Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La muralla más larga de Europa está en España, mide 3 veces más que la de Ávila y está en una ciudad con diez Bienes de Interés Cultural: "Un escenario de frontera fascinante bajo un imponente nido de piedra"

Hay una ciudad española que guarda uno de los secretos mejor guardados del patrimonio europeo: un coloso de piedra que se extiende durante más de seis kilómetros y que ha resistido siglos de guerras, asedios y conquistas en el extremo occidental de la Península Ibérica.

Una muralla en una alcazaba que debería visitarse, al menos, una vez en la vida.

Una muralla en una alcazaba que debería visitarse, al menos, una vez en la vida. / Istock

Imaginad una ciudad que nació para defenderse. Una ciudad levantada sobre un cerro desde el que dominar el horizonte, rodeada de muros que crecieron durante siglos, capa sobre capa, como los anillos de un árbol que no olvidaba ninguna guerra. Una ciudad fronteriza donde durante milenios convivieron musulmanes, cristianos y judíos bajo la sombra de las mismas almenas. Su nombre resonaba en las cortes europeas cuando los ejércitos del duque de Wellington sufrieron una de las noches más cruentas de la Guerra de la Independencia al intentar escalar sus murallas: más de ochocientos soldados británicos murieron en pocas horas intentando tomarla por asalto. Una ciudad que hoy pasa demasiado desapercibida en los mapas del turismo español, eclipsada por destinos más mediáticos, pero que guarda en su interior un patrimonio monumental capaz de rivalizar con los grandes destinos históricos del país.

Una alcazaba con una muralla que deberías visitar una vez en la vida.

Una alcazaba con una muralla que deberías visitar una vez en la vida. / Istock / Orietta Gaspari

Estamos hablando de una capital de provincia extremeña bañada por el Guadiana y vigilada por una alcazaba árabe que es la más extensa de España. Sus calles empedradas llevan hasta plazas de colores vivos que mezclan el blanco y el rojo de sus soportales porticados, mientras campanarios de distintas épocas —románico, gótico, barroco— emergen entre los tejados del casco antiguo. Pero lo que verdaderamente hace única a esta ciudad, lo que la convierte en una parada obligatoria para cualquier amante del patrimonio y la historia militar, es ese "nido de piedra" que la abraza y que, al contemplarlo desde la orilla del río, impone un silencio reverente. Y sí: estamos hablando de Badajoz.

El pueblo de Badajoz que parece sacado de una película Disney

Martín Álvarez

La muralla más larga de Europa: un palimpsesto de piedra de más de mil años

Muchos viajeros, al oír hablar de grandes murallas españolas, piensan de inmediato en Ávila o en Lugo. Son referencias justificadas: la muralla de Ávila, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985, tiene un perímetro de 2.515 metros y es considerada el recinto amurallado medieval mejor conservado de Europa. La romana de Lugo, también Patrimonio de la Humanidad, cuenta con 2.266 metros. Sin embargo, ninguna de ellas ostenta el título de la más larga del continente. Ese honor corresponde a Badajoz, y el contraste es aplastante: el recinto abaluartado de la capital extremeña se extiende a lo largo de 6.541 metros de muralla conservada, incluyendo el perímetro de la alcazaba, lo que supone más del doble que la muralla de Lugo y casi el triple exacto que la famosa cerca medieval abulense.

Corredor verde del Baluarte de Santa María, Badajoz

Corredor verde del Baluarte de Santa María, Badajoz / Istock / WHPics

El origen de esta colosal defensa se remonta al año 875, cuando Ibn Marwan fundó la ciudad —entonces llamada Batalyaws— sobre el Cerro de la Muela y ordenó levantar los primeros muros de argamasa para proteger su nueva plaza fuerte. Aquellos muros islámicos, reforzados durante siglos por almohades y después por la corona cristiana, fueron la semilla de lo que hoy conocemos. Pero el gran salto llegó entre los siglos XVII y XVIII, cuando las tensas relaciones entre España y Portugal —la llamada Guerra de Restauración portuguesa— obligaron a construir en torno a la ciudad uno de los recintos abaluartados más formidables de Europa, siguiendo las teorías del célebre ingeniero militar Sébastien Le Prestre de Vauban.

El río Guadiana y las murallas de la Alcazaba, Extremadura.

El río Guadiana y las murallas de la Alcazaba, Extremadura. / Istock / Angelo D'Amico

El resultado fue una obra monumental compuesta por ocho baluartes principales —San Pedro, Trinidad, Santa María, San Roque, San Juan, Santiago, San José y San Vicente—, dos semibaluartes, revellines, fosos, glacis, puertas flanqueadas por torreones y fuertes exteriores como el de San Cristóbal, situado al otro lado del Guadiana. Tanto la Alcazaba de Badajoz como el Recinto Abaluartado están declarados Monumentos Nacionales y Bienes de Interés Cultural al amparo de la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español. La ciudad lleva años impulsando una candidatura para que el conjunto amurallado sea reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, una aspiración que distintas voces políticas y culturales defienden como "más que posible", dada la singularidad y riqueza del conjunto.

