El paseo marítimo favorito de la aristocracia española es una joya de la Belle Époque: en una ciudad balneario, entre palacios Art Decó y jardines que miran al mar, dicen que es “el más bello del mundo”
Fue uno de los primeros destinos de lujo y bienestar de Europa, y su playa, la favorita de la monarquía.

Dicen que es “el paseo marítimo más bello del mundo”. / Istock
Las playas urbanas tienen algo especial, algo que las hace únicas. Y no nos referimos solo a sus paseos marítimos. Por un lado su tamaño, generalmente más pequeñas que las playas de infinitos arenales que hay en territorios más alejados de las ciudades; y por el otro, el paisaje, rodeadas casi siempre de edificios que pocas veces consiguen hacerle sombra a la belleza que encierran unos pocos metros de arena bañados por el mar. Literal.
Sucede con ese lugar situado en el norte de España, un balcón privilegiado frente a las aguas del Cantábrico que desde hace años (podríamos decir siglos, en realidad) está entre los destinos favoritos de la aristocracia española. Y lo es, en parte, por su paseo marítimo, todo un icono de la ciudad que, además, está considerado “el más bello del mundo” por sus habitantes.

Adriana Fernández
Un kilómetro de paisaje único
No es una cuestión de tamaño, porque apenas llega a un kilómetro de extensión, pero es espacio más que suficiente para ser el gran emblema de San Sebastián. Hablamos, como no podía ser de otro modo, de la bahía de La Concha, esa media luna que domina el paisaje en la ciudad guipuzcoana.

Una playa 'Real' y de postal. / Istock / Figurniy Sergey
La bahía conecta las dos playas más famosas de la ciudad, por un lado la de Ondarreta, y por el otro, la de la Concha, en un semicírculo de lo más cinematográfico: con un monte en cada extremo (Igueldo a un lado, Urgull al otro) y una isla justo en el medio de las dos, Santa Clara, ese islote que parece puesto ahí a propósito para contemplar la ciudad desde el mar (y no al revés). Parece una postal.
Lo más bonito del paseo marítimo
Lo más curioso es que, frente al paisaje que dibuja la bahía de la Concha desde el paseo marítimo, el gran emblema es otro: una construcción de hierro, instalada en el siglo XIX y siempre pintada de blanco. Es la barandilla de la Concha, una obra modernista del arquitecto Juan Rafael Alday, que está protegida por ser todo un símbolo del patrimonio de la ciudad.

La icónica barandilla de la Concha, un emblema del modernismo. / Istock
Se inauguró en 1916, justo en ese momento en el que la aristocracia francesa y europea elegía la ciudad de San Sebastián para sus retiros vacacionales. Su fama de ciudad termal la convirtió en todo un referente en plena Belle Époque, como sucedió como todo el litoral del vecino País Vasco Francés, con Biarritz a la cabeza.
Con la diferencia de que esta playa recibió el título de ‘Real’, coincidiendo precisamente con el auge de la ciudad como destino favorito de la monarquía, y consolidando la zona como un destino de lujo y bienestar en Europa.

Las icónicas farolas, otro de los iconos modernistas. / Istock / TONO BALAGUER
Un viaje a la Belle Époque
De aquella época todavía se conserva, además de la barandilla y las icónicas farolas de estilo Art Decó que salpican todo el paseo marítimo, edificios que son historia viva de la ciudad. Desde el Hotel Londres, que levantó la familia Real en 1893, al palacio Miramar, de estilo inglés, el ayuntamiento y los bellísimos jardines históricos Alderdi Edere, o La Perla, el centro de talasoterapia que dio fama a la ciudad.
Pero hay algo todavía más especial: una pequeña escultura que se encuentra a medio camino del paseo, frente a la isla de Santa Clara y el monte Urgull, justo antes de llegar al túnel de Miramart. Una obra de granito instalada a modo de mirador y que lleva el curioso nombre de ‘Homenaje a Fleming’.

El Peine del Viento, la célebre escultura de Chillida colocada en uno de los extremos de la bahía de la Concha. / Istock / 5
Es uno de los valiosísimos obsequios que el inconfundible Eduardo Chillida regaló a su ciudad, junto al Abrazo y el Peine del Viento, esas esculturas de acero que parecen acariciar las olas del mar en el extremo de la bahía. No hay otro paseo igual.
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