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Nadie la visita, pero dicen que es "la Provenza española": campos de lavanda hasta el horizonte, cuevas subterráneas y un pueblo de piedra amurallado en lo alto de un cerro

Las comparaciones son odiosas, pero este rincón de Guadalajara se parece mucho al sur de Francia.

Nadie la visita, pero esta maravilla medieval es "la Provenza española"

Nadie la visita, pero esta maravilla medieval es "la Provenza española" / Istock

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Si por algo se conoce el sur de Francia es por el encanto de los campos de lavanda, salpicados de pueblos de piedra y un extenso patrimonio capaz de llevarte de viaje a la época medieval. Y aunque es durante los meses de verano cuando esta zona se pone morada (dicho en sentido literal y metafórico), cualquier momento del año es ideal para organizar una escapada y descubrirlo.

El paisaje de la Provenza

El paisaje de la Provenza / Istock

El sur de Francia, y más concretamente la región de Aix-en-Provence, está relativamente cerca de España (desde Barcelona, apenas son unos 500 kilómetros, y en tren, menos de cinco horas), pero no hace falta recorrer la distancia que separa un país de otro, si tenemos en cuenta que en España contamos con una región perfumada con el mismo aroma a lavanda y repleta de un patrimonio que, sin duda, es único en el mundo.

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Sara Fernández García

Campos de lavanda rodeados de villas medievales de cuento

Escondida en un rincón de Guadalajara, provincia de Castilla-La Mancha, se encuentra Brihuega, una comarca que desde hace ya algún tiempo se ha ganado el sobrenombre de ‘el jardín de la Alcarria’. Y no es para menos: extensiones de campos de lavanda que rodean villas empedradas, de calles estrechas y sinuosas, y protegidas por murallas medievales que todavía siguen en pie. Junto a ellas, jardines románticos, iglesias monumentales y construcciones civiles que son testimonios directos de la historia de este país. No conocer este lugar, es un delito para los sentidos.

Parece Francia pero es España

Parece Francia pero es España / Istock / Jose Arcos Aguilar

Es ‘la Provenza española’, un apodo más que acertado, sobre todo teniendo en cuenta que la lavanda de Guadalajara es hermana directa de la lavanda francesa. Fue en los años 60 cuando un agricultor de la zona importó esquejes desde el sur de Francia: lo que traía en la maleta era lavandín, un híbrido de espliego y lavanda, para ver si podrían crecer en su comarca. Y vaya si crecieron, hasta que punto que a finales de los años 60 y durante la década de los 70, familias agricultoras comenzaron a impulsar y expandir el cultivo de forma más amplia en la comarca.

Un secreto a voces

Durante décadas, los campos de lavanda de Brihuega han sido un misterio para muchos viajeros: apenas unas 3000 personas se acercaban a conocer su paisaje embriagador en temporada (una cifra irrisoria, si la comparamos con los más de 20000 que se concentran durante un único día en Valensole, una de las grandes capitales de la lavanda en la Provenza francesa).

Todo en Brihuega gira en torno a la lavanda

Todo en Brihuega gira en torno a la lavanda / Istock / Javier Ruiz Herrera

Sin embargo, algo ha cambiado durante los últimos años, porque cada vez son más las personas que acuden hasta este rincón de Guadalajara en busca de sus paisajes morados al atardecer. Los últimos datos hablan de unas 150000 personas durante toda la temporada, y eso ya son muchas personas. Aunque todavía es una cifra muy alejada de las más de 40000 que visitan Valensole.

Lejos de ser un misterio, lo de Brihuega ya es casi un secreto a voces, y aunque la cifra de visitas todavía está muy lejos de las que maneja la Provenza francesa, la comparación es más que evidente. Y merece una visita en cualquier momento del año, sobre todo si tenemos en cuenta que la lavanda ha generado una industria más que interesante alrededor de sus campos, haciendo que todo el pueblo huela a lavanda en cualquier momento del año.

Qué ver en Brihuega, el pueblo de la lavanda

Un pueblo declarado Conjunto Histórico-Artístico

Un pueblo declarado Conjunto Histórico-Artístico / Istock

Lo más bonito de Brihuega, con permiso de los campos de lavanda que la rodean, es su ubicación. La villa medieval se alza en lo alto de un risco que domina la vega del río Tajuña, a unos 876 metros de altitud sobre el nivel del mar. Y su centro histórico encierra un patrimonio histórico y artístico que sí o sí hay que visitar, declarado Conjunto Histórico Artístico y tan auténtico y bien conservado que es capaz de generar una atmósfera idílica, que mezcla el sosiego rural con el esplendor de otros tiempos.

Al otro lado de las murallas (se conservan casi dos kilómetros de muros del antiguo cinturón medieval, levantado entre los siglos XI y XII). La plaza del Coso, centro neurálgico de la villa, conserva dos edificios magistrales: el Ayuntamiento y la Real Cárcel de Carlos III; y basta un suave paseo por las calles del pueblo para descubrir la riqueza monumental de la villa: el convento de San José, la iglesia de San Felipe, de estilo románico y gótico, la iglesia de San Simón, de estilo mudéjar, o la de Santa María de la Peña, un ejemplo de arquitectura cisterciense que no hay que pasar por alto.

El convento de San José

El convento de San José / Istock

Junto a ella, el Castillo de la Piedra Bermeja, uno de los rincones más románticos de la villa, con permiso de la antigua Fábrica de Paños, un edificio histórico que recuerda el pasado glorioso de la industria textil de la provincia (hoy reconvertido en hotel balneario). Y bajo tierra, un secreto más: las Cuevas Árabes, uno de los tesoros escondidos más sorprendentes de la ciudad.