Un paseo por Cartagena, una "urbs" muy pintona
Caves donde caves, ruinas púnicas y romanas. Mires donde mires, espléndidas obras de street art. Una arqueóloga y un artista urbano nos guían por la ciudad murciana, parando aquí y allá para tomar un pulpo a la cartagenera o un café asiático.

Vista aérea del Teatro Romano. / Istock
Si Aníbal levantara la cabeza y volviera a cruzar el Mediterráneo para pasear por la Qart Hadasht de su juventud, la encontraría muy cambiada. ¡Toma, claro, como que han pasado 22 siglos y medio! Pero, sobre todo, le chocaría verla tan pintada, pues nada menos que 107 obras de street art embellecen hoy la ciudad murciana.

Detalle del Teatro Romano / Andrés Campos
En cambio, si fuera Publio Cornelio Escipión quien regresara del Elíseo para dar un garbeo por Cartago Nova, le extrañaría menos, porque los romanos eran muy de pintar en las paredes. Solo hay que ver los murales milenarios del Teatro Romano y del Foro del Molinete.
Tantas pinturas callejeras hay, que el Servicio de Graffiti y Street Art de la concejalía de Juventud ha creado una plataforma —Street Museum Cartagena, Smcartagena.es— para que vecinos y visitantes puedan identificarlas y localizarlas sin volverse tarumbas.

Casa Palacio del Almirante Escaño / Andrés Campos
Para encontrar la mejor de todas, no hace falta bichear en esa web. La señalamos aquí: es Inflexión acuática, un mural de 800 metros cuadrados que desde 2023 ha convertido el cruce a distinto nivel de las calles Muralla del Mar y Gisbert en un fondo marino atiborrado de ballenas, tortugas, erizos, meros, sargos, medusas, escualos y pecios fenicios. Para los niños, un guiño: la piña donde vive Bob Esponja. Y para los cerdos, un capón: un plástico de latas de refresco colgando de un coral.
Elena Ruiz Valderas, Arqueóloga
Nació en Peñarroya (Córdoba, 1962), pero a los dos años ya estaba en Cartagena, que entonces era un buen lugar para andar a gatas, volviendo piedras, porque aún no se había descubierto casi nada de esta “pequeña Roma”, como la llama ella. “Estudiábamos que la ciudad había tenido una historia antigua importante, pero no era palpable.” Tenía 26 años cuando se descubrió el Teatro Romano y a los 45 ya era la directora. ¿El mayor hallazgo que has presenciado?: “Los altares dedicados a la tríada capitolina”. ¿Cuál es el secreto mejor guardado de un monumento que han visitado tres millones de personas?: “Las alcantarillas romanas. Yo he podido recorrerlas de pie, porque soy bajita, jejeje”.
El autor de esta magnífica intervención, el cartagenero Kraser, nos ha indicado la mitad de los lugares que recomendamos visitar en este reportaje. Y la otra mitad, Elena Ruiz Valderas, la directora del Museo del Teatro Romano, a donde iremos dentro de un rato.

Mural Stendhalazo en Cartagena de Clara Ledo. / ©ayuntamiento de cartagena
A 100 metros de Inflexión acuática, en el muelle Alfonso XII, se encuentran el auditorio El Batel y el Museo de Arqueología Subacuática ARQVA, dos lugares que resumen bien lo que es Cartagena: una ciudad moderna y colorida, pero anclada en su rico pasado. El edificio de El Batel, obra impactante de José Selgas y Lucía Cano, recuerda por fuera a los contenedores apilados en el puerto y por dentro, a un acuario. El de ARQVA, de Guillermo Vázquez Consuegra, semeja un navío a medio naufragar. En este último pueden verse, entre otros tesoros, los 64 colmillos de elefante que transportaba un barco fenicio en el siglo VII antes de Cristo y que se fue a pique en el Bajo de la Campana, en San Javier, a 30 kilómetros de aquí. En el restaurante Eszencia, en la terraza de El Batel, al que puede verse es al chef Pablo Martínez reinterpretarlo todo, hasta la sacrosanta marinera, y si se le presta la debida atención cuando prepara junto a la mesa unas huevas de mújol ralladas con soja, cítricos, wasabi y yuzu, se recibe una clase magistral sobre salazones, esas momias gastronómicas que llegaron a estas costas con los fenicios, como los colmillos del pecio.

