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Descubre los rincones de Pamplona: una vida más allá de los Sanfermines

No van vestidos de pamplonicas, ni duchados con zurracapote, ni fumando puros como Hemingway. Muchos odian los toros, pero lo disimulan. Porque los sanfermines son un aro y, al que no pasa por él, aquí lo tiran al río Arga.

La ciudad de Pamplona se abre frente a un kiosko en la Plaza del Castillo

La ciudad de Pamplona se abre frente a un kiosko en la Plaza del Castillo / Istock

Mikel Ollo, guía turístico y fundador de Destino Navarra (destinonavarra.com), no es vegano: le gustan los huevos, sobre todo los que pone la gallina más famosa de Pamplona, la de San Fermín, porque son de oro. Su empresa gestiona 1.000 de las 4.000 plazas que hay para ver los encierros desde los balcones y trabaja desde septiembre sin descanso para que en julio todos sus clientes estén asomados a las calles Mercaderes, Estafeta y compañía.

Plaza de la compañía

Plaza de la compañía / Istock

A Mikel le encanta la música de la caja —raca-raca-clinc: entre 150 y 225 euros por persona y día—, pero lamenta que la imagen que se da de la ciudad sea solo la de esos días, cuando hay otros muchos días y mucha más Pamplona. “Sacar a los turistas de esa Pamplona de fiesta, toros y locura es complicado”, reconoce, pero él lo intenta con denuedo el resto del año, llevándolos, por ejemplo, a dar una vuelta en e-bike por los carriles bici de la ciudad y a pedalear por zonas tan poco sanfermineras como el circuito del río Arga, las huertas de la Magdalena, el Camino de Santiago y la Ciudadela renacentista, que hoy es un pulmón verde de 280.000 metros cuadrados con forma de estrella. Aun así, al pasar por el casco viejo, muchos se bajan de la bici y le piden que los grabe con el móvil corriendo la curva de Mercaderes, como si les persiguieran seis miuras. Eso es querencia y fijeza, por usar el argot taurino.

Panorámica de la Ciudadela de Pamplona

Panorámica de la Ciudadela de Pamplona / Istock

Quien no siente ninguna querencia por lo Viejo —así le dicen aquí para abreviar al casco antiguo— es Marta Pérez Rodríguez, arquitecta y guía apasionada de la actividad Pamplona a ras de cielo. Marta queda con los turistas en la sede del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro (coavn.org), en la séptima planta del edificio de la antigua Caja de Ahorros Municipal, y les muestra la ciudad desde allá arriba como sobre un plano: la estrella de siete puntas de la Ciudadela, el Primer Ensanche —que se comió las otras tres— y el Segundo, de cuando la capital navarra se estiró porque no cabía ya dentro de las murallas, en 1920. Antes de despedirse, Marta los invita a pasear por ese último, haciendo hincapié —o más bien, hincadedo, porque no para de señalar con el índice— en los espléndidos edificios que diseñó el pamplonés Víctor Eusa, como el orientalizante de La Vasco-Navarra. También los anima a curiosear en la obra más loca de Eusa, el Casino Eslava, que está en la plaza del Castillo, donde se codean la ciudad nueva y la vieja. Y, por último, les muestra algo aún más loco: el recorte de prensa en que se anuncia que el Ayuntamiento retira a una calle de la ciudad el nombre de Víctor Eusa, el mejor arquitecto que ha tenido Pamplona, “por franquista” (¡!).

Casco Antiguo, al fondo, la Catedral de Pamplona

Casco Antiguo, al fondo, la Catedral de Pamplona / Istock

El paseo por la Pamplona del estirón eusiano se puede y se debe aprovechar para visitar el Mercado del Ensanche (mercadodelensanche.com) y conocer a varios vecinos la mar de sabrosos. Juan Barbería, de Oliva Norte, da a probar a los curiosos una gilda extraordinaria, elaborada con anchoa de Santoña y piparra de Ansoáin. Belén Sánchez, de Dulces 52, una rosquilla frita de Olite y una torta de txantxigorri, la versión navarra de la de chicharrones. Clara Fernández, de La Tiendita del Vino, un blanco de Inurrieta, el que más se bebe en Pamplona. Queso de Beruete, txistorra, incluso frutas y verduras ecológicas… De todo van catando los turistas que se apuntan a las visitas guiadas de Comiruña (comiruna.com). Es como darle un lengüetazo a Navarra.

La increíble historia de la pelota vasca

En lo Viejo también hay mucho que ver y que comer y mucho vecino interesante con el que pegar la hebra. Como Santiago Lesmes. Es el autor de La increíble historia de la pelota vasca, un libro lleno de hilarantes anécdotas, como la del pelotari francés Txikito de Cambo, que durante la Primera Guerra Mundial usaba la cesta para lanzar las granadas ¡a 200 metros!, o como la de los chiflados envites que se hacían en el frontón pamplonica de la Mañueta, donde lo apostaban todo jugando con una sandía al hombro o con un ciego atado a la pierna de cada pelotari vidente. Por eso, Santiago es el hombre indicado —sabio y risueño— para guiar la Ruta de la pelota vasca —reservas, en visitpamplonairuna.com—, que recorre la ciudad siguiendo el rastro de las pelotas y las apuestas y que concluye en el frontón Labrit, la catedral de este deporte, viendo cómo le pegan dos expertos pelotaris —una de ellos, Maite Ruiz de Larramendi, medallista en siete mundiales— y jugando los turistas con las pelotas duras como piedras.

