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Hemingway plasmó en un libro su amor por "la Selva Negra española": 17.000 hectáreas de naturaleza en el segundo hayedo más grande de Europa

Un escritor con Nobel, un valle que cruzó a pie hace un siglo y un gigante velludo que, según la tradición vasco-navarra, todavía vigila esos mismos hayedos.

Esta selva navarra es uno de los lugares más fascinantes de España.

Esta selva navarra es uno de los lugares más fascinantes de España. / Istock

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Julio de 1924. Apenas se han apagado los últimos cohetes de Sanfermines cuando un joven periodista estadounidense, que todavía no ha publicado su primera novela, se sube a un autobús en Pamplona con un estuche de caña de pescar bajo el brazo. Cuarenta y cinco kilómetros después baja en un pueblo de casas encaladas, sin callejones y con una única calle principal flanqueada por dos arroyos. Se llama Burguete. Pasará allí varios días y regresará al verano siguiente.

Embalse de Irabia en el bosque de selva de Irati

Embalse de Irabia en el bosque de selva de Irati / Istock / TONO BALAGUER

Lo que hace entonces —caminar unos ocho kilómetros desde el hostal hasta un remanso de pesca conocido como “Los Baños”, cerca de Aribe— acabará convertido poco después en literatura. En el capítulo doce de The Sun Also Rises, publicada en 1926, sus personajes Jake Barnes y Bill Gorton recorren prácticamente el mismo camino y atraviesan el valle que separa Burguete del bosque. Ese bosque es la Selva de Irati. Y aquella caminata de un escritor que aún no era famoso sigue formando parte, un siglo después, de la historia literaria de uno de los mayores hayedo-abetales de Europa.

Nadie la visita, pero dicen que es “la Selva Negra de España”: pueblos entre cascadas y bosques frondosos en el interior de una provincia olvidada

Sara Fernández García

La ruta real de Hemingway: de Burguete al río, con caña y sin gloria todavía

No fue una excursión improvisada ni una anécdota que se cuente de boca en boca, fue el mismo escritor el que más tarde lo contaría en una de sus novelas. Hemingway se alojó en el el Hostal Burguete en julio de 1924, nada más terminar los Sanfermines, y volvió en 1925. La novela recogió aquella rutina casi al pie de la letra. En el capítulo doce, Jake y Bill compran aparejos en Bayona, llegan a Pamplona y toman un autobús hasta Burguete, donde se alojan antes de emprender la caminata hacia el río. Durante el recorrido atraviesan de manera explícita el valle de Irati.

Burguete.

Burguete. / Istock

El hostal conserva todavía un piano con una inscripción tallada —“E. Hemingway 25-7-1923”— que durante años se ha presentado como una huella auténtica del escritor. Sin embargo, los estudios más rigurosos sobre su cronología sitúan su primera visita documentada a la zona en julio de 1924, no en 1923, lo que hace muy improbable que la firma sea suya. Lo más sensato es contarla como una de esas leyendas que sobreviven en los hoteles con historia, sin que eso reste fuerza al relato: Hemingway sí estuvo allí, sí pescó y sí recorrió aquel valle.

El bosque en cifras: un hayedo-abetal que se mide en miles de hectáreas

Más allá de su vínculo con Hemingway, Irati impresiona simplemente por su tamaño. El bosque ocupa más de 17.000 hectáreas en la cabecera de los valles navarros de Aezkoa y Salazar y continúa al otro lado de la frontera, por las comarcas francesas de Soule y Baja Navarra. Las fuentes turísticas de la zona suelen presentarlo como el segundo hayedo-abetal mejor conservado y más extenso de Europa, solo por detrás de la Selva Negra alemana. No se trata de un título oficial concedido por ningún organismo, sino de una comparación repetida desde hace años en publicaciones y medios de viajes, pero sirve para hacerse una idea de la magnitud del lugar.

La Selva de Irati es un bosque de hayas.

La Selva de Irati es un bosque de hayas. / Istock / TONO BALAGUER

Hay dos entradas principales a la Selva de Irati. Desde Orbaizeta, en el valle de Aezkoa, el camino conduce hasta el embalse de Irabia, donde las hayas llegan prácticamente hasta la orilla. Por Ochagavía, en el valle de Salazar —un pequeño pueblo de alrededor de 500 habitantes y uno de los más conocidos de Navarra—, se accede por el sur. En otoño, además, la berrea de los ciervos pone banda sonora al bosque. También viven aquí corzos, jabalíes y especies más difíciles de ver, como el pico dorsiblanco, mientras que en las cumbres cercanas todavía puede encontrarse el águila real.

Caballos pastando en la pradera de Selva de Irati

Caballos pastando en la pradera de Selva de Irati / Istock / TONO BALAGUER

El basajaun y las leyendas que todavía habitan el hayedo

Mucho antes de que aquel periodista americano llegara a este valle, el bosque ya tenía sus propios habitantes legendarios. El basajaun —“señor del bosque” en euskera— es una de las figuras más conocidas del folclore vasco-navarro: un gigante cubierto de pelo, protector de rebaños y pastores, al que hoy algunos comparan con una especie de “yeti vasco” por su aspecto y su carácter huidizo. La tradición lo sitúa en distintos bosques del norte peninsular —Gorbea, en Álava, o Ataun, en Guipúzcoa—, pero Irati aparece una y otra vez entre sus territorios. Tanto que todavía es fácil escuchar su nombre en alojamientos y establecimientos de la zona, mencionado como una parte más de las historias del bosque.

Cascada del Cubo, