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El paseo acuático perfecto para una mañana: 5 kilómetros entre acantilados de 100 metros, una ermita templaria del siglo XIII y buitres leonardos

Un desfiladero abierto en la caliza del Cretácico reúne paredes de más de cien metros, una importante colonia de buitres leonados y una ermita medieval cuyo vínculo con los templarios sigue moviéndose entre la historia y la tradición.

Recorre uno de los cañones más espectaculares de España.

Recorre uno de los cañones más espectaculares de España. / Istock

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La primera señal llega desde arriba. Una silueta enorme entra en el cañón, gira aprovechando una corriente y desaparece detrás de la pared sin apenas mover las alas. Después aparece otra. Y otra más. El buitre leonado forma parte del paisaje de estos cortados desde mucho antes de que hubiera senderos, aparcamientos o miradores, y aquí mantiene uno de sus grandes territorios de cría, con más de un centenar de parejas reproductoras instaladas en cornisas y repisas difíciles de distinguir desde el fondo.

Paredes verticales de piedra caliza del Cañón del Río Lobos

Paredes verticales de piedra caliza del Cañón del Río Lobos / Istock / Javier Ruiz Herrera

El río se ha abierto paso durante millones de años a través de las calizas hasta formar un corredor estrecho entre Soria y Burgos, allí donde la Cordillera Ibérica empieza a entregarse a la meseta del Duero. En mitad de ese escenario aparece además una construcción del siglo XIII con portada de arcos apuntados, un rosetón singular y una historia que nunca terminó de quedar escrita del todo. La tradición la relaciona con los templarios; la documentación obliga a ser bastante más prudente. Entre ambas cosas —lo que sabemos y lo que se ha contado durante generaciones— se ha construido buena parte de la fascinación del Cañón del Río Lobos.

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Adriana Fernández

Cinco kilómetros para entender un cañón

Aquí el paisaje no se contempla desde fuera. Se entra en él. El recorrido más frecuentado parte del entorno de Ucero y acompaña al río Lobos hasta la Ermita de San Bartolomé a lo largo de unos cinco kilómetros de ida. Es una caminata de alrededor de dos horas, de perfil sencillo y sin grandes desniveles, una de esas rutas en las que conviene mirar más hacia las paredes que hacia el reloj.

Vista de pájaro del Cañón del Río Lobos.

Vista de pájaro del Cañón del Río Lobos. / Istock

El río discurre entre tramos de agua clara, vegetación de ribera y paredones que en algunos puntos superan los cien metros de altura. En los sectores más profundos, las referencias del propio parque sitúan los cortados cerca de los doscientos. La explicación está bajo los pies y a ambos lados del sendero: son calizas compactas del Cretácico que el agua ha ido disolviendo, fracturando y vaciando hasta construir este sistema de hoces, cavidades y pasos estrechos.

La palabra clave es karst. No hace falta convertir la excursión en una clase de geología para reconocer sus huellas. Hay cuevas abiertas en los flancos, grietas, simas y paredes modeladas por un proceso extraordinariamente lento que todavía continúa. Algunas cavidades están conectadas bajo tierra y parte de esa red no ha sido explorada por completo.

El Cañón del Río Lobos es una espectacular garganta de 25 km de longitud

El Cañón del Río Lobos es una espectacular garganta de 25 km de longitud / Istock / ana del castillo

Desde puntos elevados como el Mirador de la Galiana se entiende mejor la escala del corte que ha practicado el río en el terreno. El Balconcillo del río Lobos ofrece otra lectura del relieve y de la sucesión de paredes que encajonan el curso de agua. Son lugares en los que detenerse cambia bastante la percepción de la ruta: desde abajo domina la verticalidad; desde arriba aparece la forma completa del cañón.

También cambia la piedra según avanza el día. La caliza devuelve una luz muy dura en las horas centrales y gana tonos más cálidos cuando el sol baja. Quizá por eso los fotógrafos de naturaleza llevan décadas buscando aquí el momento preciso, aunque el interés del paisaje va bastante más allá de la fotografía. Caminar por este tramo permite ver, casi capa a capa, cómo el agua puede transformar una meseta en un desfiladero.

Formación rocosa caliza con orificios en Cañón del Río Lobos

Formación rocosa caliza con orificios en Cañón del Río Lobos / Istock / fernando garcia esteban

San Bartolomé, entre documentos y leyendas

La ermita aparece junto a la Cueva Grande, una cavidad cuya boca ronda los 25 metros y en cuyo entorno se han localizado restos de arte rupestre. No necesita demasiada escenografía. La propia posición del edificio, encajado entre las paredes del cañón, basta para entender por qué ha generado tantas preguntas.