Escultura El Zulo, de Víctor Ochoa, en el puerto de Cartagena. / Andrés Campos
Avanzando por el muelle Alfonso XII, el siguiente edificio que descubrimos es el del restaurante Cuarentaytrés: otro buen lugar para comer y el mejor para saborear todo lo que puede mezclarse con Licor 43. Los Zamora llevan 80 años elaborando con misterio este elixir cartagenero. Solo nos dicen que tiene 43 ingredientes —algo que ya sospechábamos— y que se inspiraron para crearlo en el liqvor mirabilis, un líquido fantástico —en todas las acepciones del término— que se consumía alegremente en Cartagena antes de la llegada de los romanos, que estos prohibieron “para evitar tentaciones” y que siguió produciéndose secretamente durante aquella arida lex, la primera de la historia. Para ahondar más en los misterios de esta poción, hay que ir a la fábrica-museo de Licor 43 en Los Camachos, a ocho km de Cartagena, que atesora los recuerdos de una marca que, en los movidos 80, patrocinó a un equipo de baloncesto de primera —el Santa Coloma— y a un velero de la vuelta al mundo. Spoiler: no naufragó, pero casi. Todo esto nos lo recomienda Elena, porque Kraser no bebe.
Kraser, Artista urbano
José Jorge Nicolás Salas (Cartagena, 1977), universalmente conocido como Kraser, ha firmado más murales aquí que ningún otro artista urbano: ¡29! Pero no se conforma: “Sería increíble pintar un submarino o un barco de la base naval y verlo navegar por mi ciudad. Y hay dos paredes en el lateral del Museo de Arqueología Subacuática, frente al auditorio El Batel, donde continuaría con Inflexión acuática”. “Cuando estoy fuera” —porque es un artista de talla internacional, que no para de viajar con sus pinceles y sus espráis por toda Europa—, “lo que más echo de menos es la familia, los amigos, el buen tiempo, la tranquilidad y la comida.”
Penúltima parada en el muelle Alfonso XII, para ver dos esculturas tremendas: El Zulo, de Víctor Ochoa, y Cola de ballena, de Fernando Sáenz de Elorrieta. La primera, de 2.500 kilos, nos recuerda el terror de ETA; la segunda, de 24.000, que por estas aguas pasan rorcuales en primavera y verano, buscando alimento entre los cabos de Palos y Tiñoso. Y última parada para entrar en el Museo Naval, que es gratis, y saludar al Peral, el submarino torpedero eléctrico que inventó en 1888 el marino cartagenero de ese apellido, que pasó todas las pruebas y que la Armada no quiso comprar. Al poco, los españoles perdimos Cuba y Filipinas, por pendejos. Por la plaza de los Héroes de Cavite, que está al lado del Museo Naval, se entra en una Cartagena de postal, una ciudad antigua tan cuidada que parece nueva, de pulcras calles peatonales pavimentadas con mármol y bordeadas de relucientes casas modernistas. Casas como el palacio de Pascual Riquelme, por el que se ingresa en el Museo del Teatro Romano. El museo son dos galerías subterráneas y otras tantas salas concebivas por Rafael Moneo para exhibir las piezas más llamativas del yacimiento arqueológico —como las pinturas murales del pórtico, de las que hablábamos al principio— y para dar acceso al propio Teatro, que aparece de golpe al final del recorrido, grande y perfecto, con sus 7.000 localidades de espaldas al sol, como Vitruvio mandaba. Así, por sorpresa, apareció esta maravilla en 1988, cuando iba a construirse un centro de artesanía en el solar de la casa-palacio de la Condesa de Peralta. Aquel hallazgo fabuloso cambió la suerte de la ciudad y de la que hoy es la directora del museo y una de las cartageneras más dichosas, Elena Ruiz Valderas, que tenía entonces 26 años y hacía sus primeros pinitos como arqueóloga. Le había tocado el gordo de Arqueología.

