El monasterio más bonito de España es el primer Conjunto Histórico de Sevilla: declarado Monumento Nacional, de origen medieval y levantado junto a la primera ciudad romana de España
Sobran los motivos para ir organizando ya una escapada para conocer este lugar tan lleno de historia y a solo 20 minutos de Sevilla.

A poco más de 20 minutos en coche desde la preciosa ciudad de Sevilla, se encuentra este monasterio que, aunque desconocido para muchos, está considerado uno de los más bonitos de España. Y tiene motivos más que suficientes para serlo.
Se trata de un templo medieval, levantado originariamente en el año 1301 en un lugar que, de por sí, ya es espectacular (desde el punto de vista del patrimonio histórico y cultural): las ruinas de Itálica.
La primera ciudad romana de España
Estamos en Santiponce, famoso por ser el lugar donde se levantó la primera ciudad romana de toda España en tiempos del imperio. Por eso, y porque fue la ciudad natal de dos de los grandes emperadores de Roma: Trajano y Adriano. De ahí que Itálica se convirtiera en el gran símbolo de Roma en Hispania.

Pero hoy no hemos venido a visitar las ruinas de aquel asentamiento histórico, sino su vecino monasterio: el Monasterio de San Isidoro del Campo, el lugar donde, según la historia, está enterrado San Isidoro de Sevilla. Un templo que, aunque de origen cisterciense, durante el siglo XV sufrió una profunda reforma llevada a cabo por la Orden de los Jerónimos.
Y eso se reflejó, mayoritariamente, en el aspecto decorativo, sacando a relucir su mejor cara. El resultado es un Conjunto Histórico tan sobresaliente que fue el primero de Sevilla en ser declarado Monumento Nacional.

Un conjunto mural sobresaliente
Y es que, frente a la austeridad cisterciense con la que fue construido originariamente, el templo, tras su etapa jerónima el templo fue decorado con pinturas murales que conforman uno de los conjuntos más notables de toda España.

En cuanto a su aspecto arquitectónico, el templo tiene un carácter singular, porque es a la vez monasterio y fortaleza, con dos iglesias y varios estilos claramente yuxtapuestos: por un lado el mudéjar, de clara tradición almohade; por otro lado, el gótico, de influencias francesas; y, además, guiños al barroco más sobresaliente. Y eso lo convierte en un templo de lo más especial.
Con los años, el templo fue ampliándose y enriqueciéndose, hasta tal punto que frente a la construcción inicial, fue sumando torres y claustros (llegó a tener hasta cinco), además de dependencias monacales, una hospedería, una procuraduría y hasta instalaciones agropecuarias propias.

A eso hay que sumarle todas las dependencias propias de lo que fue el núcleo medieval: las iglesias, el refectorio, la sacristía y una sala capitular, entre otras. Unas dependencias que durante los años del barroco fueron transformándose con nuevas pinturas murales, bóvedas de yeso y retablos, siendo el de la iglesia de Martínez Montañés el más notable.
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