Un paseo muy personal por la ciudad de Barcelona: de la ciudad marinera a la ciudad secreta

La celebración de la Copa del América es la excusa para un paseo muy personal por la ciudad, en busca de algunos secretos que se esconden junto a los monumentos más célebres y visitados.

Un paseo muy personal por la ciudad de Barcelona: de la ciudad marinera a la ciudad secreta.
Un paseo muy personal por la ciudad de Barcelona: de la ciudad marinera a la ciudad secreta. / Istock

Es una historia conocida, pero no por eso deja de ser cierta: la Barcelona de los años 80, con sus afanes de cultura underground y modernidad era gris. Muy gris. Y vivía de espaldas al mar. Ni lo miraba. Hasta que llegó el revulsivo de los Juegos Olímpicos del 92, que no solo puso a la urbe en el mapa del turismo internacional, sino que redescubrió la existencia del Mediterráneo a los propios ciudadanos. Como se podía leer en una camiseta diseñada por Mariscal en aquella época, se estaba imponiendo una nueva ciudad, la de Bar – Cel – Ona (bar, cielo y ola). Lo del bar con terraza y ambiente nocturno sigue ahí. El cielo, también, menos nuboso de lo que debería para garantizar reservas de agua en abundancia.

Velero en la costa barcelonesa.

Velero en la costa barcelonesa.

/ Getty Images

Y la ola… La ola se convirtió en un tsunami con réplicas en muchos edificios singulares de la ciudad, todos con sus formas curvas pintadas con una paleta multicolor, como la cresta que se descompone en mil tonos antes de romper y calmarse al tocar la playa. Porque para entrar en el espíritu de esta ciudad, hay que hacerlo a través de sus formas, de sus diseños y arquitectura. Ahí están el techo mórbido de La Pedrera, el arcoíris ondulado del Mercado de Santa Caterina, los espigones que delimitan las playas de la Mar Bella, el rebufo centelleante de la Torre Agbar… 

Reivindicación marinera

La celebración de la 37.ª Copa del América también tiene algo de reivindicación marinera, porque después de constatar que aquella masa de agua salada estaba ahí, faltaba sacarle todo el partido a las posibilidades que ofrece como fuente de diversión y deporte, más allá del necesario terraceo al atardecer. Este mar es algo tramposo, porque no parece tan fiero ni tan movido hasta que se encara la bocana de salida de alguno de los muelles de Barcelona.

Chimeneas de La Pedrera.

Chimeneas de La Pedrera.

/ Istock

Allí, se agita como queriendo desprenderse de nosotros, hasta que vuelve a recuperar la compostura y ya nos deja navegar con calma hacia donde queramos. Lo saben bien los aficionados al patín de vela o patín catalán, embarcación ligera que no cuenta con timón ni orza, es decir, que se gobierna sobre todo desplazando el peso del tripulante. Las naves que competirán este verano tienen otro porte, pero al final de lo que se trata es de sentir la fuerza del viento y el salitre en boca, sin importar el tamaño.

Los grandes acontecimientos deportivos siempre son revulsivos, y la Copa del América no va a ser la excepción. Gracias a la competición de agosto, se ha devuelto a la vida la infraestructura que antes ocupaba el IMAX, octava maravilla cinematográfica hace unos años y, ahora, recuerdo anecdótico. Allí se aloja una amplia exposición sobre el evento, además de un apetecible restaurante y bar en el piso superior, con vistas hacia la sobrevalorada Barceloneta. Gentrificado pero siempre dinámico, este barrio mezcla a los turistas con los hijos de los vecinos que juegan a pelota en sus plazas, y aunque la cantidad de ropa tendida al sol ha ido disminuyendo, bien merece un paseo para descubrir, al menos, el mercado de la plaza del Poeta Boscà.

Techo cerámico del Mercado de Santa Caterina.

Techo cerámico del Mercado de Santa Caterina.

/ Getty Images

Restaurado por el equipo de Enric Miralles, conserva todo el encanto de su estructura original de forja. No muy lejos, en el número 41 de la calle Sant Miquel, vivió Ferdinand de Lesseps, más conocido por liderar la construcción de los canales de Suez y Panamá que por su trabajo consular en la Ciudad Condal. Lesseps también vivió en otra parte de la ciudad durante su estancia, muy cerca del Puente de Vallcarca. Por eso la gran plaza y nudo de comunicaciones de esa zona se bautizó con su nombre.

El barrio de Vallcarca y los Penitentes —donde hasta el s. XIX vivieron varios ermitaños—, se ubica entre las colinas del Putget y del Coll, a los pies del pulmón verde de la ciudad, la sierra de Collserola. Este valle angosto fue en su día una zona de casas de veraneo, hasta que fue engullida por la ciudad y tomó en parte el actual formato residencial. De calles empinadas y algo apartadas en su día, acogió la célebre Casita Blanca, el meublé más antiguo de la ciudad, que empezó su actividad como tienda de mejillones que permitía subir al piso superior a echar la siesta. Fue derribado en el año 2011.

