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Maresme, entre el vermut y la poesía

Entre Barcelona y la Costa Brava se despliega una comarca que a menudo se contempla desde la ventanilla del tren sin sospechar la riqueza que esconde. El Maresme es un territorio donde el Mediterráneo dialoga con la montaña; donde los puertos pesqueros conviven con viñedos centenarios, las termas romanas con la arquitectura modernista y el ritual del vermut con algunas de las mejores mesas de Cataluña.

Vista al Faro de Calella y, de fondo, el mar.

Vista al Faro de Calella y, de fondo, el mar. / FELIX LORENZO

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El Maresme es una comarca marcada por la relación entre el mar, la montaña y la innovación. No es casualidad que aquí naciera uno de los hitos más importantes de la historia de las comunicaciones en España: el 28 de octubre de 1848 se inauguró la línea ferroviaria Barcelona-Mataró, considerada la primera línea de ferrocarril de la península ibérica. Impulsada por el empresario mataronense Miquel Biada, esta infraestructura revolucionó el transporte y contribuyó decisivamente al desarrollo económico y social de esta costa.

Vista de Sant Pol de Mar.

Vista de Sant Pol de Mar. / Felix Lorenzo

Entre Montgat y Sant Pol de Mar hallamos el tramo histórico más reconocido, un territorio donde conviven tradición marinera, paisajes naturales y un notable patrimonio arquitectónico. Arquitectos como Josep Puig i Cadafalch y Lluís Domènech i Montaner dejaron en la comarca algunas de sus obras más representativas. Para muestra, la Casa Coll i Regàs, una de las joyas modernistas de Puig i Cadafalch; la Nau Gaudí, primera obra proyectada por Antoni Gaudí; la Casa Museu Lluís Domènech i Montaner; y el conjunto modernista de Canet de Mar, uno de los más importantes de Cataluña fuera de Barcelona.

Redes de pesca en Arenys de Mar

Redes de pesca en Arenys de Mar / Felix Lorenzo

El Masnou (y también Ocata) conserva ese aire de pueblo marinero que muchas localidades costeras han ido perdiendo. Aquí la vida mira al mar. El paseo comienza junto a la Casa Consistorial, proyectada en 1844 por el arquitecto Miquel Garriga i Roca, y continúa frente al histórico Casino, que mantiene la elegancia pausada de las antiguas residencias de veraneo levantadas frente al Mediterráneo. Desde la Plaça de l’Església, uno de los mejores miradores, la vista se abre hacia el puerto y el Club Nàutic El Masnou, fundado en 1965 y convertido en uno de los grandes referentes de la vela catalana. Desde aquí se comprende que el mar forma parte de la identidad del municipio y su eco se escucha con los ojos. En el carrer de Sant Pere aguarda una de las estampas más fotografiadas junto al colorido carrer d’Adra, una pequeña calle que parece condensar el imaginario mediterráneo del Maresme: fachadas luminosas y ecos de la tradición pesquera.

Cala Roca Grossa entre Sant Pol de Mar y Calella.

Cala Roca Grossa entre Sant Pol de Mar y Calella. / Felix Lorenzo

Otro tesoro de El Masnou es el Cine La Calàndria. Fundado en 1906 como sala de espectáculos, está considerado uno de los espacios cinematográficos más antiguos de España en funcionamiento. Su historia forma parte de la memoria cultural de la comarca y lo ha convertido en una de las salas centenarias más emblemáticas de Cataluña. Al pasar por la plaça d’Ocata leemos en un paso de cebra una cita de Gregorio Luri, filósofo y ensayista afincado desde hace años en El Masnou, cuya obra ha convertido cuestiones como la educación, la memoria cultural y la transmisión del conocimiento en debate público: “El alma es la jaula en la que flota el plumón del pájaro que acaba de escabullirse”.

