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Todos van a Peñíscola, pero pocos conocen este pueblo de Castellón colgado sobre un barranco con casas aferradas a la roca: arte rupestre Patrimonio de la Humanidad y apenas 177 habitantes

A 74 kilómetros de Castellón, una villa aferrada a la roca guarda el primer bastión valenciano que conquistó Jaime I y, muy cerca, más de 750 pinturas rupestres declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Un pueblo de Castellón que no conocías... y que deberías.

Un pueblo de Castellón que no conocías... y que deberías. / Istock

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Cada verano las carreteras de la Plana se llenan de coches con el mismo destino: el castillo sobre el mar, las callejuelas de postal, las terrazas llenas hasta la medianoche. Casi nadie se desvía tierra adentro, hacia el Maestrazgo, donde otro promontorio de roca sostiene otra fortaleza y un caserío que reparte entre sus calles apenas 177 vecinos censados. Es, más o menos, lo que cabe sentado en un solo restaurante de la costa en pleno agosto.

Calles de Ares del Maestrat.

Calles de Ares del Maestrat. / Istock

A 1.195 metros de altitud y a 74 kilómetros de Castellón de la Plana, este pueblo fue el primero de todo el antiguo Reino de Valencia en caer en manos cristianas, en 1232, dos años antes de que el propio Jaime I completara la conquista de la ciudad que da nombre al reino. Su castillo vigiló esa frontera durante siglos: de los que hoy solo quedan los muros de piedra recortados contra el cielo. Pero lo que hace que algunos viajeros sí encuentren el camino hasta aquí no está solo en las piedras del pueblo: a pocos kilómetros, en un barranco escondido, más de 750 figuras pintadas hace más de 7.000 años -cazadores, arqueros, escenas que los arqueólogos todavía discuten- forman parte de un conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. No el pueblo entero, conviene aclararlo desde ya: el arte rupestre. Pero el pueblo es la puerta de entrada.

Tiene un castillo de origen islámico, unas torres de acceso y esconde un conjunto de pinturas rupestres Patrimonio de la Humanidad: es el pueblo amurallado más bonito de España, y está en Castellón

Adriana Fernández

Se llama Ares del Maestrat, y aunque comparte comarca y siglos de historia con paisajes mucho más fotografiados, guarda algo que ningún cartel turístico resume bien: la sensación de llegar a un sitio que lleva ochocientos años sin necesitar que nadie lo descubra.

Una calle medieval en la localidad de Ares del Maestrat

Una calle medieval en la localidad de Ares del Maestrat / Istock

De la frontera ibera al feudo del Temple

Los primeros indicios de ocupación en este promontorio se remontan a época ibero-romana, cuando la roca ya ofrecía lo que sigue ofreciendo hoy: control visual sobre buena parte del Maestrazgo. Los musulmanes reforzaron después esa posición natural, conscientes de que quien dominaba la Mola dominaba el paso entre valles.

Vista de Ares del Maestrat.

Vista de Ares del Maestrat. / Istock

La frontera cristiana llegó pronto, aunque no de forma definitiva. En 1170, Alfonso II de Aragón tomó la plaza por primera vez, en una ocupación que no llegó a consolidarse. Poco después, Pedro II de Aragón otorgó la primera Carta Pobla, un intento de fijar población cristiana en un territorio que seguía en disputa. La conquista definitiva llegó en 1232, de la mano de Jaime I: según la tradición local, fue la primera plaza de todo el antiguo Reino de Valencia en caer en manos cristianas, un hito que antecede en casi una década a la toma de la propia ciudad de Valencia.

Apenas dos años después, en 1234, la villa pasó a manos de la Orden del Temple, que la convirtió en cabeza de encomienda. Esa huella templaria sigue marcando hoy algunos de sus edificios civiles. Cuando la orden fue disuelta en 1312, perseguida en media Europa por orden papal, el señorío recayó en la Orden de Montesa, que heredó tanto el territorio como buena parte de su administración.

Ladera de la villa medieval de Ares del Maestrat.

