Le pregunté a mi padre cuál era su lugar favorito del mundo para comer y beber: me dijo el nombre de un pueblo de Murcia que celebra en junio unas Jornadas Gastronómicas
Este junio, Moratalla celebra sus Jornadas Gastronómicas Territorio Lavanda con gastronomía, folclore y música entre campos de aromáticas.

Moratalla celebra en junio sus preciadas Jornadas Gastronómicas. / Istock
Mi padre no es de los que hablan mucho de sus sentimientos. Pero hay un pueblo en el Noroeste de Murcia donde se le nota en la cara que es feliz. Se llama Moratalla, y él lo encontró casi por casualidad, como se encuentran las cosas que de verdad importan. Adrián Martínez (mi padre o, también, Darth Vader) tiene 69 años, es alicantino de toda la vida y, en algún momento decidió que ese pueblo serrano, antiguo y tranquilo, con su castillo recortado contra el cielo y sus calles de piedra que huelen a tomillo, era también suyo. Así que compró una pequeña casa en el centro, modesta y acogedora como a él le gustan las cosas, y desde entonces no para de volver.

Panorámica del pueblo de Moratalla. / Istock
Mi madre, María del Carmen (Mari Carmen para los amigos o “la mama”, para sus hijos), al principio no lo tenía tan claro. Ella necesitó algo más de tiempo, que es lo normal cuando alguien te pide que te enamores de un lugar que todavía no conoces bien. Pero Moratalla tiene esa cualidad particular de los sitios que no presumen de nada: te va ganando despacio, con cada paseo por el casco antiguo, con cada comida larga, con cada vecino que te saluda como si llevaras años siendo del pueblo. Y al final ganó el pueblo, como gana siempre. Hoy los dos coinciden en que comprar esa casita es una de las mejores decisiones que han tomado nunca. Una de esas decisiones que parecen pequeñas y resultan ser enormes.

Martín Álvarez
Cuando mi padre habla de Moratalla dice que es "su pueblo", y que es "uno de sus lugares favoritos del mundo para comer, beber y estar en contacto con la naturaleza". Yo le escucho decirlo y pienso que pocas veces he oído a un hombre describir un lugar con tanta propiedad. Este artículo existe porque ellos dos existen, y porque hay cariños que merecen ser contados. Y en este junio de 2026, con las Jornadas Gastronómicas Moratalla–Territorio Lavanda celebrándose ahora mismo en el pueblo que mis padres han hecho suyo, era imposible no escribirlo.

Vista aérea de la ciudad de Moratalla / Istock
El pueblo que se queda contigo
Moratalla se anuncia desde lejos. El castillo aparece primero en lo alto del cerro, como una advertencia de que lo que viene merece la pena; luego, al entrar al pueblo, el paisaje de sierras que lo rodea lo confirma todo. Desde los miradores del casco histórico —especialmente desde la plaza de la iglesia, con sus vistas sobre el valle y las montañas que lo cierran— se entiende de golpe por qué hay gente que llega aquí y no encuentra razón suficiente para marcharse. Un poco más afuera, el paraje de Casa de Cristo, en las estribaciones de la Sierra de los Álamos, ofrece lo que los lugareños llaman el "balcón del Noroeste": una panorámica que abarca la Sierra del Buitre, la del Cerezo y el conjunto del territorio moratallero extendido bajo los pies del visitante. Para llegar desde Alicante se tarda poco más de hora y media en coche, una distancia que mis padres han recorrido tantas veces que ya la sienten como el camino a casa.