Joan Ramon Sala Pastisseria Sala en Sant Andreu de Llavaneres

Joan Ramon Sala Pastisseria Sala en Sant Andreu de Llavaneres / FELIX LORENZO

Joan Ramon, Sala Pastisseria Sala en Sant Andreu de Llavaneres

Representa la sexta generación de la Pastisseria Sala, cuna de la coca de Llavaneres, y escuchándole podemos afirmar que como cuentacuentos también le iría fenomenal. Es del 89, insultantemente joven, y lo mejor será que le dejemos hablar: “En 1955, una de las familias burguesas que veraneaban aquí, ante la boda de una de sus hijas, quería un postre local y le propuso a mi abuelo que le hiciera uno. Mi abuelo rescató el recetario de su abuela y empezó a hacer pruebas: enlazó las recetas ancestrales del panellet, que le da el mazapán, de las cocas que hacía con azúcar le vino el hojaldre, añadió la crema catalana y se aprovechó de un excedente de piñones. Fusionó los cuatro elementos (mazapán, hojaldre, crema, piñones) y se lo da a probar a mi abuela, que le besó para agradecerle el esfuerzo. Romanticismo y aceptación unidos. Presentaron el postre a la boda y muchos volvieron el fin de semana siguiente a buscarla diciendo: ¡Queremos la coca esa, la de Llavaneres...! Así se empezó a popularizar hasta hoy”.

También la playa de Ocata, con su amplitud, arena dorada y su perfil abierto al Mediterráneo, concentra buena parte de la vida social en sus chiringuitos, que forman parte de un paisaje cotidiano donde vecinos y visitantes coinciden en el arte de contemplar el horizonte.

Montgat con Barcelona al fondo.

Montgat con Barcelona al fondo. / FELIX LORENZO

Si ponemos rumbo al interior, Alella demuestra que el Maresme es mucho más que una sucesión de playas y puertos deportivos. Entre colinas cubiertas de viñedos, caminos rurales que ascienden hacia la Serralada Litoral y antiguas masías, la localidad conserva una de las tradiciones vinícolas más antiguas de Cataluña. La Denominación de Origen Alella encuentra aquí su corazón histórico. El paisaje está marcado por el sauló, la característica arena granítica que define buena parte de la geografía litoral catalana y que aporta personalidad a los vinos. Entre cepas y pinares, Alella muestra un territorio donde la cultura del vino es inseparable del paisaje.

Icono gastronómico

Hablando del asunto, en Vilassar de Mar aguarda otro símbolo: L’Espinaler, un nombre capaz de resumir el espíritu gastronómico del Maresme. Nacido en 1896 como una pequeña taberna de pueblo que ofrecía vino y vermut a pescadores, obreros y vecinos de la comarca, con el paso de las generaciones ha devenido la referencia del aperitivo y ha ampliado su radio de acción. Ya sea en la Botiga Espinaler o en la Taverna Tradicional Vermut, la defensa de la alegría que allí se practica explica mejor el carácter mediterráneo que muchos ensayos mientras se le da una vuelta a la famosa dieta. La leyenda despegó en los años cuarenta, cuando Joan Tapias apostó por el vermut y las conservas de calidad. La famosa Salsa Espinaler creada por Ventureta Roldós llegaría en 1952, una receta que terminaría convirtiéndose en icono gastronómico de Cataluña y más allá.

Raül Balam y Murilo Rodrigues Chefs de Cuina Sant Pau

Raül Balam y Murilo Rodrigues Chefs de Cuina Sant Pau / FELIX LORENZO

Raül Balam y Murilo Rodrigues, Chefs de Cuina Sant Pau

Hemos quedado con Raül y Murilo en ese templo gastronómico llamado Sant Pau, en el que precisamente coincidieron en 2012, año en que comenzó su amistad. Coincidieron luego en el restaurante Moments. Cuando en 2018 Carme Ruscalleda y Toni Balam cerraron las puertas de Sant Pau. En 2022 “vimos que había un Ferrari aparcado y apostamos por abrir Sant Pau de nuevo con un concepto mucho más informal y casual sin olvidar la escuela y la filosofía Carme Ruscalleda que los dos hemos mamado”. Raül Balam Ruscalleda ya se sabe de dónde viene y Murilo proviene de São Paulo, detalle que le sirve para celebrar la casualidad (Sant Pau por un lado, São Paulo por otro). Esto es un bistró con platos para compartir que fusiona tradición catalana y brasileña. El menú de mediodía cuesta 27 € y el degustación de noche, con cinco platos, 56.