Algo más hacia el este, y superado el archiconocido Parque Güell, encontramos los búnkeres del Carmel, en lo alto del Turó de la Rovira. Su vista panorámica privilegiada hizo que se instalara en lo alto una batería antiaérea durante la Guerra Civil. Nunca fueron unos auténticos búnkeres, a pesar del nombre popular. La llamada de las redes sociales los ha devuelto al imaginario público… en exceso. En el vecino parque del Guinardó hay un mirador, igual o mejor: el del Nen de la Rutlla.

Fachada de la Casa de la Vila de Gràcia.

Fachada de la Casa de la Vila de Gràcia.

/ Istock

La plaza Lesseps es la puerta norte del barrio de Gracia. De imagen bohemia y larga tradición libertaria, sigue gozando de un cierto ambiente de pueblo y un importante tejido asociativo, evidente en sus calles engalanadas por los vecinos durante la famosa Fiesta Mayor, que siempre tiene lugar a partir del 15 de agosto. La cosa viene de lejos: las calles Mozart y Verdi, por ejemplo, celebraron el año pasado un siglo de esta tradición.

En este barrio nació también la rumba catalana, de la mano de Antonio González Batista, el Pescaílla, antes de que empezara su relación profesional y sentimental con Lola Flores. Hoy, Gracia rebosa de italianos que han encontrado en él su lugar en el mundo, atraídos por su estilo de “paese”. Por eso se ubica allí, en la calle de Sant Lluís, la librería italiana Le Nuvole, donde también se organizan talleres, charlas y el Festival de Literatura Italiana en Barcelona, FLIB. Escuelas de música, cooperativas de consumo, lecherías como las de antes... dibujan un espacio con personalidad bien distinta a la que se encuentra poco más abajo, en el Eixample.

Museo del Modernismo Catalán.

Museo del Modernismo Catalán.

/ Josep María Palau

Barrio de barrios

Este barrio de barrios que es el distrito del Eixample tiene una frontera clara que divide la ciudad en dos, el exclusivo Paseo de Gracia. Fruto de la imaginación del ingeniero y urbanista Ildefons Cerdà, supuso la ruptura de la ciudad con el pasado medieval y el corsé de las murallas, añadiendo de paso un reparto igualitario de servicios públicos por zonas. La cuadrícula Cerdà es fruto de la industrialización de Catalunya a finales del s. XIX, al igual que las nuevas “supermanzanas” —conjuntos de casas donde se incrementan las áreas peatonales y se abren incontables carriles bici— son el resultado de una época que ve la necesidad de incidir cada vez más en la sostenibilidad y la pacificación de las calles. Aun a riesgo de gentrificar ciertas zonas, son varias las que ya se han adaptado al nuevo plan, siendo la más conocida la del Mercado de Sant Antoni, donde abastecerse de carne, fruta y pescado entre semana y de libros de lance y videojuegos de segunda mano los domingos.

Patio del Museu Frederic Marès.

Patio del Museu Frederic Marès.

/ Josep María Palau

En realidad, el equilibrio entre espacios verdes y zonas habitadas ya estaba en el plan Cerdà original: cada isla de casas tendría un espacio verde en el centro que permitiría que todas las viviendas recibieran sol, luz natural y ventilación. La presión especulativa acabó con las buenas intenciones, pero ya hace años que se van recuperando interiores de manzana, jardines ocultos desde la calle, pero abiertos al público. Por ejemplo, en la Antigua Izquierda del Eixample podemos encontrar el de Elena Maseras en la calle Rosellón o el de Sebastià Gasch en Rocafort, y también se puede acceder a los jardines del Seminario Conciliar en Consejo de Ciento, casi al lado de la plaza Universidad. Dentro, se oculta el Museo Geológico. Pertenece al Arzobispado de Barcelona y colabora con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Tiene una colección de 68.000 fósiles, pero la pieza que más llama la atención son los restos de un mastodonte, expuestos en una vitrina especial para soportar su peso. Enfrente, los jardines de la Universidad de Barcelona son todo un oasis de paz en pleno centro.

El Eixample es bien conocido por sus obras modernistas y las genialidades de Gaudí, como la Sagrada Familia, la Pedrera o la Casa Batlló. Su esplendor ningunea decenas de edificios singulares menos masificados y tan sorprendentes como los citados. Basta dejar de mirar la acera y dirigir los ojos hacia arriba para descubrir los motivos vegetales de la fachada de la casa Antonia Burés, la mezcla de piedra y forja de la intrincada fachada Comalat, las espectaculares entradas de la casa Malagrida o de la Vídua Marfà, el centro cívico de la Casa Golferichs o las curvas casi futuristas de la Casa Planells… Esta mezcla de funcionalidad y decoración también se puede encontrar en locales históricos de ultramarinos, farmacias, panaderías, o en el indestructible bar Velódromo.

