Los lugares imprescindibles de Palma, según sus vecinos: un paseo por sus maravillas arquitectónicas, gastronómicas y culturales
La capital mallorquina es una urbe elegante y rebosante de historia que invita a recorrer sus calles descubriendo la esencia de sus negocios más emblemáticos. Templos de la artesanía desde los que se defiende una marcada y preciada identidad.

Doscientos quince escalones pueden parecer pocos... o muchos, según se mire. Digamos que son suficientes. Sobre todo, cuando toca subirlos de una, avanzando paso a paso por la estrecha torre en caracol que desemboca en el cielo de Palma de Mallorca.

El precio a pagar por alcanzar las cubiertas de La Seu, como llaman los palmesanos a su catedral —es decir: con el aliento contenido, con el corazón a mil por hora—, está de sobra justificado por la incomparable sensación de libertad que supone admirar la ciudad desde las alturas. Porque, frente a nosotros, no solo se despliega la segunda bahía más grande de España, no: también el vecino palacio de la Almudaina, del siglo XIV, y un mar de tejados y azoteas, de torres de iglesias y vetustos campanarios, que nos conquistan con fuerza. Esbelta y elegante, rebosante de historia y de belleza, Palma alienta a pasear, a explorar y a descubrir cada una de sus bondades.

Y no tardamos en hacerlo, claro que no. Tan pronto como nos dejamos abrazar por esa brisa salina que tan fuerte se siente aquí arriba, y nos emborrachamos de ese azul Mediterráneo que se desparrama hasta el horizonte, volvemos a bajar. A poner los pies a ras de suelo. Antes de volver a la calle, eso sí, le dedicamos tiempo al interior de esta joya del gótico cuya construcción se inició en el siglo XIII y se alargó hasta 1630. Un templo de belleza abrumadora en cuyas entrañas aguardan increíbles rosetones y capillas, pero también dos fascinantes y revolucionarias obras: el baldaquino del altar mayor de Gaudí y la capilla restaurada por Miquel Barceló.
Después, toca recorrer los rincones y recovecos de la ciudad para embriagarnos de la esencia isleña desde sus raíces. Desde esos orígenes que llevan a gala los propios vecinos de Palma, orgullosos como pocos de esta tierra, su isla, que lucha día a día por demostrar, a los miles de turistas que la visitan, que se resisten con todas sus fuerzas a perder su identidad.
Ensaimadas y helados entre aires medievales
Existen muchas maneras de arrancar una jornada en Palma, pero se nos antoja una buenísima idea —casi necesaria—, el hacerlo con una de las famosas ensaimadas y el chocolate caliente — si el calor aprieta, mejor horchata o helado de almendra— de Can Joan de s’Aigo. Con 300 años de vida, la icónica cafetería que un día inauguró Joan Thomas como dispensadora de hielo y agua fresca, continuó escribiendo las páginas de su historia bajo la batuta de nuevos propietarios y en otras localizaciones. Así, hasta convertirse en lo que es hoy: un templo —este, culinario— donde se cultivan las buenas tradiciones de la capital mallorquina. En las mesas de mármol de su local originario, el de la calle Sanç, se dan cita a diario locales y foráneos para disfrutar de delicias artesanas rodeados de muebles de otras épocas. Por delante, los auténticos sabores de la isla. Matices que permanecen en el paladar mientras hacemos un repaso a su historia. Siglos de periplos, idas y venidas que, en el caso de Palma, casi se pueden leer al recorrer sus calles, por las que han pasado romanos y árabes, judíos y cristianos. De los segundos, queda la huella en los antiguos baños árabes que, con su patio central rodeado de 12 columnas y arcos de herradura, son de obligada visita. También en las viejas murallas que un día protegieron la ciudad: las levantaron en el siglo XII sobre las antiguas romanas, aunque, ya en el siglo XVI, se construyeron otras renacentistas para defenderse ante posibles ataques de turcos, británicos y franceses.

