Vall de Pop, la zona natural de Alicante que da la espalda al mar para volver a sus brazos
Hay en la comarca alicantina de la Marina Alta un valle que da la espalda al mar para después regresar a sus brazos. Un territorio custodiado por las montañas y vertebrado por el río Jalón, en el que los campos están tapizados de viñedos y los pueblos viven adormilados en su autenticidad rural.

Hay un Alicante que se aleja por un momento de la costa para serpentear por un terreno rugoso en el que la naturaleza se muestra abierta y generosa. Es el Alicante que deja atrás las concurridas autovías con vistas al Mediterráneo, el ajetreado pulso vacacional y el entorno a veces demasiado acosado por el desarrollismo feroz. Aquí, en estos pliegues solitarios y silenciosos, las gentes desempeñan sus labores de siempre, ajenas a la impostura del veraneo, y la vida transita plácidamente por carreteras secundarias.

Situémonos primero en el mapa. Estamos en la Vall de Pop, allí donde la comarca de la Marina Alta le da la espalda al mar para retraerse en uno de los valles que anteceden a la sierra (otros son Vall d’Ebo, Vall de Laguar, Vall de Gallinera…) y regresar de nuevo al agua salada, después de abordar un trayecto mareante hasta acabar, por fin, dando forma a acantilados y cuevas. Detrás queda siempre el Montgó, el macizo que, con sus 753 metros de altitud, se erige en el guardián de este territorio de vocación agrícola.
Son los cultivos, efectivamente, los que tapizan este valle refrescado por el curso de un río que lo atraviesa de punta a punta. Un río que goza de dos nombres, Gorgos y Jalón (o Xaló en valenciano) y que nace a 1.300 metros de altitud, en la sierra de Alfaro y Serrella, para acabar muriendo en el Mare Nostrum, justo entre el cabo de San Antonio y el cabo de San Martín.
Por el camino, aparece y desaparece, se seca y se desborda, se filtra y se condensa en charcas que se aprovechan para el regadío y que dan fertilidad a esta tierra en la que crecen los higos y el azafrán, pero, sobre todo, los almendros, los algarrobos, las viñas y los olivos. Todo ello, junto a un acervo cultural discreto pero tremendamente valioso, como dan fe los vestigios del pasado morisco, los ejemplos de arquitectura de piedra en seco o los abrigos de pinturas rupestres que son Patrimonio de la Humanidad.

“Es en los días que se aproximan cuando el campo se muestra en su máxima belleza”, señala rotundo Joan Such, que trabaja como guía en esta región del norte de la provincia. Se refiere a los días que dan la bienvenida al mes de marzo, con la sutil despedida del invierno y el anticipo de una primavera que suele ser precoz por estas latitudes. Es en este momento en el que la naturaleza parece explotar cuando las grandes extensiones de cerezos brindan el espectáculo visual de la floración: el valle se viste de blanco y se perfuma con una intensa fragancia. Para celebrarlo, ferias gastronómicas, eventos culturales, mercadillos y un sinfín de actividades animan los siete municipios que conforman la región. Pueblos de no más de mil habitantes, todos ellos cruzados por ese mismo río Jalón, a veces tímido y a veces poderoso.
“Aunque tienen el denominador común de los paisajes de cultivo y de las calles empedradas, cada uno posee su propia personalidad”, explica Such, mientras entramos en el que tal vez es el más peculiar: Senija, transformado hace unos cinco años en el paraíso del grafiti. No hay ángulo al que se dirija la mirada en el que no aparezcan minuciosas obras de arte urbano que recrean episodios de la vida local y que, a golpe de creatividad, han convertido esta pequeña localidad en un auténtico museo al aire libre. La idea surgió durante la pandemia, cuando había necesidad de reinventarse, ya que los usos turísticos se acababan de modificar. Así nació la iniciativa cultural Museu Obert a Senija (MOS), con la que jóvenes artistas, llegados de diferentes puntos del país, se propusieron poner en marcha una suerte de experimentación artística”, prosigue.