La Ermita de San Bartolomé fue levantada en el primer cuarto del siglo XIII y reúne rasgos del románico con elementos que ya apuntan hacia el gótico. La planta es rectangular, el ábside semicircular y la portada se organiza mediante arquivoltas apuntadas. El detalle que suele retener la mirada está, sin embargo, en uno de sus rosetones, donde aparece una estrella de cinco puntas.

Capilla de San Bartolomé. Cañón del Río Lobos

Capilla de San Bartolomé. Cañón del Río Lobos / Istock / Lagui

A partir de ahí empiezan las interpretaciones. El edificio habría formado parte del desaparecido monasterio de San Juan de Otero y la tradición ha situado durante mucho tiempo a la Orden del Temple detrás de su construcción o de su utilización. La historia documentada es menos rotunda. No existe una prueba directa que permita cerrar esa atribución templaria sin matices, de modo que conviene dejar la leyenda en el lugar que le corresponde: como parte del relato acumulado alrededor de la ermita, no como una certeza.

Eso no le resta interés. Más bien ocurre lo contrario. San Bartolomé permite mirar un edificio medieval sin necesidad de envolverlo en respuestas que no tenemos. Queda la arquitectura, queda su antiguo vínculo monástico y queda una localización que debió de tener un significado claro para quienes decidieron levantar aquí una capilla hace unos ocho siglos, aunque ese motivo no haya llegado hasta nosotros.

Ermita templaria de San Bartolomé en el cañón del río Lobos

Ermita templaria de San Bartolomé en el cañón del río Lobos / Istock

Cada 24 de agosto, además, la ermita deja de ser únicamente patrimonio y recupera su dimensión religiosa durante la romería de San Bartolomé. Vecinos de Ucero y de otros municipios de la zona vuelven entonces a un espacio que durante el resto del año recibe sobre todo caminantes. Esa continuidad explica quizá mejor el edificio que muchas teorías: ha cambiado su entorno, ha desaparecido el monasterio al que estuvo ligado y, sin embargo, la pequeña ermita continúa teniendo una fecha propia en el calendario local.

Buitres sobre el cañón, sabinas en tierra y cocina soriana

Antes de ver un buitre leonado de cerca suele verse su sombra. Es la especie más reconocible del parque y también una de las razones por las que estos paredones tienen un valor natural especial. Más de un centenar de parejas reproductoras utilizan sus cortados para criar, compartiendo el territorio con águilas reales, alimoches, halcones peregrinos y búhos reales.

Meandro del Cañon del Río Lobos

Meandro del Cañon del Río Lobos / Istock / JON CHICA

El calendario de estas aves condiciona también el del espacio protegido. La puesta de los buitres comienza en invierno, los pollos nacen hacia finales de marzo o comienzos de abril y los primeros vuelos llegan en verano. Durante esos meses, determinadas áreas requieren una protección mayor y pueden establecerse limitaciones para evitar molestias a las colonias de cría.

A ras de suelo el parque es bastante menos visible, pero no menos rico. Corzos, jabalíes, tejones y nutrias se reparten por bosques y riberas en los que la sabina albar y el pino laricio tienen un peso importante. La vegetación explica otra parte del carácter del cañón: a la roca expuesta de los cortados le suceden manchas forestales densas, pequeñas praderas y zonas húmedas junto al río. En pocos kilómetros, el paisaje cambia varias veces sin dejar de pertenecer al mismo sistema.

Buitre en el Cañón del Río Lobos.

Buitre en el Cañón del Río Lobos. / Istock

Ucero prolonga esa visita fuera de las paredes calizas. El antiguo molino que alberga el Centro de Interpretación permite completar la lectura natural del parque, mientras el castillo medieval mantiene desde lo alto una de las imágenes más reconocibles del pueblo. Son dos capas más de un territorio en el que geología, fauna e historia rara vez aparecen separadas.

La mesa añade la siguiente. La Parrilla de San Bartolo trabaja con una cocina ligada a la zona y encaja en esa costumbre tan castellana de sentarse a comer después de una mañana de campo sin convertir el almuerzo en un trámite. El repertorio comarcal continúa después con algunos de los sabores más reconocibles de Soria: cordero asado, torreznos, migas de pastor y una cocina de horno y producto contundente que sigue teniendo mucho que ver con el clima y con la vida tradicional de esta parte de la provincia.

Hacia El Burgo de Osma, ese recetario gana todavía más presencia y demuestra que el cañón no es una pieza aislada. Forma parte de un territorio donde los pueblos, los pinares, los restos medievales y la cocina comparten una escala semejante. Conviene no intentar convertir cada rincón en una atracción. Aquí basta con dejar que unas cosas lleven a otras.