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Nadie la visita, pero dicen que es "la Toscana española": un paisaje que conecta 18 pueblos de piedra entre olivos centenarios y cañones de río desde el interior de una provincia olvidada

La comarca del Matarraña, en Teruel, reúne 18 pueblos de piedra dorada, olivos que superan los mil años y un río que se cuela entre paredes de 60 metros. Y todavía se recorre sin colas.

Casco histórico medieval, rutas de senderismo y piscinas naturales: así es la "Toscana española"

Adriana Fernández

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A Teruel le ha tocado cargar durante décadas con la etiqueta de provincia olvidada, y algo de razón hay: pocas carreteras, ningún aeropuerto cerca, trenes que pasan de largo. Pero quien se adentra por su esquina nororiental, allí donde Aragón roza Tarragona y Castellón, se topa con algo que no encaja en el guion. Colinas suaves peinadas de olivos, cipreses sueltos junto a masías de piedra, campanarios que asoman entre lomas ocres. La comparación con la Toscana lleva años circulando, y no es difícil entender por qué: la luz, el orden agrícola del paisaje, esa manera en que los pueblos coronan las colinas. Hablamos de la comarca del Matarraña, y conviene decirlo cuanto antes: no necesita disfrazarse de Italia. Lo que hay aquí es Aragón en estado puro, con su piedra dorada, su gótico levantino y su silencio.

Este lugar de Teruel es uno de los más bonitos.

Este lugar de Teruel es uno de los más bonitos. / Istock

Lo de que nadie la visita merece un matiz honesto. El Matarraña hace tiempo que dejó de ser un secreto para quienes buscan turismo rural con criterio, y en agosto sus casas rurales se llenan. Lo que no ha llegado —y ojalá tarde— es la masificación. Aquí no hay autobuses de excursión aparcados en batería ni colas para hacer la foto. Se viaja a la antigua: parando el coche donde apetece, entrando a la fonda sin reserva de tres meses, preguntando al del bar. Dieciocho municipios oficiales, unos 8.500 habitantes en total y 933 kilómetros cuadrados para repartirlos. Las cuentas salen solas.

Centro histórico medieval de Calaceite

Centro histórico medieval de Calaceite / Istock

El triángulo donde manda la piedra

Valderrobres se anuncia desde lejos. Primero el castillo, un macizo gótico que corona el pueblo entero; luego, según te acercas, el puente de piedra medieval sobre el río Matarraña y el portal de San Roque, que hace de puerta de entrada al casco antiguo. El castillo-palacio, levantado en su mayor parte durante los siglos XIV y XV por los arzobispos de Zaragoza —García Fernández de Heredia y Dalmau de Mur, para ser exactos—, es una de las grandes fortalezas góticas de Aragón, y no un castillo árabe reconvertido, como a veces se lee por ahí. En 1429 acogió a los asistentes a unas Cortes de Aragón convocadas por Alfonso V; hoy, tras la restauración culminada en 2021, se visita por dentro y las vistas del valle desde arriba justifican solas la subida. Pegada al castillo, la iglesia de Santa María la Mayor completa uno de los conjuntos góticos más serios del Aragón interior.

Vista del precioso pueblo de Valderrobres

Vista del precioso pueblo de Valderrobres / Istock

Calaceite juega en otra liga estética, más señorial. Su casco histórico, declarado conjunto de interés, es un laberinto de casonas con escudos, portales porticados y una plaza de España con ayuntamiento renacentista que pide sentarse un rato y no hacer nada más. No es casualidad que la capital cultural de la comarca sea esta: por aquí pasaron y se quedaron escritores y artistas, y el pueblo conserva ese aire de sitio habitado por gente que lo eligió a conciencia.

Y luego está La Fresneda, que quizá sea el rincón que más descoloca al viajero primerizo. Su calle Mayor porticada, el ayuntamiento del siglo XVI, las ruinas del castillo calatravo en lo alto. Un paseo al caer la tarde, cuando la piedra coge ese tono de miel vieja, explica mejor que cualquier folleto por qué este triángulo —Valderrobres, Calaceite, La Fresneda— concentra buena parte del patrimonio civil de la comarca. Los otros quince pueblos no son relleno: Cretas, Ráfales, Monroyo o Fuentespalda repiten la fórmula a menor escala, sin un solo edificio que desentone.