Lo curioso es que estos murales que colorean puertas y fachadas son una oda a la memoria colectiva. En cada uno de ellos, más que admirar su gracia, se puede leer un mensaje que conecta directamente con la identidad de Senija. Desde el rostro curtido de un abuelo en cuyos ojos parece reposar la sabiduría rural, hasta los pies de un agricultor sobre la rueda de un carro que simboliza el equilibrio de la agricultura, pasando por unas sillas que inmortalizan esa costumbre de plegar la fresca (charlar tranquilamente con los vecinos a la puerta de casa) que hoy vemos, salvando las distancias, como el WhatsApp del siglo pasado. Este street art que convierte en obras maestras los oficios, las devociones, las celebraciones festivas y hasta los retratos de personajes reales hace que “caminar por este municipio sea como hojear un libro de historia”, en palabras de Such.

Montañas de leyendas y bandoleros
Benigembla, Parcent y Xaló son otros pueblos que salpican el valle, cuyos cascos urbanos recogen las huellas de un pasado musulmán entre edificios construidos con la piedra tosca del lugar. En Murla, ubicada a los pies del Cavall Verd, resuenan los ecos de aquella leyenda que dice que en esta misma montaña se hicieron fuertes los últimos moriscos valencianos, amotinados en su cumbre ante el avance de las tropas cristianas.
En Alcalalí maduran los naranjos bajo los restos de una muralla que todavía conserva su torre. Es aquí donde se inicia el ascenso hacia el Coll de Rates, uno de los collados que fueron refugio de los bandoleros en el siglo XIX y al que hoy se llega en una ruta circular de unos 10 kilómetros (o en coche, para los más perezosos). Sus 628 metros de altura conforman un impresionante mirador, desde el que se aprecia la orografía caprichosa del lugar, que unas veces asciende a picos vertiginosos y otras se precipita a simas abismales. En la cumbre, con semejante panorámica, se celebran full moon parties en las cálidas noches de verano.

Recorrer la Vall de Pop es sortear esa orografía sinuosa, mientras por la ventanilla se cuelan los aromas a lentisco y a romero. Lenta y parsimoniosa, la carretera se abre entre milenarios bancales de piedra seca, que fueron ideados tanto para combatir la meteorología adversa como para poder cultivar en la pendiente.
A uno y otro lado, temerosas aún, las viñas comienzan a dar sus primeros brotes. Hoy el vino es uno de los grandes motores de la región, pero, sorprendentemente, aquí la viticultura no tuvo como origen el néctar de Baco, sino la uva pasa. Sí, esa uva secada y deshidratada dotó de riqueza a toda la Marina Alta a lo largo del siglo XIX, cuando el 90 % de la producción partía del puerto de Dénia hacia el puerto de Nueva York. Fueron los tiempos de mayor prosperidad, en los que se levantaron ostentosas casonas y edificios señoriales en las principales ciudades de la comarca.

También a la uva pasa se debe el elemento más típico de la arquitectura popular, que encontramos por donde quiera que pasemos. Nos referimos al riurau, una construcción con arcadas que en su día servía para secar el producto, dentro de un oficio que pasó a ser crucial en esta tierra. Hasta el pintor Joaquín Sorolla, que vivió por aquí largas temporadas, retrató el secado de la pasa en una de sus famosas obras costumbristas.
Pasó el tiempo y a los riuraus no les quedó más remedio que reciclarse en distintas cosas (alojamientos, mercados, espacios culturales…) cuando llegó el ocaso definitivo de lo que había traído el esplendor: en 1910 la filoxera arrasó con todas las viñas y el negocio de la pasa sufrió su propio apocalipsis. Nada extraña que, en esta región, a los niños que se portan mal les digan “ets pitjor que un 10” (eres peor que un 10).