Ladera de la villa medieval de Ares del Maestrat. / Istock / LIANEM

Piedra templaria bajo arcos góticos

Del castillo que resistió sucesivas conquistas apenas queda el perfil recortado sobre la Mola de Ares: una fortaleza de origen andalusí, hoy en ruinas, sin restauración ni recorrido señalizado, que corona el pueblo como recordatorio de para qué sirvió esta roca durante tantos siglos.

La iglesia del pueblo de Ares del Maestrat, Castellón.

La iglesia del pueblo de Ares del Maestrat, Castellón. / Istock / 5

Bajando hacia el casco urbano, el edificio que mejor resume el paso de las distintas órdenes por Ares es Els Perxes, también conocido como La Llotja: una construcción gótico-mudéjar del siglo XIII que fue Sala Capitular en tiempos templarios y que hoy funciona como ayuntamiento. Entre sus muros se conserva todavía la antigua cárcel del pueblo, un espacio que pocos visitantes esperan encontrar detrás de una fachada institucional.

Frente a ella se levanta la Iglesia de la Asunción, del siglo XVIII, con una fachada barroca que domina la plaza. Su campanario esconde el dato más curioso del conjunto: es de origen medieval, del siglo XIII, y sobrevivió a la quema de las tropas de Felipe V durante la Guerra de Sucesión, cuando buena parte del pueblo ardió. Por una cuestión de proporciones que nadie corrigió después, ese campanario superviviente queda más bajo que la propia fachada barroca que se levantó siglos más tarde a su lado.

Ares del Maestrat y su antiguo castillo en ruinas.

Ares del Maestrat y su antiguo castillo en ruinas. / Istock

Pinturas de hace 7.000 años y una olla que se cuece despacio

El motivo por el que algunos viajeros sí encuentran el camino hasta Ares no está solo en el pueblo, sino en lo que lo rodea. En el Barranco de la Gasulla se esconde la Cova Remígia, un abrigo rupestre descubierto en 1934 durante una cacería y que reúne más de 750 figuras pintadas hace más de 7.000 años: escenas de caza, arqueros, siluetas humanas de una expresividad que sorprende a quien las ve por primera vez. Situada a 920 metros de altitud, forma parte del conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998 bajo el nombre de Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica. No se puede visitar por libre: el acceso está gestionado por el Museo de la Valltorta, que organiza las visitas guiadas y las reservas, y es un paso obligado para quien quiera ver de cerca lo que llevó a la Unesco a fijarse en este rincón del Maestrazgo.

Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica, Patrimonio de la Humanidad.

Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica, Patrimonio de la Humanidad. / Joanbanjo | Wikicommons

El otro rincón que merece tiempo es el Barranc dels Horts, un bosque de carrascas y robles centenarios donde crece el Roure Gros, un ejemplar de unos 650 años, 20 metros de altura y 6 metros de perímetro que ha sobrevivido a todo lo que ha pasado por esta tierra desde la Edad Media. Visitarlo requiere permiso, una condición que, paradójicamente, ha ayudado a que siga en pie.

En la mesa, Ares conserva un plato que resume bien su clima y su despensa: la Olla d'Ares, un guiso de legumbres con panceta, manita de cerdo, cordero, cardo y morcilla, pensado para los inviernos duros de una de las poblaciones más altas de toda la Comunidad Valenciana. Entre diciembre y marzo, la trufa negra del Alt Maestrat se suma a la carta de varios locales de la zona. Para probarlo, el Mesón El Coll, en el Coll d'Ares, mantiene abierta todo el año una cocina tradicional del Maestrazgo que sigue sirviendo estos platos como se han servido siempre, con capacidad para bodas y comuniones además del menú diario.

Ares del Maestrat no necesita playa para justificar la visita: le basta con haber sido la primera pieza que cayó en el tablero de la reconquista valenciana y con seguir custodiando, a un paso de sus calles, una de las colecciones de arte prehistórico más importantes de toda la península. Todo eso sostenido, cada invierno, por menos de 200 personas que deciden seguir viviendo ahí arriba.