Detalle del casco antiguo de Moratalla. / Istock
El municipio es el más occidental de toda la Región de Murcia y el tercero en extensión de la comunidad, con casi 955 kilómetros cuadrados de término que se llenan de pinar, encinar, sabinar y sierras que alcanzan los dos mil metros en el macizo de Revolcadores, techo de Murcia. Es un territorio que en otros tiempos estuvo aislado y que hoy convierte ese aislamiento en virtud: aquí no ha llegado la uniformidad, ni la prisa, ni la sensación de que todo está pensado para el turista y no para quien vive.
El casco histórico es el corazón del lugar. Encaramado sobre un cerro coronado por la fortaleza que la Orden de Santiago rehízo en el siglo XV, con su Torre del Homenaje mirando la comarca desde las alturas, el entramado urbano conserva casi intacto su trazado medieval. Callejuelas empinadas, portadas blasonadas, balconadas de forja, patios con aljibes: la autenticidad de Moratalla no es decorado, está escrita en la piedra. A esa herencia monumental se añaden dos reconocimientos UNESCO que hablan de la profundidad cultural del lugar: el arte rupestre mediterráneo de su término municipal es Patrimonio de la Humanidad, y en 2018 la Tamborada de Moratalla —ese estruendo colectivo y ritualizado de Semana Santa que estremece las calles cada año— fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Vista desde la Casa de Cristo, en Moratalla. / Pablo Cabezos | Wikicommons
La pequeña casa de mis padres está en ese centro. Modesta y acogedora, como ellos la querían. Desde allí salen a pasear, a hablar con los vecinos, a comer cosas ricas. Mi padre lleva años diciéndonos que hay que ir. Que no nos arrepentiremos. Como siempre, tenía razón.
La tierra que huele a lavanda
El municipio lleva años trabajando para que su identidad natural y agroalimentaria sea también un argumento de visita. De ese empeño nació Territorio Lavanda, la marca que convierte la floración de las aromáticas —lavanda, lavandín, espliego, romero, tomillo, salvia, orégano— en un espectáculo paisajístico durante los meses de verano, especialmente en las pedanías altas de El Sabinar, Zaén y Benizar. Los campos moratalleros no son solo una imagen bonita para fotografiar: sus agricultores cultivan, cosechan y destilan en alambique para extraer esencias propias, una cadena que ata el paisaje a la economía local de forma sostenible y que sitúa a Moratalla entre los destinos de turismo de floración más singulares de España.

Campos de lavanda en Murcia. / Istock
Sobre ese sustrato territorial se sostienen las Jornadas Gastronómicas Moratalla–Territorio Lavanda, que este mes de junio articulan tres citas distintas alrededor de la misma despensa. La iniciativa, respaldada por fondos NextGenerationEU dentro del Plan de Sostenibilidad en Destino del Noroeste de la Región de Murcia, pone en valor cuatro productos que mis padres conocen bien, porque los han probado muchas veces, porque los han llevado a casa, porque forman parte ya de sus conversaciones sobre el pueblo.
Los protagonistas de la mesa
El primero lleva apellido de lugar: los embutidos caseros del Campo de San Juan, pedanía alta del municipio, elaborados con las técnicas de siempre y con esa honestidad de sabor que solo tienen las chacinas que no han pasado por la uniformización industrial. El segundo es vinícola: el vino de la D.O. Bullas, denominación de origen nacida en 1994 que extiende sus viñedos por once municipios del Noroeste murciano a altitudes de entre 400 y 900 metros. La variedad dominante es la Monastrell, uva autóctona de carácter rotundo con más de 2.600 años de historia vinícola documentada en el territorio; produce tintos de fuerte coloración y buena estructura, aunque la denominación trabaja igualmente con rosados y blancos de notable calidad.

Desfiladero de Hondares en la Sierra de Moratalla / Istock / ROBERTO Fernandez
El tercer producto es el mazapán de Moratalla, un dulce que en esta tierra no adopta la forma de figuritas ni anguilas: se elabora en barras con relleno de yema o en empanadillas envueltas en papelillos, siguiendo una receta artesana de origen árabe que se transmite de generación en generación. La almendra marcona murciana se escalda, se pela y se tritura a diario en obradores como el de la confitería Roch —cuatro generaciones en el oficio— antes de refinarse hasta conseguir una textura fina y homogénea. El mazapán de Moratalla es lo que más fama le ha dado al pueblo en materia dulce, y con razón. El cuarto producto es el que mejor resume el espíritu del momento: el panettone de lavanda, una elaboración que injerta la fragancia de las aromáticas locales en un formato de pastelería para crear algo que solo puede nacer aquí, en este municipio donde el espliego no es solo paisaje sino también cosecha.