Paramos en Mataró para apreciar la Casa Coll i Regàs, obra maestra de Josep Puig i Cadafalch (que además nació en Mataró), ejemplo de arquitectura burguesa de finales del siglo XIX. Y muy cerca, la Nau Gaudí, vinculada a una cooperativa obrera construida antes, entre 1878 y 1883, un edificio industrial cuya audacia estructural anunciaba ya el despertar de uno de los arquitectos más influyentes de la historia.

Escola Mare de Déu de Montserrat en Malgrat de Mar

Escola Mare de Déu de Montserrat en Malgrat de Mar / Felix Lorenzo

Sant Andreu de Llavaneres representa una cara elegante y reposada. Conocida por la coca de Llavaneres y por los apreciados pèsols garrofals, guisantes garrofales, emblema de la huerta, la localidad conserva el aire distinguido en su casco urbano, aunque nos atrae más el Club de Tenis Mora, uno de esos lugares donde el charme, como el revés a una mano, pertenece a una especie en peligro de extinción y, por supuesto, el dinamismo del Port Balís y los arroces en la terraza que da al mar (no la otra) del restaurante Can Jaume. Podemos ir incluso caminando hasta nuestra próxima parada, la imbatible Caldes d’Estrac, a la que llamamos Caldetes. Conocida desde época romana por las propiedades de las aguas de sus termas, la pequeña villa conserva una atmósfera serena que invita a caminar despacio entre calles blancas, jardines y fachadas abiertas al Mediterráneo. En sus playas no existe la masificación y en restaurantes como La Tasqueta de Caldes no existe el aburrimiento. Pero, además, Caldetes posee una dimensión cultural singular. La Fundació Palau es el sueño de un poeta insobornable: Josep Palau i Fabre. Alberga una de las colecciones artísticas y documentales más importantes vinculadas a Pablo Picasso y a la literatura catalana contemporánea. Su impulsor eligió vivir y trabajar en Caldes porque buscaba un lugar tranquilo junto al mar y convirtió este espacio en un lugar de encuentro entre arte, memoria y creación. Recorrer sus salas permite descubrir no solo la estrecha amistad que mantuvo con Picasso, sino también una figura intelectual imprescindible en la cultura catalana del siglo XX. A cualquiera que se le pregunte por él, responderá sin dudar: “Ah, sí, el autor de La Sabata (El zapato), uno de los poemas más determinantes de la lengua catalana: “He donat el meu cor a una dona barata. / Se’m podria a les mans. Qui l’hauria volgut?…”

Vivienda junto a la vía del tren en primera línea de costa en Montgat

Vivienda junto a la vía del tren en primera línea de costa en Montgat / FELIX LORENZO

Mito literario

Y ya que estamos, la literatura nos lleva irremediablemente a Arenys de Mar, porque para muchos lectores Arenys dejó de ser únicamente una localidad costera para convertirse en Sinera, el territorio mítico imaginado por Salvador Espriu. Pocos lugares de Cataluña están tan íntimamente ligados a un autor como este al poeta, que lo mitificó en sus obras. Como complemento, no está de más recordar que Adolfo Marsillach pasó largas temporadas allí, donde además está enterrado.

Casa Museo Lluís Domènech i Montaner en Canet de Mar.

Casa Museo Lluís Domènech i Montaner en Canet de Mar. / Felix Lorenzo

Arenys de Munt queda a corta distancia. Mar y montaña, ¿qué otra cosa es el Maresme? Vale la pena acercarse aunque sea para pasar por su famosa Riera, que todavía es de tierra y es el orgullo de sus habitantes, que han defendido a esta rambla reivindicándola como un centro social, con el ramaje de los plátanos que le dan la sombra necesaria en verano y le proporcionan un carisma difícil de encontrar en otro lugar.

