Mallorca: olas, olivos y naranjos
Cada isla balear tiene un carácter propio, siempre en busca de aquello que la diferencia de sus vecinas. Mallorca goza de una capital vibrante, una sierra con carácter, un interior casi desconocido y un collar de joyas con historia que definen su perímetro. Este es un recorrido personal, nada exhaustivo, en busca de “sa calma”.

Hace tiempo que ciertas zonas de Mallorca dejaron de ser santuarios donde la única música que sonaba era el batir de las olas. Pero el espíritu de la mayor de las Baleares es más resistente a las influencias externas de lo que pueda parecer, por mucho que el tsunami veraniego aparente eclipsar su autenticidad y belleza. A mí, personalmente, me encanta detenerme en Palma en cada visita, para disfrutar de un ritmo ciudadano que, comparado con el de las metrópolis continentales, es una delicia. La capital merece más que un paseo apresurado el día en que la playa no convence porque amenaza chaparrón.
Visita tópica, pero básica, es la de la Seu Vella, donde peregrino para disfrutar de la portentosa obra de Miquel Barceló decorando la capilla del Santísimo, tan conectada con los elementos naturales de la isla que casi parece que se han petrificado de forma espontánea, sin intervención humana. Alrededor se arremolinan multitud de edificios góticos y locales con encanto, que hacen de lo que se conoce como Palma Alta un hervidero de vida: el Palau de l’Almudaina, el Palau March y el Episcopal… todos reclaman su minuto de gloria, en competencia con el atractivo comercial de la calle Sant Miquel hacia el norte y del laberinto de la judería hacia el este, con tesoros como los Baños árabes escondidos en él.

El recorrido por Palma Baja, mucho más relajado, implica acercarse al museo de arte contemporáneo de Es Baluard, aunque solo sea para contemplar las vistas y acaparar brisa marina desde su terraza. Este paseo nos pone en camino del Mercado de Santa Catalina al otro lado de la frontera que traza el parque de la Feixina y que es el reducto sagrado del tardeo, las mejores tapas y las tiendas alternativas, un ambiente desenfadado que tiene su extensión en el barrio de los molinos del Jonquet, antes tan necesarios para la extracción de agua del subsuelo. Enclavados entre antiguas viviendas de pescadores y asomándose a un acantilado, se miden en la distancia con las defensas del castillo de Bellver. La fortaleza no es solo un antiguo edificio defensivo y residencial construido en el siglo XIV por Jaime II, sino también un excelente parque urbano con recorridos reservados a los peatones.

Hacia el oeste
También del lado oeste de la ciudad, por la parte de Cala Major, otra fortaleza menos conocida se eleva por encima de la antigua rada romana de Porto Pi. Se trata del Castell de Sant Carles, erigido hacia el año 1600 a instancias del Colegio de Mercaderes, preocupado por la escasa protección de los muelles de Palma. Hoy cobija el museo militar dentro de su estructura de polígono irregular. En la misma área es más popular la Fundación Pilar y Joan Miró, que permite una mirada íntima, casi impúdica, a los talleres del artista: “Quiero que todo quede tras de mí tal y como esté en el momento que desaparezca”, fue su última voluntad. También debemos a la creatividad de Miró las 12 esculturas que se reparten por toda la extensión de los jardines de Marivent, aunque no se pueden visitar cuando los Reyes de España ocupan su residencia en verano.

Siempre hacia el oeste, pronto me encuentro donde empieza esa Mallorca que mira al mar, pero de lejos. Se trata de la Sierra de Tramuntana, declarada Patrimonio de Unesco en el año 2011 como ejemplo de paisaje mediterráneo habitado. El primer municipio donde tomar contacto con ella es Calviá. Inmerso en un plan que le permita librarse de la imagen promiscua de algunas zonas balnearias próximas, conserva un aire pintoresco y el castillo de Bendinat. La playa de Santa Ponsa, además, fue donde desembarcó Jaime I el año 1229 para arrebatar la isla a los musulmanes. Desde allí, se suceden las calas que invitan al baño: Costa de Sa Calma, Cala Fornells, Camp de Mar… esta última bien visible y atrayente desde las habitaciones del hotel Zafiro Palace Andratx, convenientemente situado en lo alto.
Road trip por la isla
Me hago con una moto eléctrica del establecimiento para explorar las curiosidades de este tramo de costa, como es la red de torres de vigía que concibió el matemático Joan Baptista Binimelis como un sistema de alarma ante el ataque de los piratas. Hay una en la Cala en Basset, muy cerca del puerto de Andratx, y otra quizá más bonita hacia el norte, la torre del Verger, ya que allí se localiza para mí uno de los mejores lugares para contemplar la puesta de sol. Entre medio, Sant Elm o San Telmo no puede esconder su origen pescador, con su calle principal de trazado descendente y paralelo al mar. Los negocios con encanto y las terrazas gustan, pero más atractivo es el islote de Sa Dragonera, justo enfrente, que marca el punto de no retorno para los que cruzan a vela hasta la península, debido a las corrientes y al viento dominante: un lugar de los que evocan la aventura de la mar.

