Ni Jávea, ni Altea: el paraíso secreto del Mediterráneo es una villa marinera de Alicante con murallas del siglo XVI, casas de colores y la capital del chocolate de España
A veinte minutos de Benidorm y fuera del mapa del turismo masivo, La Vila Joiosa guarda un casco histórico amurallado, fachadas pintadas en una paleta que parece inventada y cuatro fábricas de chocolate que llevan funcionando desde el siglo XVIII. El secreto mejor guardado de la Costa Blanca todavía existe.

Un precioso pueblo con casas de colores que mira de cara al Mediterráneo. / Istock
Hay pueblos que se salvan por descuido. Mientras Altea se convertía en refugio de galeristas alemanes y Jávea iba cediendo calle a calle a los apartamentos de alquiler vacacional, La Vila Joiosa siguió siendo lo que siempre fue: un puerto de pescadores con lonja activa, un mercado que huele a mar y un casco antiguo donde la gente tiende la ropa entre murallas del siglo XVI. Treinta y cinco mil habitantes, una vida propia que no depende de que lleguen o no los turistas. Eso ya es bastante raro en esta costa.

Este pueblo de colores es una de las joyas por descubrir de Alicante. / Istock
Lo primero que descoloca, viniendo por la nacional desde El Campello, es el color. Las fachadas del barrio marinero caen en cascada sobre la playa —azul, rosa, ocre, verde — con una intensidad que no parece natural y sin embargo es completamente auténtica. Luego llegas al centro y entiendes que detrás de esa postal hay un pueblo de verdad: una carnicería, un bar con televisor, unas escaleras que suben entre muros de piedra hacia la iglesia-fortaleza que vigila el mar desde hace cinco siglos. Altea tiene encanto, claro. Pero esto es otra cosa.

Adriana Fernández
El casco que no se rindió
Empezar por el principio significa subir al casco histórico y dejarse llevar. El trazado es el de una repoblación cristiana medieval: tres calles largas paralelas al mar cruzadas por callejones perpendiculares, todo encajado dentro de una muralla renacentista que Felipe II mandó levantar en el siglo XVI para frenar los ataques de los corsarios berberiscos. No es metáfora: aquí hubo desembarcos, incendios, cautivos. Las murallas que hoy bordeas tranquilamente mientras buscas dónde tomar café se construyeron con urgencia real.

Una de las curiosas calles de Villajoyosa. / Istock / TONO BALAGUER
La declaración oficial que lo protege como Conjunto Histórico describe el núcleo de La Vila como "quizá el núcleo mejor conservado de la Comunitat Valenciana". No hay exageración en eso: el trazado medieval se lee entero desde cualquier punto elevado, sin cicatrices de derribo ni rellenos modernos que rompan la lógica original. Es una rareza en una costa donde la presión inmobiliaria ha devorado cualquier cosa que no estuviera catalogada con tres candados.
Dentro del recinto, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción merece más atención de la que suele recibir. Mediados del siglo XVI, gótico levantino tardío, y construida directamente integrada en la muralla defensiva: su torre actuaba como punto de vigilancia sobre el mar. No es una iglesia que se contempla desde fuera y se pasa de largo; entra, y te explica sola cómo vivía este pueblo con la mirada siempre puesta en el horizonte por si venían los corsarios.

Paisaje de la ciudad de Villajoyosa con sus casas coloridas / Istock
Las casas de colores tienen su historia —o su leyenda, que no es lo mismo—. La versión que repiten los vecinos más viejos es que cada familia pintaba la fachada de un tono distinto para que los pescadores reconocieran su casa desde el mar al volver. Bonita explicación, sin documentación histórica que la respalde del todo, pero tan arraigada en la identidad del pueblo que a estas alturas forma parte de lo que La Vila es. Lo que sí es verificable es que el resultado figura entre los ejemplos más notables de policromía urbana tradicional del Mediterráneo occidental, en una compañía que incluye el barrio viejo de Girona, La Valeta en Malta o algunos rincones de Venecia. Una mañana entera caminando entre esas fachadas da para mucho: para perderse, para fotografiar esquinas que no existen en ningún otro sitio de la Costa Blanca, para sentarse en un escalón y entender por qué este pueblo se salvó.