Palacio Consistorial de Cartagena. / Istock / Raylipscombe
Nada más salir del Teatro, en la Cuesta de la Baronesa, admiramos el jardín romano que ha sido recreado en un solar con la ayuda de Kraser, quien ha pintado en las medianeras un paisaje con ruinas, Inflexión atemporal. Luego nos metemos por el callejón de la Soledad para observar desde otro ángulo los restos del pórtico teatral —“bajad al sótano de la sala de exposiciones Domus del Pórtico”, nos sugiere Elena esbozando una sonrisilla de Lara Croft, de arqueóloga cazatesoros— y nos acercamos paseando por Cuatro Santos hasta el bar Sol, ya en la plaza de San Ginés, donde Kraser nos recomienda probar el pulpo a la cartagenera y —haciendo una excepción alcohólica— el café asiático. Este café-bombón-carajillo, que obnubila desde hace tres cuartos de siglo a todos los cartageneros, consta de los siguientes pisos: uno de leche condensada, otro de brandy, el tercero de Licor 43 y un precioso ático de expreso con crema, corteza de limón, dos granos de café y canela molida. En el bar Sol lo hacen con brandy de barril para darle un toque vintage, de 1927, que es el año en que este templo del asiático abrió sus puertas y sus ventanas de guillotina con cristales grabados al ácido.

Taberna La Cartela. / Andrés Campos
Muy cerca de la plaza de San Ginés está la de San Francisco, uno de los espacios urbanos favoritos de Elena, que de niña jugaba a la sombra de sus ficus y donde de mayorcita aguardaba con un cálido reparo —brandy con vino dulce— los pasos trasnochadores de Semana Santa. Aquí nace o muere la calle Honda —la predilecta de Kraser, cuya familia tenía en ella un negocio de curtidos—, una de las más renovadas y grafiteadas de la ciudad. En esta calle brilla Mural expandido, de Kraser y Salvador Torres. Y en la plaza de San Francisco lo hace Golden Blood, de Clara Ledo.
Mari Ángeles Díaz, Reina de copas
“Al principio se usaban vasos de vermú para tomar el asiático, y como se servía (y se sigue sirviendo) tan caliente, estallaban. Hasta que a mi abuelo, José Díaz, se le ocurrió fabricar una copa especial, de vidrio grueso para soportar el choque térmico y con marcas para hacer los cuatro pisos de que consta este café: leche condensada, brandy, Licor 43 y expreso”. Mari Ángeles (Cartagena, 1965), la nieta del inventor, les cuenta esto a todos los forasteros que entran en su tienda de la calle Carmen, 54, porque los locales ya se lo saben, y les aconseja ir a probar el asiático a CaféLab, “que está en las Casas del Rey, el edificio civil más antiguo de la ciudad, del siglo XVI, donde durmió Cervantes”.
Bordeando el barrio del Foro Romano —otro must arqueológico que nos encarece Elena Ruiz Valderas—, vamos por la calle Honda hasta la plaza de San Sebastián. Desde aquí podemos acercarnos por la calle Intendencia a CaféLab para aprender a preparar el asiático en un taller de una hora de duración, que no es mucho, porque es un lío. O podemos subir por las calles Puertas de Murcia y Carmen hasta la tienda de José Díaz, donde se vende la gruesa copa —la auténtica, la patentada— en la que todos los cartageneros beben este explosivo carajillo. Y no solo la copa, porque las nietas y los bisnietos del José Díaz que la inventó venden además estuches con los siete componentes y las mil instrucciones precisas para elaborar este café, como la bomba que es.

Bar Sol. / Andrés Campos
Poco más adelante, en la misma calle Carmen, lleva desde 1939 Bodega Nicolás, donde Kraser nos manda a tomar michirones, que no es nada feo, sino un guiso tradicional de habas secas. Elena prefiere y recomienda tapear en El Cantón, que pilla al lado del museo que dirige, en la Cuesta de la Baronesa. Y Mari Ángeles Díaz, la nieta de José Díaz, nos sugiere ir a Vinarte (Jabonerías, 34), que es un sitio fino y acogedor, como ella. O a La Cartela (Mayor, 41), la mejor taberna de Cartagena. Notable su marinera de salmón flambeada, mojo rojo coreano y toque de lima. Sobresalientes, sus alcachofas salteadas con setas y foie en crema carbonara. ¿Y su torrija con helado de turrón? Summa cum laude, como diría Escipión.
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