Alcazaba de Badajoz, Extremadura.

Alcazaba de Badajoz, Extremadura. / Istock / Orietta Gaspari

Pasear por la muralla de Badajoz es hacer arqueología del tiempo. Los baluartes de San Roque o Santa María ofrecen vistas panorámicas sobre el río y la llanura extremeña. Los Jardines de la Galera, restaurados recientemente con acierto, permiten descansar entre los muros que un día vieron ondear banderas de media Europa. Y en el lienzo de la muralla, quien mire con atención podrá descubrir una de sus curiosidades más emotivas: en 1812, tras el brutal asedio de las tropas anglo-portuguesas al mando de Wellington —en el que perecieron entre 800 y 1.500 soldados británicos en una sola noche—, se incrustaron proyectiles de cañón en la piedra formando la fecha del trágico episodio. Esas balas, retiradas en 1914 para fundirlas durante la Primera Guerra Mundial, regresaron en 2012 como acto de memoria histórica, y en 2024 el propio Ayuntamiento de Badajoz recuperó otros 24 proyectiles del Baluarte de Santa María. Y no hay frase que defina mejor la importancia de esta muralla que la que dijo el historiador Julián García Blanco en una reciente entrevista, describiéndola como "un escenario de frontera fascinante bajo un imponente nido de piedra".

Baluarte de San Antonio en Badajoz

Baluarte de San Antonio en Badajoz / Istock / Orietta Gaspari

Más allá de la muralla: una ciudad llena de capas y de sabor

Badajoz no se agota en su recinto amurallado. Dentro de sus muros y en sus alrededores se despliega un catálogo monumental que sorprende a quienes la visitan por primera vez. La Alcazaba, levantada en el siglo IX y reforzada durante los siglos XII y XIII por los almohades, es la más extensa de toda España y uno de los tres alcázares islámicos más importantes de Occidente. En su interior se conserva la Torre de Espantaperros, una impresionante torre albarrana que sirvió de modelo para construir la célebre Torre del Oro de Sevilla un siglo después, y el Museo Arqueológico Provincial, instalado en el antiguo Palacio de los Condes de la Roca. Junto a la alcazaba se abre la colorida Plaza Alta, una de las plazas más singulares de Extremadura, con sus soportales de arcos decorados en rojo y blanco, límite histórico entre la judería y la morería, y escenario durante siglos de mercados, ejecuciones y celebraciones populares.

Plaza de España, Badajoz.

Plaza de España, Badajoz. / Istock

Bajando hacia el centro, la Plaza de España acoge la construcción religiosa más importante de la ciudad: la Catedral de San Juan Bautista, cuyo exterior, con su aspecto casi de fortaleza, recuerda al observador que fue levantada en tiempos convulsos, en una ciudad fronteriza que necesitaba que incluso sus templos sirvieran de refugio. Comenzada en el siglo XIII y concluida en el XVIII, la catedral reúne en su interior estilos que van del gótico al barroco, con un retablo mayor de Ginés López del siglo XVIII y un coro protegido por rejas que es obra de un discípulo de Berruguete. Está declarada Bien de Interés Cultural. No lejos de allí, la Puerta de Palmas —flanqueada por dos torreones cilíndricos renacentistas y decorada con el escudo imperial de Carlos V— es la entrada más emblemática de la ciudad y uno de los monumentos más fotografiados de Extremadura. Frente a ella, el Puente de Palmas, de 585 metros y 32 arcos, tiende un puente literal y simbólico entre la historia y el presente de Badajoz.

Para visitar Badajoz, la Oficina de Turismo Municipal ofrece recorridos guiados por el conjunto amurallado, la alcazaba y los principales monumentos históricos. El Centro de Visitantes del Fuerte de San Cristóbal, abierto al público los fines de semana, permite explorar el complejo defensivo exterior y disfrutar de vistas privilegiadas de la ciudad y de la vecina Portugal. La gastronomía local no decepciona: las migas extremeñas —elaboradas con pan duro, ajo, pimentón y panceta, acompañadas de torreznos o chorizo— son el desayuno más identitario de una ciudad que, según algunos entendidos, ofrece los mejores desayunos de toda España. A ellas se suman la caldereta de cordero, el jamón ibérico de bellota criado en las dehesas de la región, el queso de la Serena y el gazpacho extremeño, una versión más contundente que su primo andaluz. Los márgenes del Guadiana, con sus bares y restaurantes asomados al río, son el lugar ideal para cerrar la jornada.