Playa de Villajoyosa. / Istock / TONO BALAGUER
El mar como oficio
Bajar del casco al puerto es bajar de la historia al presente inmediato. La lonja de La Vila sigue funcionando como lonja: aquí se descarga pescado de verdad, se subasta y se reparte hacia las cocinas de la Marina Baixa. No es decorado. Los barcos que ves atracados por la tarde han salido de madrugada, y las cajas que se mueven en el muelle contienen lo que esa noche estará en los platos de los restaurantes del paseo.

Paseo marítimo de Villajoyosa. / Istock
El paseo marítimo de la Playa Centro es el corazón social del pueblo cuando el sol baja. Sin la saturación de Benidorm ni el cosmopolitismo de Calpe, aquí la gente camina, los jubilados juegan a las cartas bajo los pinos y los niños corren en bici por el borde del agua. Es exactamente eso: un pueblo tomando su paseo. La playa en sí tiene una escala razonable y está protegida por el propio casco histórico, que la abraza desde arriba dándole ese encuadre fotográfico tan difícil de conseguir de manera natural.
Hacia el interior, el río Amadorio da otro tipo de paseo, más tranquilo, con sombra y con el ruido del agua que baja de las sierras del interior de la Marina Baixa. Y bajo la tierra de este término municipal duerme todavía una ciudad romana entera: Allon, que dejó termas del siglo I d. C. pendientes aún de musealización completa. Los restos del Tossal de la Cala, en cambio, el asentamiento íbero-romano que domina la bahía desde un promontorio, sí merecen la excursión para quien quiera añadir perspectiva arqueológica al viaje. Desde arriba, la vista del pueblo y del mar justifica la subida por sí sola.

Calle estrecha en el centro histórico de la localidad de Villajoyosa / Istock
Todo esto —el casco, el puerto, las playas, los restos romanos, el río— cabe en un fin de semana sin agobios. La Vila Joiosa tiene la proporción correcta: suficiente para llenar dos días con ganas, no tanta saturación como para que uno acabe huyendo.
Chocolate y mesa marinera
A mediados del siglo XVIII, los barcos que salían del puerto de La Vila cargados con telas de Alcoy y papel de fumar volvían de América con cacao. Así de sencillo, así de concreto. Desde entonces este pueblo huele a cacao tostado, y hoy esa herencia se sostiene en cuatro fábricas que siguen produciendo: Valor, Clavileño, Pérez y Marcos Tonda. Cuatro marcas históricas, cuatro familias distintas con sus recetas y sus métodos, concentradas en un municipio de treinta y cinco mil habitantes. No hay otro lugar en España con esa densidad chocolatera por metro cuadrado.

Vista aérea de Villajoyosa. / Istock
El punto de entrada más cómodo para el visitante es el Museo del Chocolate Valor, instalado en el antiguo edificio de la fábrica familiar. La visita es gratuita, incluye degustación y recibe en torno a noventa mil personas al año, lo que da una idea de que no es un museo menor. Si uno quiere algo más cercano al proceso real, Chocolates Pérez —en la Partida Mediases— ofrece visitas pegadas al obrador, en las que, si la línea de producción está en marcha, uno se planta literalmente al lado del chocolate mientras se hace. Una experiencia bastante más táctil que la de Valor, más de taller que de exposición.
Y luego está la mesa. La cocina marinera de La Vila tiene su argumento propio dentro de la gastronomía de la Marina Baixa: arròs a banda cocinado con el caldo del pescado de roca local, arròs del senyoret para quien prefiere el arroz ya pelado, suquet de peix denso y perfumado, fideuà, llandeta de pescado al horno. La gamba roja de la zona —que comparte aguas con la de Denia— aparece en las cartas en temporada y merece probarse sin más compañía que un limón. El Hogar del Pescador, frente al puerto, tiene recomendación de la Guía Repsol y trabaja con producto de la lonja del pueblo: sus arroces melosos y sus calderos de pescado son la referencia más sólida del paseo marítimo. Para quien quiera explorar más, la Setmana de l'Arròs —que cada octubre convoca a una decena de restaurantes del pueblo en torno al arroz como plato central— es la mejor excusa para visitar La Vila fuera de temporada alta.

Calle estrecha en el centro histórico de la localidad de Villajoyosa / Istock
Antes de irse, el ritual obligado es sentarse en la chocolatería de Valor en la Avenida del País Valencià y pedir un chocolate caliente. No importa el mes, no importa si hace calor: es el cierre correcto para un pueblo que lleva trescientos años oliendo a cacao. Y que, contra todo pronóstico, todavía sabe quién es.
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