El humedal más importante de Europa para las aves está en España; con marismas infinitas, miles de flamencos y vital para conectar África con Europa

El gran refugio del sur de Europa donde África empieza a sentirse cerca.

Doñana, el paríso en tierras andaluzas.
Doñana, el paríso en tierras andaluzas. / Istock / ESTELA GIL COSTA

Hay lugares donde el silencio suena. En Doñana, el amanecer es un rumor de alas, un temblor en el aire. Las primeras luces se reflejan en la lámina del agua y, antes de que el sol despegue del horizonte, miles de aves dibujan el cielo con sus rutas milenarias. Este rincón del suroeste andaluz, entre las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, no es solo un parque nacional, es uno de los humedales más importantes de Europa y una escala vital en la migración de aves entre África y el continente europeo. Desde el punto de vista científico, es un “cuello de botella biogeográfico”; un puente natural que une dos mundos.

Adriana Fernández

Una catedral natural en movimiento

Con sus más de 120.000 hectáreas protegidas, Doñana fue declarada Parque Nacional en 1969, Reserva de la Biosfera y Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1994. Su valor no se mide en kilómetros, sino en latidos; cada invierno, más de medio millón de aves acuáticas descansan, se alimentan o anidan en sus marismas.

Flamencos en Doñana.

Flamencos en Doñana.

/ Istock / SzymonBartosz

Aquí conviven flamencos, espátulas, garzas reales, águilas imperiales y moritos, en un mosaico que cambia con las estaciones. En primavera, las aguas reflejan un cielo rosado; en verano, la sequedad transforma los espejos en sal. Todo en Doñana es efímero, pero eterno, un ciclo que se repite desde hace milenios.

La gran escala migratoria entre dos continentes

Para comprender su importancia, basta mirar un mapa. Doñana se encuentra justo en el corredor migratorio del Atlántico oriental, por donde pasan cada año millones de aves que viajan entre Europa y África. Es su última parada antes del Sahara o su primer respiro al volver del desierto. Las espátulas europeas descansan aquí antes de cruzar a Mauritania; las cigüeñas blancas repiten el trayecto que aprendieron de sus padres; los patos cuchara, ánades y limícolas llegan desde Escandinavia para invernar entre sus lagunas.

Flamencos en Doñana.

Flamencos en Doñana.

/ Istock / ESTELA GIL COSTA

Los científicos del CSIC y SEO/BirdLife estiman que unas 360 especies de aves utilizan Doñana a lo largo del año, muchas de ellas amenazadas. Su papel en la conectividad ecológica del planeta es tan relevante que la Convención Ramsar lo incluyó en su lista de humedales de importancia internacional en 1982, ampliando la protección en 2005. ¡Si es que en España tenemos de todo!

Un mosaico irrepetible

Doñana es un collage natural. Las marismas del Guadalquivir, su corazón húmedo, se inundan con las lluvias de otoño y rebosan vida hasta la primavera. A su alrededor se despliegan sistemas dunares móviles, pinares centenarios y cotos de matorral mediterráneo donde aún se esconden linces y ciervos. En un solo paseo puedes pasar del reflejo de los flamencos a la sombra azulada de los alcornoques, del olor salado de las lagunas al perfume seco de los romeros. Esa diversidad, dicen los ecólogos, es la clave de su equilibrio; cada hábitat sostiene al siguiente, y todos dependen del agua.

Un refugio, y también una advertencia

En los últimos años, Doñana ha sido también símbolo de lucha ambiental. La sobreexplotación de acuíferos y la sequía crónica del suroeste ibérico amenazan su delicado equilibrio. Sin embargo, la conciencia crece; en 2023, la Junta de Andalucía compró más de 7.500 hectáreas agrícolas para incorporarlas al parque, una medida histórica para reducir la presión hídrica. Aun así, los expertos lo repiten como un mantra; “sin agua, no hay Doñana”. Porque aquí todo, la belleza, la vida, la migración, depende de ese milagro invisible que sube, evapora y vuelve a caer sobre las marismas.

El alma del sur

Quizá por eso, quien la visita nunca la olvida. Al caer la tarde, cuando los flamencos vuelven en V y las espátulas planean sobre un cielo que se tiñe de cobre, Doñana parece más un estado de ánimo que un lugar. Es un paisaje que cambia cada minuto y, sin embargo, siempre permanece. Una geografía que enseña sin hablar; que la naturaleza no es un decorado, sino un latido. Y mientras el aire se llena de gritos lejanos y alas que viajan hacia África, uno entiende que Doñana no pertenece a nadie, pertenece al mundo.

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