Parece la Sagrada Familia, pero está en un pequeño pueblo de Tarragona: una joya modernista de un discípulo de Gaudí que por poco no existe
Esta maravillosa obra hace justifica a la personalidad monumental de Cataluña y, aunque cueste creerlo, nunca quiso competir con el resto; es única, elegante e impresionante.

Hay lugares que uno imagina en ciudades grandes, rodeados de turistas y cámaras. Y luego está el Santuario de la Mare de Déu de Montserrat de Montferri, en Tarragona, que decide esconderse entre colinas y viñedos del Alt Camp como si quisiera pasar desapercibido. Vas por la carretera, tan tranquilo, y de pronto aparece su silueta; vertical, afilada, casi fantástica. Y sin comerlo ni beberlo te sorprendes a ti mismo diciendo "wow". Pocos edificios colocan tan rápido al viajero en modo “¿qué es esto y cómo no lo conocía?". Montferri, con cuatro calles tranquilas y menos de 400 habitantes, no parece el sitio donde encontrar una pieza así… y quizá por eso funciona tan bien. El contraste lo explica todo.
El genio que trabajó con Gaudí
Detrás de esta obra está Josep María Jujol, un arquitecto brillante al que la historia tardó demasiado en hacer justicia. Se le recuerda como colaborador de Gaudí, y es cierto, dejó su huella en el Parc Güell, en La Pedrera, en la Casa Batlló. Pero Jujol no vivía a la sombra de nadie. Tenía un lenguaje propio, más desnudo, más espiritual, más impulsivo. El santuario de Montferri es un ejemplo precioso de esa libertad creativa, un edificio que no quiere imitar a Gaudí, pero que sí respira esa energía modernista que transforma la arquitectura en un gesto poético.

Una montaña convertida en iglesia
El proyecto arrancó en 1925, con una idea muy clara, la de reinterpretar la montaña de Montserrat, símbolo espiritual de Cataluña, en forma de edificio. Para ello, Jujol diseñó un templo inclinado hacia el cielo, construido con más de sesenta pilares que se abren y se cierran como pliegues de roca. El interior sorprende, por lo contrario, no es monumental ni pretende serlo. Es íntimo, recogido, iluminado por pequeñas aberturas que dibujan figuras en el suelo. Es el tipo de espacio donde uno entra hablando y sale en silencio, sin saber muy bien por qué.

Y como pasa con tantos proyectos de la época, la historia se interpuso. La Guerra Civil paralizó la construcción y el santuario quedó suspendido en un “casi”. Durante décadas, el esqueleto permaneció allí, mirando al valle, esperando mejores tiempos. No fue hasta 1999 cuando, por fin, se completó la obra que Jujol dejó imaginada. Por eso Montferri impresiona, porque no es un edificio moderno, tampoco antiguo; es un sueño que tardó setenta años en coger forma.
Un pueblo que es mucho más que el Santuario de la Mare de Déu
A poco más de una hora de Barcelona se esconde este magnífico pueblo, donde hay mucho más que descubrir que su ermita. Si eres amante del vino o de la cerveza, estás de suerte: has llegado a un auténtico diamante en bruto.
La primera parada es la Bodega de Vino y Cava Vives Ambrós, una casa con tradición vinícola centenaria y un prestigio consolidado a lo largo de los años. Sus viñedos se extienden por las tierras del municipio y permiten realizar visitas guiadas que, además, transcurren muy cerca de la ermita, con la que casi comparten terreno.

El recorrido continúa en Les Clandestines, la cervecería artesanal nacida de la iniciativa de tres amigos decididos a convertir su pasión en oficio. Comenzaron elaborando cerveza de manera casera y ofreciéndola con discreción a los vecinos, que pronto se entusiasmaron con su sabor natural. Aquella primera receta fue conocida como “la clandestina”, nombre que acabaría dando identidad a la marca. Hoy producen variedades como 4 Maltas, Negra, Rubia, Tomillo, Espelta, Atheus y Gaianada. Dos paradas imprescindibles para completar la visita a la Ermita de la Virgen de Montserrat.
Con su entorno, sus historias y la calma que la rodea, la ermita resulta realmente cautivadora. Este rincón recuerda que, a menudo, son los pequeños detalles los que construyen las grandes experiencias. Un lugar que merece figurar en el radar del viajero tanto como las grandes postales de siempre y que invita a detenerse, mirar alrededor y disfrutar de la esencia auténtica de lo cercano. Apunta esta escapada: es de las que se quedan en la memoria.
Una joya discreta… y por eso tan especial
El santuario no aparece en las rutas típicas del modernismo, ni se estudia tanto como debería. Y quizá ahí esté su encanto. No compite con la Sagrada Familia, no busca colas ni flashes. Prefiere sorprender al viajero que se desvía un poco del camino, al que llega sin expectativas y se encuentra con una obra que no se olvida. Montferri demuestra que el modernismo catalán no solo vive en Barcelona. También late, silencioso y brillante, en pueblos diminutos donde un arquitecto genial dejó una semilla que tardó décadas en florecer.
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