Muy cerca de Verger, el pueblo de Banyalbufar es el lugar ideal para adentrarse en uno de los tramos más preciados de la Ruta de la Piedra en Seco, el que llega hasta Esporles. Fascina que los muros que retienen los bancales se realizaran por simple encaje de piedras, sin argamasas ni cementos. Son el símbolo de una Mallorca profundamente rural, preocupada por salvar cada gota de lluvia y que se puede disfrutar a lo ancho siguiendo el GR 221, un sendero de gran recorrido. A pie, en bicicleta o en auto, son varias las formas de viajar de Banyalbufar hasta Deià, el pueblo de los artistas, o hasta Valldemossa, algo más al interior, con sus bonitas calles empedradas y superávit de referencias a Frédéric Chopin, George Sand y su invierno pasado allí. La pareja ocupó las celdas 3 y 4 de la Cartuja, y en la del músico se conserva el piano en el que compuso la célebre Polonesa en Do Menor.

A orillas de una u otra ruta se van desplegando las possessions, fincas agrícolas que se remontan al reparto de tierras entre los soldados que conquistaron Mallorca para la Corona de Aragón. Muchas disponen de fortificaciones y tienen el aspecto de palacios barrocos y neoclásicos, como los de Alfàbia o Raixa, en Bunyola. Otra possessió, la de Son Marroig en Deià, fue modificada en 1870 por el archiduque Luis Salvador de Austria, un Habsburgo considerado el primer impulsor del turismo balear, además de productor de vinos y aceites premiados en la Exposición Universal de Barcelona en 1888.

Limítrofe con Son Marroig se encontraba el monasterio de Miramar, donde el filósofo y poeta Ramon Llull fundó en el siglo XIII un colegio para el estudio de lenguas orientales. El archiduque lo incorporó a su finca para gozar de unas vistas fuera de serie, casi tan buenas como las de la tumba de Robert Graves desde el abigarrado cementerio que hay tras la iglesia de San Juan Bautista, en Deià. Graves es recordado por su novela Yo, Claudio. Por su parte, los herederos del Habsburgo prefirieron vender una buena porción de la herencia familiar a Michael Douglas. Se trata de la finca S’Estaca, fuente de discusiones con Diandra Luker tras el divorcio del actor y la productora. Tal vez si hubieran pasado la tarde en La Residencia, el hotel de Belmond que se alza justo frente al templo de Deià, hubieran tenido más ganas de reconciliarse. Entre olivos y palmeras, dos construcciones recuperadas con mimo por el detalle ofrecen una estancia sedosa, sin sobresaltos. Y para quien no se aloje allí, siempre cabe la posibilidad de tomar algo en la terraza de su Restaurante Miró, donde, cómo no, se exhibe una colección de 33 obras del pintor que rivalizan con la mejor vista posible de la población al atardecer.

Sóller y Pollensa, puro romanticismo
De encanto tampoco queda corta Sóller, cuya imagen más conocida es la del tranvía de madera que cruza por el centro y que lleva hasta la playa. Igual de romántico y traqueteante es el ferrocarril de vía estrecha que, desde el año 1912, supera con puentes y túneles los desniveles de Alfàbia hasta llegar a Palma. La propia estación de Sóller, de estilo modernista, invita a abstraerse de bañadores y chanclas para viajar en el tiempo o bien para lanzarse a conquistar alguno de los picos de la sierra de Tramuntana, ya que aquí hay buenos accesos. El Puig Major (1436 m) es el más tentador, pero como tiene uso militar, es mejor decidirse por el Puig de Massanella o el Gorg Blau, un embalse artificial que se prolonga en el Torrente de Pareis, caminata bastante exigente e insólita entre rocas cársticas de 300 metros de alto. Más tranquila es la visita al Santuario de Lluc, situado en un antiguo bosque sagrado. Su escolanía, conocida como “els blauets”, es la que mejor interpreta el Canto de la Sibila durante la Misa del Gallo, en Nochebuena. Escucharlos merece un viaje.
Una media hora más en coche y se llega a Pollensa. Los naranjos de los bancales dejan paso a los árboles de sombra dentro del municipio, necesarios para superar sus pronunciadas cuestas en pleno verano. Aquí también hay un castillo erigido por Jaime I, el Castell del Rei, siempre previendo posibles represalias de los musulmanes. El municipio se extiende hasta la costa, con calas de servicios adaptados para que todo el mundo pueda disfrutarlas. Son el preámbulo de Alcúdia y sus callejuelas medievales, un núcleo compacto y amurallado que llegó a ser capital de la isla y que tiene origen romano, como se evidencia en las ruinas de Pollentia, a las puertas de la ciudad. Lo mejor para hacerse una idea de conjunto es dar un paseo por lo alto de la muralla, que no solo ofrece vistas urbanas, sino también del cabo de Formentor. Esta península, árida, pero de relieve espectacular, tiene el acceso regulado para evitar la masificación, y en otoño acoge un congreso literario en el hotel del mismo nombre.
Los mallorquines dicen que en el cabo se encuentran los vientos, los mismos que me llevarán por el llano entre las sierras de Tramuntana y de Llevant hacia el interior mallorquín para descubrir la señorial Sinéu y su animado mercado de los miércoles, o la paz y el silencio del monasterio de Monti-Sion, accesible gracias a que los vecinos del pueblo de Porreres construyeron la carretera que conduce hasta allí en un solo día. Porque hay muchas Mallorcas, y una de ellas es la del realismo mágico.
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