Parecen los Dolomitas, pero es una de las joyas de Teruel: órganos de piedra declarados Monumento Natural sobre un pequeño pueblo de 15 habitantes
Entre Villarluengo y Ejulve se alzan agujas calcáreas de más de 200 metros, un capricho geológico que recuerda a los Dolomitas italianos. Bajo ellas sobrevive un puñado de vecinos que se cuenta con los dedos de una mano.

Un paisaje capaz de transportarte a los mismísimos Dolomitas italianos. / Istock
Hay carreteras en las que el paisaje avisa antes de que llegue. Esta es una de ellas: la A-1702 serpentea entre cerros pelados del Maestrazgo turolense y, de pronto, en el collado de Casa Mazuelos, el monte se abre en un muro de piedra que sube recto hacia el cielo. No son picos sueltos ni una sierra cualquiera. Son agujas verticales, alineadas como si alguien las hubiera colocado a propósito, que superan los 200 metros de altura desde la base. El viajero que se detiene en el mirador suele sacar el móvil antes de preguntarse qué está mirando.

Dolomitas, Italia. / Istock
La comparación con los Dolomitas surge sola en cuanto se ve la foto: la misma verticalidad, las mismas paredes que cortan el horizonte en línea recta. No es casual que el ojo viaje hasta el Trentino, aunque la piedra que pisan unos y otros no tenga nada que ver -aquí no hay dolomía, sino caliza formada hace entre 75 y 90 millones de años, cuando el Maestrazgo todavía era fondo marino-. Justo a los pies de esta formación, escondido en un recodo del valle, sobrevive un pueblo que en 1877 llegó a tener 420 habitantes y que hoy no supera los 15. Se llama Montoro de Mezquita, y la formación que lo vigila desde hace millones de años son los Órganos de Montoro.

Adriana Fernández
La piedra que esculpió el Guadalope y el condado a sus pies
Lo que hoy se ve desde la carretera empezó a fraguarse en el Cretácico Superior, cuando esta parte de Aragón era un mar somero donde se acumulaban sedimentos calizos. El plegamiento posterior de la corteza levantó esos estratos casi en vertical, formando un pliegue sinclinal con un núcleo más blando en su interior. Ahí entra el Guadalope: durante millones de años el río fue vaciando ese núcleo, mientras las paredes calizas de los flancos, mucho más resistentes, aguantaban la erosión y quedaban expuestas como paredes independientes. El agua, el hielo y el viento hicieron el resto, tallando esas paredes hasta darles la forma de tubos que les da nombre -los Órganos, por su parecido con los caños de un órgano musical-. El parecido con los Dolomitas es, por tanto, una cuestión de forma y no de origen: allí la roca es dolomía, aquí es caliza, y el proceso que las esculpió tampoco es el mismo.

Montoro de Mezquita / Istock
El Gobierno de Aragón declaró Monumento Natural este conjunto de 187,60 hectáreas el 19 de octubre de 2010, mediante el Decreto 189/2010, que reconoció también su valor como ZEPA -Río Guadalope-Maestrazgo- y como Lugar de Importancia Comunitaria por las muelas y estrechos del propio río. La altitud del espacio protegido oscila entre los 800 metros junto al Guadalope y los 1.183 de la Peña de los Órganos, su punto más alto.

