Así son las Islas Cíes, el paraíso español que fascina a 'The New York Times'

Candidatas a Patrimonio de la Humanidad, las Cíes se colaban en la lista de destinos para 2022 de ‘The New York Times’. Aunque su playa de Rodas atraiga en verano a las multitudes, estas guardianas de la ría de Vigo son mucho más que una playa bonita.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

En esta ocasión ha sido The New York Times el que ha puesto en la diana a estas islitas sin coches ni más habitantes que los lagartos ocelados que asoman en un visto y no visto por las grietas de sus roquedos, las colonias bárbaras de cormoranes moñudos y gaviotas patiamarillas que anidan por este archipiélago integrado en el Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia. El ránking de destinos del rotativo ha rebuscado este año entre rincones que están transformando el planeta a mejor; donde el turismo, en vez de depredar, se ha convertido en una herramienta para conservar el medioambiente. 

Divisando la playa de Rodas, en las Islas Cíes
Divisando la playa de Rodas, en las Islas Cíes | Luis Davilla

En el año 2007 fue el periódico inglés The Guardian el que lanzó las islas Cíes a las portadas al designar su playa de Rodas como la mejor del mundo. Sin pretenderlo quizá, les hizo un flaco favor. Como recuerda Suso Framil, guía de este parque marítimo-terrestre: “Aquella publicidad nos trajo muchos problemas. Empezaron a llegar multitudes solo a hacerse la foto, sin tener en cuenta que estas islas son un lugar muy frágil donde a los visitantes se les exige llevarse a tierra firme su propia basura y está prohibido salirse de los senderos. Cuando les explicas que hay flora en peligro o que algunas zonas se acotan para no molestar a las aves marinas durante su época de cría, la mayoría lo respeta, pero esa pedagogía no siempre es fácil”.

Vista de las islas cíes desde el faro
Vista de las islas desde el faro | Luis Davilla

La pedagogía para proteger este jardín flotante en la bocana de la ría de Vigo ni siquiera ha sido fácil con el puñado de navieras que traen pasajeros desde varios puertos de las Rías Baixas. Tras unas multas millonarias por vender más billetes de los autorizados, no han vuelto a repetirse las escenas abarrotadas que tanto daño hicieron al destino el verano de 2017. Eso sí, a raíz de aquellos desmanes, la Xunta habilitó una web para que cada viajero obtenga su permiso de acceso. Sin trampa ni cartón y gratis, pero, de querer visitar Cíes en pleno verano, con hasta tres meses de antelación so pena de quedarse con las ganas. Se conceden 2.200 al día, y en los meses de julio y agosto se agotan. 

Embarcación en el archipiélago de las Islas Cíes
Embarcación en el archipiélago de las Islas Cíes | Luis Davilla

Tres islas y media

Aunque sus riscos esconden otras playas de postal, como Nosa Señora o la nudista Figueiras, la imagen impepinable de Cíes sigue siendo la de Rodas. Engaña su arenal blanquísimo, que a través de un cordón de dunas une la Isla Norte o Monteagudo con la Isla del Medio o do Faro, y engañan, sobre todo, las transparencias turquesas de sus aguas. Porque uno podría imaginarse en el Caribe, pero basta meter un dedo del pie para que, incluso en lo más tórrido del verano, se le congele hasta el alma. “Gracias a los afloramientos desde el fondo del mar de un agua tan fría y cargada de nutrientes tenemos tan buen marisco en la zona”, contemporiza Mónica Toubes, otra de las guías que, desde la caseta de información del parque, acompaña a quienes, en vez de ir por libre, prefieren sumarse a las rutas senderistas por este par de islas. Y es que en la tercera, la salvaje Isla Sur o San Martiño­, solo dejan fondear a las embarcaciones privadas, mientras al diminuto islote Boeiro nada más alcanzan las aves.

