Esto es Ojós, uno de los vergeles más inesperados de España

Cómo experimentar otra época en el corazón del valle de Ricote

José Miguel Barrantes Martín
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Foto: Francisco Albentosa / ISTOCK

El río Segura nos marca la senda que nos conduce hasta el corazón del valle de Ricote, donde la fértil vega de este carismático curso de agua del sudeste español alcanza las más altas cotas de su naturaleza.

La cultura del agua emerge con toda su fuerza y el vergel que encontramos a nuestro paso solo es posible de explicar cuando entendemos que fue el último reducto morisco de la península ibérica.

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Ojós, el municipio más pequeño de la región de Murcia, nos invita a la embriaguez de los sentidos mientras paladeamos la fragancia de limoneros y naranjos. No es casualidad, por tanto, que el dulce típico de esta población sea un bizcocho borracho…

El huerto por excelencia

Si las palabras fueran a juicio, Ojós hallaría en su nombre el dulce consuelo de la coherencia en su testimonio. No obstante, los huertos forman parte intrínseca de su etimología, al igual que lo hacen de su fisionomía. Podríamos incluso imaginar, en un juego metafórico, que la semántica ha encarnado su propio significado.

Y es que Ojós es vida, no pocas veces considerado un oasis, donde la cultura del agua impregna salomónicamente todos los rincones que nos alcanza la vista, tanto los bañados por el líquido elemento, en la base del valle, como los áridos de las faldas montañosas de su entorno, que intervienen en la ecuación del paisaje como contraste llamativo pero imprescindible para su belleza.

Ojós, Murcia
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Aquí se palpa a golpe de miradas y se escucha a base de sensaciones, en un rocambolesco arte de sinestesia que exalta aún más todo lo que nos envuelve. No cabe duda de que buena parte de este fenómeno maravilloso se debe a un legado que desciende en el horizonte temporal hasta más de mil años atrás, cuando la influencia árabe plasmó toda su sabiduría en estas tierras, prolongando su idilio durante ochocientos años, cuando los últimos moriscos de la península fueron expulsados del valle de Ricote. Una dilatada presencia que ha legado en Ojós un paisaje y una cultura que aún no han perdido su personalidad y beben de los recuerdos del pasado.

No es de extrañar que, hoy en día, Ojós homenajee este pasado y lamente aquel adiós forzado a la población morisca, dedicando un rincón de su memoria en el Jardín de los Expulsos.

Un “Museo vivo del agua”

El vergel de Ojós se nutre del continuo trasiego por estos terrenos del río Segura que, de no discurrir por estos lares moriscos, se convertirían en baldíos. El afán de aprovechar su paso, a lo largo de los siglos, ha llevado a sus pobladores a ingeniárselas para domar sus aguas al antojo y necesidad de sus cultivos, que se manifiestan en huertas y plantaciones de naranjos y limoneros salpicados por palmeras que crecen en manchas o de forma aparentemente espontánea. Es por ello que aquí nos encontramos con un auténtico “Museo vivo del agua”, en el que las obras hidráulicas, más o menos ancestrales o modernas, dan la cara en este caso como uno de los principales encantos de la localidad.

Las acequias o las norias, de inspiración árabe, cohabitan con infraestructuras recientes que adaptan sus funciones a la realidad morfológica del estrecho del Solvente.

El salto hidroeléctrico y el embalse hermanado represan el río creando una masa de agua estancada que inspira el remanso de paz y tranquilidad que se vive en las estrechas calles de Ojós, repletas de coloridas macetas que durante el estío ansían la sombra proyectada por las fachadas de las casas.

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En ese mismo punto, en el límite con el término municipal de Blanca, el Azud de Ojós crea un panorama cautivador que puede ser admirado en su inmensidad desde un mirador.

Al lado opuesto, el puente colgante tibetano del Solvente nos conduce hacia una de las márgenes para aproximarnos al núcleo de población, donde destaca levemente el frontón de la iglesia mudéjar de San Agustín, remodelada en el siglo XVIII.

Dejamos al otro lado el paseo de las Palmeras y atravesamos de nuevo el río Segura sobre otro icónico puente colgante para encaminarnos hacia el Salto de la Novia, otro de los puntos emblemáticos de la zona, donde dos peñascos custodian la antiquísima leyenda que envuelve este lugar, según la cual, la hija del comendador de la Orden de Santiago de Ricote se enamoró de un oficial cristiano que encontró la muerte en una batalla. Desolada por la pérdida, la joven partió en caballo saltando de una peña a otra, hallando su fin en el fondo del valle.

Otra versión nos habla de la huida de la dama, perseguida por un rey moro enamorado de ella, acabando igualmente de manera trágica.

Sin embargo, nosotros no huiremos en esta ocasión y saborearemos, tanto en sentido literal como figurado, el almíbar de estas tierras, ya sea disfrutando del vergel y su pasado o degustando los dulces típicos de la repostería de Ojós.