Teresa Cerdà  Copropietaria del Celler Bouquet d’Alella

Teresa Cerdà Copropietaria del Celler Bouquet d’Alella / FELIX LORENZO

Teresa Cerdà, Copropietaria del Celler Bouquet d’Alella

Bouquet d’Alella es una bodega familiar en el corazón de la D. O. Alella, con una historia arraigada al territorio desde hace siglos. “Elaboramos vinos ecológicos de nuestras propias viñas con variedades locales, producciones limitadas y de calidad. Y ofrecemos experiencias enoturísticas en un entorno natural privilegiado en el que el vino explica el paisaje.” Así se explica Teresa Cerdà, copropietaria del Celler Bouquet d’Alella, y una voz autorizada y referencial del sector turístico del Maresme, además de entusiasta dinamizadora de actividades relacionadas con el vino y la buena mesa. Todo un elogio de savoir faire heredado. “Nuestra finca tiene muchas capas de historia en el Maresme: dolmen prehistórico, dos masías de alto valor histórico —Can Bouquet d’Alella y Can Boquet de Vilassar de Dalt—, una capilla prerrománica…”.

A pocos minutos, Canet de Mar conserva uno de los conjuntos modernistas más notables de Cataluña. Lluís Domènech i Montaner encontró aquí mucho más que un lugar de veraneo. Hasta tal punto convirtió la localidad en un auténtico laboratorio arquitectónico que se dice que Canet de Mar es un museo al aire libre de su obra. La Casa Museu que hoy lleva su nombre, la elegante Casa Roura, el Ateneu y la espectacular reforma del Castell de Santa Florentina permiten seguir las huellas de uno de los grandes maestros del Modernismo catalán. En su colección permanente, el museo de pintura de Sant Pol de Mar nos permite ver obras de Ramon Casas (también de Miró y de Perejaume, entre otros), quien tuvo un vínculo muy sólido con el Maresme, pues pasó largas temporadas en pueblos costeros como Caldetes, donde llegó buscando un entorno tranquilo para recuperarse de la tuberculosis. También en Sant Pol se recuerda a Josep Maria Tarridas i Barri, que nació aquí y fue un gran compositor de sardanas aunque obtendrá la fama por su pasodoble Islas Canarias, que compuso sin haber visitado las islas. La Ermita de Sant Pau (que conserva incluso una cripta visigótica) es el símbolo del pueblo; situada en una colina, ofrece magníficas vistas.

Puerto deportivo de El Masnou.

Puerto deportivo de El Masnou. / FELIX LORENZO

La inmersión por el casco antiguo está atravesada de calles estrechas y casas blancas de pescadores y restaurantes imbatibles como Cuina Sant Pau (heredero del mítico Sant Pau), tan representativo para Sant Pol de Mar como Espinaler lo es para Vilassar de Mar. Carme Ruscalleda nació en Sant Pol de Mar y construyó una cocina basada en el producto local, la tradición catalana y el Mediterráneo con la que conquistó el mundo. En 1988 abrió Sant Pau junto a Toni Balam y acabó convirtiéndolo en uno de los restaurantes más influyentes de la gastronomía española contemporánea al lograr tres estrellas Michelin. Cerró sus puertas en la cúspide del éxito. Su hijo Raül Balam lo ha renacido junto a Murilo Rodrigues. Las playas son de arena gruesa y aguas limpias y son tan representativas como el Mirador de Sant Pol de Mar y como su mítico túnel, que explica bien lo que supuso para este pueblo en particular (y para todo el Maresme en general) la llegada del tren. Dividir el pueblo y colocar la vía delante de la playa enfrentó a pescadores con la Compañía del Ferrocarril. El túnel, al que llamaban La Mina, permitió atravesar el cerro de Sant Pol.

Castell de Santa Florentina en Canet de Mar.

Castell de Santa Florentina en Canet de Mar. / Istock

La combinación de Mediterráneo, retiro intelectual y vida cultural encaja perfectamente con el ritmo pausado del Maresme, tan ajeno a estridencias y ostentaciones. La calma de sus playas tan solo se ve rota cada 10 minutos por el paso de un tren cuyo traqueteo ya se ha vuelto familiar.