La cascada de La Portellada del río Tastavins, afluente del Matarraña

La cascada de La Portellada del río Tastavins, afluente del Matarraña / Istock

Aguas turquesas entre paredes de sesenta metros

El ocre de la piedra tiene su contrapunto exacto a las afueras de Beceite. Allí nace la ruta del Parrizal, probablemente la excursión más famosa del Matarraña: unos seis kilómetros entre ida y vuelta que remontan el río Matarraña en su cabecera, primero por una senda botánica apta casi para cualquiera —con parada en las pinturas rupestres de la Fenellassa, Patrimonio de la Humanidad—, después por pasarelas de madera ancladas a la roca que van sorteando pozas de agua turquesa. El final es lo que uno no olvida: los Estrechos, un desfiladero de unos 200 metros de largo donde las paredes verticales superan los 60 metros de altura y el cielo queda reducido a una rendija. El río, abajo, apenas susurra.

Ojo con un detalle práctico que ha cambiado en los últimos años: el acceso está regulado para proteger el paraje y hay que comprar el tique por internet en la web del Ayuntamiento de Beceite antes de ir, porque sin reserva no dejan aparcar. Es una molestia menor que tiene su lado bueno: garantiza que nunca habrá una multitud dentro del cañón.

Cascada El Salt, en Matarraña.

Cascada El Salt, en Matarraña. / Istock

La otra cita con el agua está a unos minutos de Valderrobres, en término de La Portellada. El Salt es una cascada de unos 20 metros que el río Tastavins —afluente del Matarraña— ha ido tallando en la roca, con una poza amplia a sus pies donde el baño está permitido. En primavera, con el deshielo, baja con estruendo; en pleno verano puede llegar justa de caudal, pero el anfiteatro de piedra sigue mereciendo el desvío por la pista forestal señalizada desde la carretera TE-V-3004.

Llegar, comer y volver con aceite en el maletero

Ningún tren deja en el Matarraña, y eso explica en parte que siga como está. Desde Zaragoza salen unas dos horas de coche por la N-232 en dirección a Alcañiz y Monroyo; desde la costa levantina el viaje es sorprendentemente corto, porque Vinaròs queda a unos 80 kilómetros, y desde Barcelona se planta uno en Valderrobres en unas dos horas y media por Gandesa. Las carreteras comarcales son estrechas y onduladas: aquí las distancias se miden en curvas, no en kilómetros, y conviene asumirlo desde el primer día.

El Parrizal de Beceite está situado en la cabecera del río Matarraña, en el entorno del Parque Natural de Los Puertos.

El Parrizal de Beceite está situado en la cabecera del río Matarraña, en el entorno del Parque Natural de Los Puertos. / Istock

La despensa local gira en torno a un árbol. El olivo empeltre, la variedad reina del Bajo Aragón, cubre las lomas de la comarca con ejemplares centenarios y algunos que superan los mil años, sobre todo en torno a Cretas, Calaceite y Arens de Lledó, donde la cooperativa comarcal sigue moliendo un aceite suave y afrutado que es el souvenir más sensato que uno puede meter en el maletero. Para sentarse a la mesa, dos direcciones seguras: La Fábrica de Solfa, en Beceite, una antigua fábrica papelera a orillas del río reconvertida en hotel con un restaurante de cocina comarcal contemporánea —su arroz meloso y su ternasco valen el viaje—, y la Fonda Alcalá, en Calaceite, casa de comidas de toda la vida convertida en el comedor más reconocido de la comarca, con el ternasco y el producto de proximidad como bandera. Ambas funcionan con reserva previa, y en temporada alta más vale llamar con días de antelación.

Al final del día, cuando el sol se tumba detrás de los Puertos de Beceite, el paisaje hace su último truco. La luz rasante enciende los troncos retorcidos de los olivos, las golondrinas rayan el cielo sobre el campanario de turno y, si uno se queda quieto junto al río, solo se oye el agua trabajando la piedra, como lleva haciendo desde antes de que a nadie se le ocurriera comparar esto con ningún otro lugar del mundo.