Maravillas arquitectónicas y culturales
Hay que fijarse en los detalles del centro histórico, cuyo trazado medieval descubre una ciudad colmada de maravillas arquitectónicas y culturales. Tras la conquista de la isla en 1229 por Jaime I de Aragón, y la elección de Palma como capital del Reino de Mallorca por Jaume II en 1276, la edificación de iglesias y palacetes no cesó. Una parada incuestionable es la Llotja, que impresiona con sus increíbles dimensiones y, a la vez, su extremada delicadeza. La manera en la que las columnas se retuercen, brotando del suelo hasta fusionarse con techos y paredes, resulta mágica. Proyectada por Guillem Sagrera en el siglo XV —el mismo maestro de obras que trabajó en la catedral—, lo curioso es que su función jamás fue la de almacén. “Fueron los comerciantes medievales quienes ordenaron construirlo como símbolo de su estatus social. A pesar de su tamaño, solo lo usaban para reunirse, cerrar negocios y firmar contratos”, comenta Biel Moll, guía turístico en la ciudad.

Pero la identidad colectiva de Palma se halla plasmada, también, en los distinguidos casals y en sus patios señoriales, en los altos edificios de persianas mallorquinas que un día albergaron el hogar de acaudalados comerciantes: mientras las familias vivían en los pisos superiores, en los bajos solía —esta vez, sí— almacenarse la mercancía. Tampoco falta, claro, la huella modernista que, a finales del siglo XIX, dejaron grandes como Domènech i Montaner o —más locales— Gaspar Bennàssar. ¿Cómo no maravillarnos ante la belleza del Gran Hotel o la fachada de Can Casasayas? ¿Ante la elegancia de Can Barceló o la grandiosidad de Can Forteza Rey? Nos fijamos en las ventanas y en los balcones, en el uso del hierro forjado o en las cerámicas, y entendemos que, en Palma, la pulcritud estética es parte de la vida.

Una elegancia que se percibe al pasear por una de las calles más estilosas de la capital. El Passeig del Born concentra la mayor parte de boutiques y firmas internacionales, y cuenta, al final de la vía, con otro de los negocios que nos conectan con la historia de Palma: en la terraza del Bar Bosch, abierto desde 1936 y frecuentado por artistas como Joan Miró o Miquel Barceló, nos deleitamos con sus afamados variats, que combinan varias tapas en un mismo plato, y sus deliciosos llagostes, clásicos bocadillos elaborados con pan de llonguet. Para no fallar, nada como elegir el de sobrasada de porc negre con queso, ideal para recargar energías. Muy cerca, y por si surge el capricho de querer llevarnos un souvenir a casa, está Colmado Santo Domingo, una pequeña tienda que lleva surtiendo del mejor producto desde 1886.

Negocios que son emblema
El barrio de Sant Nicolau, que se despliega en torno a la iglesia del mismo nombre, atesora muchos de esos negocios tradicionales que componen la lista de comercios emblemáticos de Palma. Perdernos por sus calles empedradas, que destilan una atmósfera especial donde lo tradicional y lo moderno se entremezclan, es toparse con tesoros como La Pajarita, un colmado abierto desde 1872 gestionado por la sexta generación de la misma familia. Aquí defienden con orgullo haber sido “la primera tienda que vendió café, plátanos y Moët & Chandon en toda Mallorca”, y entre sus productos insignia se hallan el pollo trufado o el huevo hilado. A dos pasos, los escaparates de Juguetería La Industrial, en manos de Neus y Concepción Aguiló, lucen a rebosar de muñecas clásicas, juguetes de lata y piezas de coleccionismo desde que su abuelo la abriera en 1929. Hoy, continúan defendiéndolo con la misma pasión que el primer día.