Calle estrecha y empinada en el casco antiguo de Moratalla / Istock
La agenda de junio
Las jornadas arrancan el viernes 12 de junio con una jornada pensada para los más pequeños de la comarca. Bajo el nombre "Esencias de Aprendizaje", el Taller Educativo y Gastronómico está dirigido a los alumnos de Infantil y Primaria del CRA de El Sabinar, y combina actividades pedagógicas con talleres sensoriales, degustaciones, elaboración de sacos aromáticos personalizados, iniciación al cultivo y merienda de convivencia. Es una forma de plantar en los niños del Noroeste la semilla del orgullo por lo propio.
Al día siguiente, sábado 13, el protagonismo lo toma el casco urbano con el Tradicional Desfile Huertano. El recorrido parte de La Glorieta y se encadena con ofrenda floral, misa huertana y comida con foodtrucks; la tarde queda reservada para las actuaciones musicales. El folclore y las tradiciones populares del territorio toman las calles en lo que es la cita más reconocible del calendario cultural del municipio.

Cartel Jornadas Gastronómicas de Moratalla Territorio Lavanda / Ayuntamiento de Moratalla
La programación cierra el viernes 26 de junio en Campo de Béjar, en las tierras abiertas que quedan más allá del casco. "Ritmo y fragancias en el Campo de Béjar" tendrá lugar en la explanada del Bar La Pava a partir de las 21:00 horas, con un concierto de Marlene en un entorno vinculado a la floración de aromáticas. Un atardecer de verano entre campos perfumados, con música en directo y el cielo del Noroeste murciano abriéndose sobre la cabeza: la imagen exacta que mi padre lleva años intentando describir cuando habla de su pueblo.
No sé cuántas veces han vuelto ya mis padres a Moratalla. Sé que cada vez que vuelven, mi padre entra por la puerta de esa casa pequeña y acogedora de su centro y respira diferente. Que mi madre, que tardó un poco más en convencerse, ya no concebiría perderla. Que los dos han encontrado allí algo que no siempre es fácil de encontrar: un lugar donde ser exactamente quienes son, sin prisa, con buena comida y gente que les conoce por su nombre. Este reportaje es para ellos. Para que sepan que los veo, que les escucho, y que si hay un pueblo en el mundo que merece que alguien lo cuente con cariño, es el suyo.
- El pueblo de 350 habitantes ideal para escapar del calor: en el corazón del Valle del Roncal, cerca de la frontera con Francia, está rodeado de infinidad de rutas de senderismo
- El refugio de Juan del Val y Nuria Roca (55 y 54 años) es un pueblo abulense donde sueñan con envejecer: 'Esta casa es mi lugar favorito del mundo ahora mismo
- El refugio de Rosario Flores (62 años) es una pedanía gaditana de 480 habitantes: caminos de tierra, dunas vírgenes y el Faro de Trafalgar como único vecino en el horizonte
- El refugio de Rozalén (40 años) es el 'pueblo de las cascadas' al que ha vuelto a vivir tras frenar su carrera: 'Necesito estar en mi pueblo, con la gente que quiero
- El refugio de Sandra Barneda (50 años) es el pueblo de su padre, escondido en el Empordà: 'He pasado muchos veranos de mi vida aquí; le tengo un gran cariño
- El pueblo de Girona con una playa de agua dulce en plena montaña: casas de piedra, balcones de madera y uno de los rincones más refrescantes del Pirineo catalán
- El pueblo de 800 habitantes en Asturias ideal para huir del calor extremo: conocido por su tradición quesera, conserva una iglesia de origen románico y sirve como puerta de entrada a los Picos de Europa
- El refugio de Malú (44 años) en verano es un maravilloso pueblo de origen medieval: en el corazón de la Sierra de Gredos, tiene un impresionante patrimonio histórico y un castillo del siglo XV