realizado por Mariano Benlliure y declarado Bien de Interés Cultural. Otro pueblo importante es Burgui, consagrado a poner en valor los oficios milenarios. Especialmente el de los almadieros, aquellos hombres que descendían río abajo sobre precarias balsas para transportar la madera hasta la desembocadura del Ebro. Son parte de la memoria de este rincón pirenaico.  

El aroma a leña que desprenden las chimeneas se extiende hacia el valle contiguo, el de Salazar, donde nos recibe otro pueblo fotogénico: Ochagavía, en el que las montañas dibujan el horizonte, mientras el río Anduña se abre paso entre caseríos de balcones floreados. También llegan los rumores del bosque porque es aquí donde se concentra la mayor porción del gran hito del Pirineo navarro: la selva de Irati, el segundo hayedo más extenso y mejor conservado de Europa (detrás de la alemana Selva Negra). De nuevo, Hemingway dictó sentencia al afirmar que se trata del “último bosque medieval del continente”, a pesar de sus evidentes hechuras prehistóricas. Sus colores, formas y texturas remiten a un mundo primigenio.

Selva de Irati.

Selva de Irati.

/ Cristina Candel

Con el crujido de la hojarasca bajo los pies nos adentramos en la espesura, allí donde las copas de los árboles apenas dejan filtrar la luz y la fronda está envuelta en jirones de niebla. Huele a humedad y el viento silba entre las ramas anunciando la llegada de los fríos. “Desde el mundo urbano se tiene la percepción de que no hay que tocarlo, pero este bosque se explota para extraer madera de forma ordenada y sostenible, así como a nivel ganadero, para criar el ovino de raza latxa y el vacuno de raza pirenaica”, explica Patricia Alberdi, responsable de la gestión del parque. Y puestos a desmontar mitos, añade que “también se autoriza la caza del ciervo en la época de la berrea”.

El caso es que la selva de Irati, cuya magia ha propiciado numerosas leyendas, se preserva de manera excepcional. Cerca de la ermita de la Virgen de las Nieves, un centro de información da cuenta de los caminos balizados en esta vasta superficie, en la que cabría la friolera de 17.000 campos de fútbol. Será cuestión de decantarse por uno para emprender a pie, en bicicleta o, ya cuando el invierno desplome su definitivo telón blanco, con raquetas de nieve. Si no, siempre podremos contemplar la escena a vista de pájaro desde el mirador de Pikatua, donde el horizonte queda recortado por la silueta del Ori, el primer monte del Pirineo que se eleva más de dos mil metros. 

Panadería Ezker en Burgui.

Panadería Ezker en Burgui.

/ Cristina Candel

Si caminar, como dijo Hipócrates, es la mejor medicina del hombre, en estos valles navarros lo saben mejor que nadie. Porque los ecos de su historia hablan de caminantes como las mujeres golondrina, aquellas muchachas que, desde 1850 a 1930, cruzaban a pie la frontera con Francia para trabajar en la industria de la alpargata. Lo hacían al comenzar el otoño, en un viaje de al menos tres días para el que se arrebujaban en unas túnicas negras con las que combatían el frío. Por estas vestimentas oscuras y porque su viaje coincidía con la migración de estas aves (después, en la primavera, regresaban a casa con las ganancias) con el tiempo les dieron este nombre.

Hoy, casi un siglo después, al camino que recorrían se le llama el Sendero de las Golondrinas. Muchas de estas chicas, de no más de 18 años, eran del valle de Salazar, donde hoy se sigue presumiendo del tesón de mujeres como Eukene Moso, que regenta el restaurante Casa Sario, en Jaurrieta. Es el ejemplo de mujer rural emprendedora, que ha logrado elevar su sencillo establecimiento a la categoría de auténtico templo de la cocina tradicional. O como Naiara Tanit, directora del Museo de Estelas de Abaurrea, un lugar cargado de simbolismo (es también un cementerio y un laberinto) en el que se exhiben 26 lápidas circulares de entre los siglos XV y XVIII.

Así, como quien no quiere la cosa, nos plantamos en el valle de Aezkoa, donde quedamos sorprendidos por una joya de la arqueología industrial: lo que en el siglo XVIII fuera la Fábrica de Armas de Orbaizeta es hoy un rincón paradójicamente hermoso. Sus ruinas, estranguladas por la maleza y recubiertas con un manto de musgo, le confieren tal aire misterioso que hasta han sido declaradas Bien de Interés Cultural. En el palacio anexo, hace apenas un año se inauguró Kultur Ola, una suerte de museo etnográfico enfocado a poner en valor el patrimonio ancestral.

Es momento de despedirse de las montañas. Y para ello ningún otro lugar mejor que el mirador de Zamariáin. En este saliente titánico que brota de una pared pedregosa, en esta roca en perfecta horizontalidad suspendida sobre el vacío, es fácil empaparse del poder de los Pirineos. Pero también es hora de despedirse del bosque y lo hacemos durmiendo en Iratiko Kabiak, un conjunto de cabañas encaramadas a los árboles y mimetizadas con la selva de Irati (en otra de sus entradas). No hay mayor conexión con el entorno que la que brinda este singular alojamiento, tremendamente acogedor y calentito, con una tirolina por la que, cada mañana, llega el desayuno en una cesta sorteando la bruma que humedece los hayedos.  

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