Ascensor panorámico de la Media Luna

Ascensor panorámico de la Media Luna / Getty Images

Otro vecino interesante de lo Viejo es el Togado de Pompelo, al que puede visitarse en el Museo de Navarra. En realidad, debería llamarse la Togada, porque la que se creía que era la estatua en bronce romana de un varón —encontrada en 1895 en la calle Navarrería— se demostró hace poco que es de una niña de 10 o 12 años, una moza pamplonica de hace 2.000. El museo, construido sobre el antiguo Hospital de la Misericordia, junto a las murallas del casco antiguo, ha abierto recientemente todas sus salas —cerradas en 2025 por obras de mejora de eficiencia energética—, incluida la que contiene la arqueta de Leyre, una joya del arte eborario islámico, tallada en 1004 en Medina Azahara (Córdoba), donde aparecen labrados varios guerreros a lomos de elefantes. Al ver a estos últimos a pocos metros de los corrales de Santo Domingo, el visitante no puede dejar de fantasear con unos encierros elefantinos. ¡Nada de toritos!

Claustro de la Catedral de Pamplona

Claustro de la Catedral de Pamplona / Istock

Imaginarse elefantes corriendo por la cuesta de Santo Domingo y la calle Estafeta es raro, pero no más que figurarse dos inmensas orejas de burro sobre la catedral de Pamplona, que eso dijo que parecían sus campanarios Victor Hugo. Todos los días, menos los domingos, hay visitas guiadas a la seo y se sube a ver a la María, la mayor campana en activo de España. Es la vecina más gorda de la ciudad y la más chillona: se la oye a 14 kilómetros de distancia. Además, hay visitas nocturnas a la luz de las velas.

Escaleras hacia el claustro de la catedral

Escaleras hacia el claustro de la catedral / Andrés Campos

Yendo de pintxos por lo Viejo, también se conocen vecinos curiosos. Alicia, Pruden, Roberto y Mari llevan 38 años en el bar Gaucho (Espoz y Mina, 7), donde ellas elaboran y ellos sirven suculencias como el huevo trufado a baja temperatura sobre una cama de setas y tienen una pared empapelada con los diplomas de los concursos de pintxos que han ganado. En Baserriberri (San Nicolás, 32), Iñaki Andradas vuelve locos a los famosos con sus pintxos sinvergüenzas —La Ostra es la Ostia, la humeante bOOmVeja!! y la croqueta Croctopus de pulpo e ibérico presentada sobre un plato de ocho patas—: entre otros, a la pamplonica Cristina Pardo y a Cayetano Rivera, que no se pierde un San Fermín. La calle Estafeta no puede faltar en este encierro gastronómico. Y aquí, la barrera más sólida contra las cornadas que dan el hambre y los melindres es Casa Juanito (Estafeta, 83), que lleva seis décadas largas en manos de los mismos dueños haciendo las delicias de los aficionados a la casquería y la tripicallería.

Maqueta de la ciudad histórica en el Archivo Real y General de Navarra

Maqueta de la ciudad histórica en el Archivo Real y General de Navarra / Andrés Campos

Catando arte contemporáneo

Tres pintxos y otros tantos vinos armonizados con ellos se toman durante la Visita & Cata en Otazu (otazu.com). Pero a esta bodega, más que a catar vino, se viene a catar arte contemporáneo, porque atesora 800 obras de Ai Weiwei, Anish Kapoor y otros grandes creadores del momento. Iker Andrés, el director de enoturismo, no estudió enología, sino filosofía del arte. Pasear y brindar con él junto a Las Meninas de Manolo Valdés es una experiencia inolvidable, que hace que las de Airbnb parezcan talleres para niños. Incluso las botellas son obras de arte. Las de vino Vitral no acaban en un contenedor de vidrio, sino expuestas en colecciones privadas, porque el venezolano Carlos Cruz-Díez las diseñó para eso, con 30 etiquetas distintas, una para cada añada desde 2013 hasta 2042. La visita con cata cuesta 60 euros. La botella de Vitral, 1.500.

Pintxo Resakwich revolotum re-CenoZ, flambeado con absenta, en Baserriberri

Pintxo Resakwich revolotum re-CenoZ, flambeado con absenta, en Baserriberri / Andrés Campos

El Reina Sofía del vino no está en la misma Pamplona, sino en la localidad de Otazu, a solo 20 minutos en coche. A parecida distancia, pero al otro lado de la ciudad, en Alzuza, está el Museo Oteiza (museooteiza.org). Aquí vivió el genio casi 30 años con su mujer Itziar, aquí está enterrado a su lado y aquí quiso que su amigo Sáenz de Oiza hiciese un edificio para alojar las 1.690 esculturas, 800 dibujos, 2.000 tizas e infinidad de papeles que había donado a Navarra. Es una caja de hormigón teñido con óxidos metálicos que prefigura las cajas vacías y metafísicas de acero cobreado del interior. Una caja llena de cajas. Arte envuelto en arte. Todo esto es sencillo de explicar y de entender. Cuesta más comprender por qué Oteiza, que era guipuzcoano, de Orio, acabó siendo vecino de un pueblecito de las afueras de Pamplona. Era un agitador, un “artista incómodo e indomable”, según sus propias palabras. “Soy navarro, soy de Orio y por eso soy navarro”, decía. Vino a Navarra y le entregó su obra porque pensaba que esta era la cuna de la cultura vasca. En Forocoches hay quien opina lo mismo.