Sucede lo mismo en Sombrerería Casa Juliá, que lleva desde 1898 haciendo del sombrero un símbolo de distinción. O en Mimbrería Vidal, de los escasos locales de Palma que siguen ofreciendo objetos de este material. Al alcanzar el popular Mercado del Olivar, cuya entrada gobierna una escultura-homenaje a la figura del payés, el ambiente se revoluciona: andamos y desandamos sus pasillos siendo testigos de la experiencia compartida, una vez más, por turistas y locales, que curiosean entre puestos de recuerdos, de pescados y verduras. No faltan los tomates de ramallet ni los vinos mallorquines —hay más de 120 bodegas repartidas por la isla—, la sabrosa miel isleña ni el pimentón de Tap de Cortí: en Especias Crespí, otro negocio mítico, llevan casi 100 años comercializándolo.

Y de lo clásico, a lo contemporáneo: porque hay espacio para todo en esta ciudad, y eso es parte también de su idiosincrasia. Solo necesitamos desplazarnos hasta Carrer de Sant Feliu para darnos de bruces con las infinitas galerías de arte contemporáneo que, de un tiempo para acá, han proliferado en Palma. Transgresoras tiendas de diseño y restaurantes que abrazan la vanguardia nos guían hasta el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo Es Baluard, que ocupa la fortificación de Sant Pere, del siglo XIV. Habrá que visitar su colección, compuesta por nombres como Picasso, Miró o Sorolla, para dirigirnos, por último, a la azotea del museo. Y será allí, con vistas únicas a la espectacular silueta de la catedral y al lejano castillo de Bellver, donde acabaremos nuestra ruta tal y como la iniciamos: amparados por la belleza de un Mediterráneo que es también, no hay duda, seña de identidad de esta incomparable ciudad.
La ciudad a través de los vecinos

Tomás Vidal
Artesano del mimbre
Entrar en Mimbrería Vidal es como viajar al pasado. Con 100 años desde su fundación —70 desde que la familia Vidal se pusiera al mando—, es uno de los escasos negocios de mimbrería que resisten. Ya el nombre de la calle lo advierte: Cordería, debido a los más de 16 talleres de cordería que había censados en el s. XVI. Tras el negocio, Tomás, tercera generación de los Vidal que lucha por mantener vivo este oficio. “Llevo 35 años trabajando aquí. Mi abuelo lo abrió, después estuvo mi padre. No tengo hijos, solo sobrinos pequeños, pero serán lo que quieran ser. Todas las tiendas que han ido cerrando lo han hecho por falta de relevo”. A su alrededor, decenas de rollos de fibras vegetales y senalles, morrions, capazos de palmito... Piezas codiciadas hoy por un turismo que supone casi el 70 % de sus ventas.

María José Orero
Empresaria repostera
Tras la crisis del 2008, María José y su marido, Tomeu Arbona, decidieron reinventarse y fundaron Fornet de la Soca, un horno tradicional de repostería local con el que recuperar —y reivindicar— las raíces gastro de la isla. Tomeu realizó un arduo trabajo de arqueología culinaria, tirando primero del conocimiento recibido de su madre y sus tías, para después investigar más a fondo en recetas antiguas. “Empezó a ir a conventos, a casas señoriales en las que había todavía cocineras que ya eran mayores. Hablaba con ellas y aprendía, por ejemplo, a elaborar el pastelón, que en estas mansiones solía hacerse con masa dulce”, comenta María José. El negocio, ubicado en el antiguo Forn del Teatre, del s. XIX, cuenta con muebles recuperados de pastelerías antiguas.

Deborah Piña
Deborah’s Culinary Island
Cuando Deborah supo que el Forn de sa Llotgeta, horno artesano del XVIII ubicado en un antiguo edificio medieval, estaba disponible, no lo pensó dos veces: era el momento de hacer su sueño realidad. Un proyecto en el que llevaba años trabajando de forma itinerante por la isla, pero que por fin encontraba una base: pronto transformó el viejo local en un refugio desde el que ofrecer experiencias únicas con las que promocionar la riqueza de la cocina local y permitir, a través de talleres gastronómicos, conectar de una forma más profunda y sincera con la identidad cultural y las tradiciones de Mallorca. “Intento honrar el alimento de otra forma, y para ello colaboro con productores y artesanos que trabajan con amor y respeto por esta isla”, afirma nuestra anfitriona.
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