Esta isla de España con noches desde 50 euros sigue teniendo temperaturas de verano y es perfecta para enero: senderos volcánicos, pueblos tranquilos y cero prisas
Esta isla es un auténtico espectáculo repleto de vegetación, estrellas en el firmamento y a unos precios muy económicos.

Enero suele llegar con el mismo guion de siempre; frío, abrigo a mano y la impresión de que el año arranca cuesta arriba. Pero hay una isla española que, sin hacer ruido, sigue jugando en otra liga. Hablamos de La Palma, donde el invierno no aprieta, el sol acompaña buena parte del día y dormir por 50 euros la noche no es una excepción, sino parte del paisaje. El resultado es una escapada perfecta para quienes buscan buen tiempo sin multitudes y sin castigar el presupuesto justo cuando menos apetece hacerlo.
En la costa, las temperaturas medias rondan los 20–23 grados en enero, suficientes para comer al aire libre, caminar sin abrigo y olvidarse del calendario durante unos días. No es calor de verano pleno, pero sí ese clima que permite aprovechar el día sin esfuerzo. A eso se suma el detalle clave de que en enero es temporada baja, lo que explica que los precios bajen y la isla se muestre mucho más tranquila que en otros momentos del año.
Dormir bien sin gastar de más
Municipios como Los Llanos de Aridane, El Paso, Breña Baja o Tazacorte concentran una amplia oferta de apartamentos turísticos y casas rurales, muchas de ellas gestionadas por familias locales; como nos gusta en Viajar. En invierno, encontrar alojamientos desde 45 o 50 euros la noche es habitual, especialmente si se evita el fin de semana largo o fechas señaladas.

Aquí el turismo no se construyó a base de grandes complejos, sino de pequeñas propiedades, lo que explica por qué el invierno es tan agradecido para el viajero. Se duerme bien, sin masificaciones y sin esa sensación de estar pagando de más solo por la fecha del calendario.
Los planes de “invierno”
Enero es uno de los mejores meses para caminar la isla. La temperatura acompaña para recorrer la Caldera de Taburiente, adentrarse en senderos volcánicos o seguir antiguos caminos empedrados que conectan pueblos pequeños. Todo se hace con calma, sin el calor que en verano obliga a madrugar o a acortar rutas.

La costa también se disfruta, aunque sin prisas. Piscinas naturales como Charco Azul o La Fajana siguen siendo puntos de encuentro, y playas como Tazacorte o Puerto Naos permiten pasar horas al sol incluso en pleno invierno. A veces apetece baño, otras simplemente sentarse y mirar el Atlántico. Aquí no hay obligación de nada.
Una isla con mucha historia bajo los pies
Más allá del paisaje, esta isla guarda una historia digna de contar. Antes de la llegada de los castellanos en 1493, estaba habitada por los benahoaritas, una población indígena que dejó huella en nombres, caminos y formas de ocupar el territorio. Tras la conquista, la isla se convirtió en un punto clave del Atlántico, con puertos activos y una economía agrícola que giró durante siglos en torno al azúcar, el vino y, más tarde, el plátano.

Esa historia explica su red de caminos reales, hoy reconvertidos en senderos, y el carácter de sus pueblos, más volcados hacia dentro que hacia el turismo masivo propio de las islas. Viajar aquí no es solo moverse por un paisaje bonito, sino entender cómo se ha vivido en una isla marcada por el volcán, el mar y la autosuficiencia.
Mirar al cielo cuando cae la noche
Si algo distingue a esta isla en invierno es la noche. Gracias a una legislación pionera de protección del cielo, el firmamento se mantiene limpio y oscuro. Enero, con noches claras y menos humedad, es uno de los mejores momentos para observar estrellas, incluso sin conocimientos técnicos. Os aseguro que os va a maravillar.
Síguele la pista
Lo último