Órganos de Montoro, Teruel. / Istock / t
Bajo esa peña, a poco más de un kilómetro, se asienta Montoro de Mezquita. La villa pasó a jurisdicción de las Órdenes Militares en 1280, por cesión del rey aragonés Pedro III, y en 1407 entró en la órbita de la familia Ram al casar su entonces propietaria, Constanza Martínez de Peralta, con el noble alcañizano Tomás Ram Lanaja. Varias generaciones después, en 1643, Felipe IV concedió el título de conde de Montoro, un linaje que marcaría el pueblo durante los siglos siguientes y que todavía se reconoce en su escudo, con un ramo de laurel bajo corona condal.
La casa del conde y el pueblo que se quedó sin gente
Frente a la iglesia de Montoro de Mezquita, dedicada a la Asunción, se levanta todavía la Casa del Conde de Montoro, la única construcción señorial del pueblo y testigo directo de aquel título del siglo XVII. El templo, de planta rectangular y una sola nave con capillas entre contrafuertes, conserva pinturas populares en el presbiterio, y muy cerca resiste también el antiguo horno de cocer pan, hoy recuperado como pequeño espacio expositivo con fotografías y recortes de prensa del pueblo.

Mirador cerca de los órganos de Montoro. / Istock
La despoblación de Montoro no es un fenómeno reciente ni dramático de un día para otro: es un declive lento que lleva más de un siglo en marcha. De los 420 habitantes de 1877 se pasó a 386 en 1910 y a 139 en 1960. En 1970 el municipio perdió su ayuntamiento propio y quedó agregado a Villarluengo; en 1983 ya solo quedaban 18 vecinos. Hoy la cifra ronda los 15, aunque algunas fuentes recientes hablan de 14. Villarluengo, el municipio del que depende, tampoco es que sobre de gente: 159 habitantes según el padrón de 2025.
A siete kilómetros de Montoro, en dirección a Ejulve, hay un paraje que explica por qué esta zona tuvo más vida de la que su despoblación actual sugiere: Las Fábricas. Allí instaló en 1789 la familia Temprado, en sociedad con capital y técnicos franceses, la primera fábrica de papel continuo que existió en España. Durante siglo y medio dio trabajo a los tres pueblos vecinos -Montoro, Villarluengo y Pitarque-, fabricando desde papel continuo hasta papel moneda para varios ministerios. La fábrica de Enmedio es hoy el Hostal de la Trucha; la de Arriba se convirtió en piscifactoría, y la de Abajo permanece tal y como quedó cuando cerró, hacia 1958.

Órganos de Montoro. / Istock / Daria Maksimova
De las pasarelas de Valloré a la mesa del Maestrazgo
Montoro de Mezquita no se agota en su plaza. Los Estrechos de Valloré, con sus pasarelas de madera colgadas sobre el cauce del Guadalope, son uno de los recorridos más singulares del Maestrazgo turolense: el sendero cruza el desfiladero por encima del agua, entre paredes de roca que se estrechan hasta casi tocarse. Quien prefiera algo más corto puede subir hasta Villarluengo, apenas unos minutos en coche, y asomarse al llamado Balcón de los Forasteros, el mirador desde el que el caserío entero parece colgar sobre el barranco. El antiguo ayuntamiento renacentista del pueblo, del siglo XVI, alberga hoy el Centro de Interpretación de los Monumentos Naturales del Maestrazgo, un buen punto de partida para entender el conjunto antes o después de la visita a los Órganos.

Pasarelas en Teruel / Istock
La mesa de la zona sigue la lógica de la montaña: platos contundentes, pensados para el frío y para el trabajo del campo. El jamón de Teruel y el queso de Tronchón son los productos que viajan fuera de la comarca, pero en cualquier casa de comidas de Villarluengo se puede probar el ternasco de Aragón o unas migas a la pastora, la receta que mejor resume la cocina pastoril de estas sierras. Fonda Villarluengo, en la plaza del pueblo, mantiene ese recetario casero con menú diario y una carta que no ha querido modernizarse más de la cuenta, algo que en el Maestrazgo se agradece.
Los Órganos de Montoro llevan ahí desde hace más de 66 millones de años y seguirán en pie mucho después de que el último vecino de Montoro de Mezquita cierre la puerta de su casa. Esa es, quizá, la única certeza que ofrece este rincón de Teruel: la piedra no tiene prisa, aunque el pueblo que la mira desde abajo cada vez tenga menos gente para contarlo.
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