Vista de la playa de Rodas, elegida varias veces como mejor playa del mundo
Vista de la playa de Rodas, elegida varias veces como mejor playa del mundo | Luis Davilla

Suman cuatro senderos y ninguno circular. De ahí que, de querer transitar varios sin volver otro día o quedarse a dormir en el cámping, tocará dedicarle la jornada completa tomando el primer barco de la mañana; algo de lo más recomendable en temporada alta para, al menos unas horas, disfrutar el archipiélago en relativa soledad. Siempre desde el embarcadero y siguiendo las flechas que marcan cada itinerario, mejor arrancar por el que se aúpa hasta la atalaya del Faro de Cíes, más tarde con llenos hasta la bandera en verano. En un zigzag para valientes de siete kilómetros entre la ida y la vuelta, las vistas a las escarpaduras de San Martiño cortan la respiración antes incluso de alcanzar los acantilados a la vertical donde espiar el magistral dominio del viento de las gaviotas y los picados de los alcatraces. Por este mismo costado discurre la ruta del Faro da Porta, una alternativa más suave con algunos tramos de recorrido común. 

Ciclistas con las islas Cíes al fondo y excursionistas rumbo a la Pedra da Campá
Ciclistas con las islas Cíes al fondo y excursionistas rumbo a la Pedra da Campá | Luis Davilla

Tras un chapuzón y unas señoras raciones en el Bar Serafín, un plan redondo para la tarde sería enfilar a la Isla Norte. Sobre su mirador de la Silla de la Reina, al culminar la ruta del Alto do Príncipe, aguarda la mejor panorámica de las Cíes. Desde tan arriba se aprecia el contraste entre su abrupta vertiente oeste y el sosegado hilván de arenales de la contraria, y se entiende de un plumazo cómo el archipiélago le brinda a la ría de Vigo una coraza de protección frente a la furia del océano. No demasiado más allá, los perfiles de la isla de Ons y la Costa de la Vela despuntan al final de la ruta del Faro do Peito.

Excursionistas rumbo a la Pedra da Campá, una piedra erosionada con forma acampanada
Excursionistas rumbo a la Pedra da Campá, una piedra erosionada con forma acampanada | Luis Davilla

Las Islas de los Dioses

Entre la vegetación autóctona de cerquiños y matorral costero y unos bosques invasores de pinos y eucaliptos que poco a poco se van eliminando, por las caminatas habrá ido aflorando el castro As Hortas, el primer asentamiento en las que luego los romanos bautizarían como las Islas de los Dioses. También, el convento al que se retiraron en la Edad Media benedictinos y franciscanos, o el rastro de las familias de pescadores que, tras el cierre de las factorías de salazón abiertas a finales del XIX, resistieron en Cíes hasta la pasada década de los sesenta. De quienes queda poco más que la leyenda es de los piratas que las frecuentaron, Francis Drake a la cabeza, y de los hippies setenteros que con sus fiestas de amor libre retaron al franquismo al recalar por estos gallegos pagos de camino a Katmandú. 

Vista de las Islas Cíes
Vista de las Islas Cíes | Luis Davilla

Hoy aquí solo viven vigilantes del parque como Miguel Santomé, tan acostumbrado a desbrozar pistas tras un temporal como a controlar desde embarcaciones de recreo hasta el asomo de furtivos. Amén de estos guardas, apenas quienes hayan reservado a tiempo en el cámping harán noche en las Cíes. De elegir una poca luna, sus cielos estrellados le podrán la guinda al privilegio de deambular por sus playas y senderos cuando se marcha el gentío de los barcos.

Cormorán Moñudo en las Islas Cíes
Cormorán Moñudo en las Islas Cíes | Luis Davilla

Avalados como Destino Starlight por la fundación que certifica los firmamentos más limpios, en la soledad del Atlántico y sin contaminación lumínica salvo cuando, como bromean por aquí, Abel Caballero enciende en Vigo sus decoraciones navideñas, bastará levantar la cabeza para quedarse mudo ante el chisporroteo de la Vía Láctea estirándose por su senda de brillantes. Provisto de un telescopio, el guía Star-light del cámping enseña a distinguir constelaciones y planetas, pero, aviso a navegantes, de no encontrar a estas alturas ni una plaza libre para quedarse, las navieras y empresas de veleros de las Rías Baixas andan ya ultimando sus singladuras de agosto a Cíes rumbo a las lluvias de estrellas de las Perseidas.