Casa Comalat.

Casa Comalat.

/ Josep María Palau

Dirijo de nuevo mis pasos hacia el mar, para terminar donde empezamos. Entre las dos retículas que forman el Eixample y la Barceloneta, encontramos atrapado como un pez el casco antiguo de la ciudad, es decir, el barrio Gótico, con el Raval y la Ribera a ambos lados. Más neogótico que gótico de verdad, lo que salta a la vista al perderse por sus calles es el trazado medieval.

En uno de los escondrijos que propicia el anárquico diseño, el número 10 de la calle Paradís es la sede del Centre Excursionista de Catalunya, que tuvo un papel relevante en el descubrimiento del yacimiento arqueológico de Empúries. Por si fuera poco, en el patio central del edificio se alzan las columnas de lo que fue el templo de Augusto en el s. I d. C., mientras que una placa en el suelo indica que este es el lugar donde se fundó la ciudad de Barcelona. La historia con mayúsculas se esconde entre muros de más de un metro de espesor, al igual que diversos jardines donde tomar un respiro y escapar de las hordas turísticas que siguen al guía de turno. Es el caso del jardín de la Casa de Ignacio Puig al lado del mercado de la Boquería, accesible atravesando el hall del Hotel Petit Palace Boquería Garden; o el del Museu Frederic Marés, dentro del antiguo Palacio Real de los Condes de Barcelona. 

Templo de Augusto.

Templo de Augusto.

/ Josep María Palau

El rosario de la aurora

Y si queremos añadir una panorámica general de toda el área, nada como subir a la terraza del hotel Kimpton Vividora junto a la Rambla o, con más relato, la del Grand Hotel Central Barcelona, en su día residencia privada del político Francesc Cambó. Cuando la antigua calzada romana de Vía Laietana se recuperó como avenida que conectaba el centro de la ciudad con el mar, hizo construir este edificio racionalista y con aires de Escuela de Chicago como ejemplo de lo que podía ser la reurbanización de la calle. Por cierto, que la misma calle se acaba de alterar en busca de un menor tráfico de coches y en favor de los paseantes.

Desde aquí, desciendo de vuelta al Mediterráneo, dudando entre desviarme a la izquierda en busca de las “carasses” que decoran las calles —máscaras de piedra que señalaban el emplazamiento de las casas de mala nota en la Edad Media—, o a la derecha, pasando bajo el Pont del Bisbe, un arco veneciano muy fotografiado que ni es veneciano ni es tan añejo como parece. Debajo hay una calavera atravesada por una daga que, si se retira, provocará el hundimiento de muchos edificios de Barcelona.

'Carassa' entre Carrer dels Mirallers y Carrer dels Vigatans.

'Carassa' entre Carrer dels Mirallers y Carrer dels Vigatans.

/ Josep María Palau

En una ciudad tan dada a la exhibición arquitectónica, este podría ser un método rápido para cambiarle la cara por completo. En cambio, más que cambiarla, se la partieron en este mismo barrio los participantes en el Rosario de la Aurora hace muchos años. En octubre de 1571 tuvo lugar la famosa batalla de Lepanto de la Liga Católica contra los turcos, y el papa Pío V decidió rememorar la gesta con la Fiesta del Rosario de todo el mundo. A finales del XIX, las revueltas anticlericales tomaron como objetivo desbaratar el rezo que la Hermandad del Rosario organizaba periódicamente. La cosa terminó en batalla campal alrededor de la iglesia de la Mercè. De ahí deriva la frase “terminar como el rosario de la aurora”. La basílica de la patrona de la ciudad es hoy lugar de celebraciones deportivas, con su fachada visible gracias a que en 1981 se derribó una manzana entera para crear la plaza que hay delante. Las alegrías atléticas no son la única tradición de la zona: justo al lado, el Bar La Plata sirve las mismas cuatro tapas desde que abrió en 1945. Un pescadito frito será el tentempié ideal antes de disfrutar del ambiente al final de la regata del día. 

Dos museos (casi) desconocidos

Al final de la calle Balmes, el Museo del Modernismo Catalán expone la colección privada de los anticuarios Pinós y Guirao en lo que fuera un almacén textil de la fábrica Fabra & Coats. Una buena forma de entender cómo esta corriente artística se aplicaba a los objetos funcionales cotidianos. Otra pequeña joya, más difícil de encontrar a pesar de estar en pleno Paseo de Gracia es el Museo del Perfume. Se esconde en el número 39, al fondo de una perfumería moderna, y exhibe decenas de recipientes y frascos —de Mesopotamia, Egipto, Roma… hasta los actuales—, componiendo una historia de la evolución de estos recipientes.

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