Pero, como decíamos, ahora sí se hace buen vino en esta tierra. Y concretamente en la Vall de Pop, donde las Bodegas Gutiérrez de la Vega son toda una institución. Allí, en lo que fuera una antigua almazara en el pueblo de Parcent, nos recibe su fundador, Felipe Gutiérrez de la Vega, que es una especie de hombre del Renacimiento en pleno siglo XXI. Un hombre que ha sido marino de la armada, economista, inspector de Hacienda… y que hoy es un prestigioso viticultor que lo mismo se enzarza en una disertación sobre la sensualidad del vino que te cita unos versos del poeta árabe andalusí Ibn Zaydun.
“Nuestro logro como bodegueros ha sido ser pioneros en la elaboración de un moscatel seco”, explica mientras nos presenta sus botellas, cuyos nombres llevan referencias literarias y musicales: Viña Ulises, Imagine, Rojo y Negro, Furtiva Lágrima… Hasta las visitas guiadas, en las que presume de que uno de sus caldos fue elegido para el postre en la boda de los reyes Felipe VI y Letizia, escapan a lo convencional: más que un recorrido por las instalaciones son una lección cultural que relaciona el vino con la pintura, con el arte y hasta con la ópera y la zarzuela.
Viñedos y sierras majestuosas
Casa Agrícola es otra bodega peculiar que visitamos en Llíber, en un fabuloso riurau rehabilitado. Aquí, bajo el hermoso lema de “vinos con conciencia para alimentar el alma”, lo que Pepe Mendoza pretende (y logra) es dar una segunda vida a variedades casi extinguidas, como la giró y la moscatel romano. “Frente a este mundo global en el que ya nada tiene identidad, reclamamos el acento en lo nuestro: las uvas alicantinas, el cultivo tradicional, la vendimia a mano y la agricultura ecológica”, señala desde su finca, donde su labor ha recibido dos premios a la sostenibilidad.
Los viñedos como esencia del paisaje, junto con los olivos y los almendros, son lo que se encuentran los caminantes que se aventuran a explorar esta tierra cuajada de senderos. Muchos de ellos se agrupan en los Camins de Pedra i Agua, que son pequeñas rutas que conectan los pueblos por la margen del río Jalón.

También existen en la Vall de Pop sierras majestuosas como la de Bernia que, con sus 1.128 metros sobre el nivel del mar, se distingue por constituir el kilómetro vertical más cercano al mar de la península ibérica. Aquí se pueden emprender caminatas de distintos niveles, incluida la del Forat, un túnel natural que atraviesa la roca y se abre a un amplio mirador. Es una de las actividades que propone el Club de Montaña Margalló, creado hace unos 50 años. “Es que la montaña es un punto de unión muy antiguo en el que siempre hay una historia por descubrir. Cada paso es diferente y cuanto más te adentras, más conexión tienes con el entorno. Ya cuando estás sin cobertura, solo con el sonido del viento, logras una inmersión completamente terapéutica”, explica Aurora Cabrera, fundadora de este club para amantes de la naturaleza. Los mismos que también querrán dormir en alojamientos rurales, magistralmente mimetizados con el paisaje.

Hay unos cuantos en este valle. Como Cuatre Finques, en Xaló, donde el más exquisito confort rústico encuentra sentido en sus siete habitaciones alrededor de una piscina. O como Refugio Marnes, en Llíber, donde en una finca de 20 hectáreas se puede optar por varios tipos de hospedaje, desde habitaciones hasta casas rurales completas, pasando por una jaima marroquí que se adscribe al concepto de glamping.
De ruta por Benissa
La Vall de Pop es este micromundo de interior en el que se respira una especie de milagroso sosiego. Pero también es, no lo olvidemos, una costa abrupta de barrancos cortantes, allí donde el valle se abre definitivamente para desembocar en el Mediterráneo. Por eso concluimos esta ruta en Benissa, el último de los pueblos, ya recostado sobre la costa. Una pintoresca población en la que la arquitectura medieval se fusiona con el arte contemporáneo en monumentos como la iglesia de la Purísima Xiqueta o la Casa Museo Abargues.

Después de recorrer sus callejuelas, será momento de emprender el Paseo Ecológico de Benissa, un sendero señalizado de cuatro kilómetros, con paneles que desgranan la flora y la fauna, el origen geológico y la cultura local. A su paso irrumpen algunas de las calas más salvajes de la zona, como La Llobella, la Cala dels Pinets y la Cala del Advocat. Detrás del mar, como un espía, estará siempre presente el Peñón de Ifach, símbolo de la vecina localidad de Calpe y acaso de toda la Costa Blanca. Un cíclope calcáreo que ocupa la línea del horizonte y que, según el escritor alicantino Gabriel Miró, “sale de las aguas como si el día iluminase por primera vez sus hermosuras”.
Síguele la pista
Lo último
