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El lugar que inspiró a La Oreja de Van Gogh para escribir "La canción más bonita del mundo": tiene un paseo marítimo belle époque con dos obeliscos

Hace un cuarto de siglo alcanzó durante dos semanas consecutivas el número uno de Los 40 Principales. Desde entonces, millones de personas la han cantado sin saber que detrás de sus versos hay un lugar muy concreto.

Es uno de los lugares más icónicos del norte de España.

Es uno de los lugares más icónicos del norte de España. / Istock

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Pocas canciones españolas han conseguido convertir un paisaje particular en un recuerdo compartido por gente que quizá nunca ha estado allí. “La Playa” apareció en el año 2000, llegó a lo más alto de Los 40 Principales durante dos semanas y, veinticinco años después, continúa sobreviviendo al cambio de modas: reaparece en celebraciones, suena en el coche durante un viaje y todavía se cuela en los altavoces de cualquier terraza cercana al mar.

Este fue el lugar que inspiró una de las canciones mas icónicas de La Oreja de Van Gogh.

Este fue el lugar que inspiró una de las canciones mas icónicas de La Oreja de Van Gogh. / Istock / ALEXANDRE AROCAS

La había compuesto Xabi San Martín años antes de que el público pudiera escucharla. Y todo apunta a que, al escribirla, tenía en mente un escenario preciso. Ese escenario es una playa de más de 1.300 metros de longitud, dibujada como una concha entre dos montes cubiertos de verde y con una pequeña isla situada casi exactamente frente a su centro. A lo largo del paseo corre una inconfundible barandilla blanca de hierro que se ha convertido en uno de los grandes símbolos visuales de la ciudad. Es la playa de la Concha, en San Sebastián.

Conecta palacios reales con jardines que miran al mar y a orillas del Cantábrico: entramos en el paseo marítimo más elegante de España, una joya de la Belle Époque

Adriana Fernández

Una canción famosísima con una historia difícil de entrecomillar

Su verdadero título es “La Playa”, aunque para una parte del público podría llamarse perfectamente “La canción más bonita del mundo”. La confusión procede del arranque de su estribillo: una frase repetida tantas veces desde principios de siglo que terminó adquiriendo casi tanta notoriedad como el nombre oficial de la canción.

El tema fue el tercer sencillo de El viaje de Copperpot y ocupa la cuarta pista del segundo álbum de La Oreja de Van Gogh, publicado en septiembre de 2000. Xabi San Martín, teclista de la banda, figura como autor de la composición. La canción llevaba, sin embargo, varios años escrita cuando llegó al disco. La fecha que más se repite sitúa su origen alrededor de 1994, aunque existen referencias que desplazan la composición hasta 1996 y no hay una precisión absoluta al respecto. En cualquier caso, nació bastante antes de convertirse en uno de los grandes éxitos del grupo.

Playa de La Concha, San Sebastián

Playa de La Concha, San Sebastián / Istock / ASIFE

La inspiración se ha vinculado siempre a la Concha y a los recuerdos de juventud asociados a aquella bahía. San Martín y el resto de integrantes de la formación crecieron en San Sebastián, y el paisaje formaba parte de su vida mucho antes de entrar en estudios de grabación o llenar conciertos. La canción acabó convertida en uno de los títulos más reconocibles del pop español de las últimas décadas. Pasó dos semanas consecutivas en el primer puesto de Los 40 Principales y pertenecía a un álbum que superó el millón de copias y alcanzó la certificación de Diamante en España.

La trayectoria posterior del grupo ha sido mucho menos lineal. La Oreja de Van Gogh nació en San Sebastián en 1996, tuvo a Amaia Montero como voz de su etapa inicial hasta su salida en 2007, continuó con Leire Martínez como cantante hasta 2024 y anunció el regreso de Montero en octubre de 2025. Entre tantos cambios, una cosa permaneció intacta: la autoría de “La Playa” corresponde a Xabi San Martín.

"La Playa" es La Concha de San Sebastián.

"La Playa" es La Concha de San Sebastián. / Istock

En 2002 apareció además una coincidencia que alimentó durante años una pequeña historia dentro de la música española. Joaquín Sabina publicó en Dímelo en la calle una canción llamada “La canción más hermosa del mundo”. En sus versos finales expresaba el deseo de haber sido capaz de escribir precisamente eso: la canción más hermosa imaginable. Parte de la crítica y de los aficionados ha querido ver ahí un guiño al tema de La Oreja de Van Gogh, aunque Sabina nunca señaló de manera explícita a “La Playa” ni confirmó públicamente esa interpretación.

Un paseo que lleva la firma de un mismo arquitecto

La Concha también es reconocible por algo que no pertenece a la naturaleza. Buena parte de la imagen que hoy identifica su paseo marítimo salió del trabajo de un único arquitecto municipal: Juan Rafael Alday. A partir de 1910, Alday diseñó la célebre barandilla blanca que bordea la bahía, los dos grandes elementos monumentales que señalan el acceso central a la playa y también las farolas situadas en las rampas de bajada. La barandilla fue colocándose progresivamente durante aquellos años y Alfonso XIII inauguró oficialmente el conjunto en 1916.

Barandilla del icónico paseo marítimo de San Sebastián.

Barandilla del icónico paseo marítimo de San Sebastián. / Istock / TONO BALAGUER

Más de cien años después, su dibujo sigue apareciendo en postales, fotografías de turistas, campañas institucionales y recuerdos de la ciudad hasta haberse convertido en una de las imágenes más reconocibles de San Sebastián. En el centro del paseo destacan dos obeliscos provistos de reloj y barómetro. Su denominación cotidiana es mucho más sencilla: para los donostiarras son “los relojes”. Durante generaciones han servido como referencia para quedar con alguien antes de bajar a la playa, una de esas coordenadas urbanas que necesitan pocas explicaciones entre quienes viven allí.

El paisaje completa la composición casi con una simetría escénica. El monte Urgull cierra uno de los extremos de la bahía; Igueldo, el otro. Entre ambos aparece la isla de Santa Clara. Todo queda contenido dentro de esa curva del litoral cuya forma terminó dando nombre a la playa.

Monte Igueldo, San Sebastián.

Monte Igueldo, San Sebastián. / Istock

La conversión de San Sebastián en destino de élites y familias reales tampoco sucedió de un día para otro. Hay dos fechas especialmente importantes y conviene distinguirlas. La primera es 1845. Ese año, una jovencísima Isabel II llegó a la ciudad siguiendo las recomendaciones médicas de tomar baños de mar para aliviar un problema cutáneo. La presencia de la reina contribuyó a poner de moda San Sebastián entre la corte y las familias acomodadas, que comenzaron a adoptar la costa cantábrica como destino estival.

El gran impulso llegaría varias décadas después. En 1887, la reina regente María Cristina convirtió San Sebastián en residencia veraniega habitual de la corte, una tradición que mantuvo durante más de cuarenta años. Frente a la bahía se levantaría después el palacio de Miramar y, alrededor de aquella presencia real, la ciudad entró definitivamente en su etapa de esplendor turístico y aristocrático. También en 1887 la Concha recibió la consideración de playa “Real”. A partir de entonces, representantes diplomáticos, aristócratas y miembros de distintas casas reales europeas ayudaron a consolidar una imagen de sofisticación que todavía hoy permanece asociada al paseo marítimo.

Panorámica de San Sebastián.

Panorámica de San Sebastián. / Istock

Del Quijote original a una tarta que terminó conquistando medio mundo

La historia del centro de San Sebastián guarda además algunas pequeñas trampas para el visitante. Una de ellas está en los jardines de Alderdi Eder, muy cerca de la playa. Allí se encuentra desde 1973 un conjunto escultórico de bronce con Don Quijote montado sobre Rocinante y Sancho Panza sobre su burro. A primera vista parece una versión reducida del famoso monumento a Cervantes de la plaza de España de Madrid. Y precisamente esa es la explicación que suele repetirse. Pero ocurrió al revés.

Jardines de Alderdi Eder

Jardines de Alderdi Eder / Istock

La obra donostiarra corresponde al modelo original presentado por el escultor sevillano Lorenzo Coullaut-Valera al concurso nacional convocado en 1915 para construir el monumento madrileño. Coullaut-Valera ganó aquel certamen y la composición terminó reproduciéndose después a mayor escala en Madrid, donde el monumento no fue inaugurado hasta 1929. De modo que la pequeña escena que puede verse junto a la Concha no nació imitando a la de Madrid: fue su antecedente.

A pocos minutos andando espera otro símbolo donostiarra mucho más reciente y bastante más calórico. En el número 3 de la calle 31 de Agosto, en plena Parte Vieja, el bar La Viña sirve desde hace décadas una tarta de queso que terminó transformándose en un fenómeno gastronómico internacional. Hoy aparece en cartas de restaurantes de medio mundo bajo nombres como Basque cheesecake o “tarta de queso vasca”.

Tarta de queso vasca.

Tarta de queso vasca. / Istock

Su creación se atribuye a Santiago Rivera, que desarrolló la receta tras un largo periodo de pruebas. Algunas fuentes sitúan el origen exacto en 1990 y otras lo adelantan hasta 1988, por lo que la fecha no puede darse por completamente cerrada. Lo que sí identifica la receta es su planteamiento: no lleva base, se hornea a temperatura muy alta y busca un contraste muy marcado entre una superficie intensamente tostada y un interior extraordinariamente cremoso.

Con los años, aquella tarta nacida en una barra de la Parte Vieja pasó a reproducirse en pastelerías y restaurantes desde Asia hasta América. The New York Times la situó entre las grandes tendencias gastronómicas de 2021, coincidiendo con el momento en que su expansión internacional parecía ya imparable. Santiago Rivera se ha retirado este año después de casi cuatro décadas ligado al negocio. El relevo queda en manos de sus hijos, Ismael y Sara, junto con Mikel Castellanos, socio desde hace años. Y pese a que la receta se ha copiado hasta el infinito, el original continúa saliendo del horno en el mismo lugar donde comenzó la historia.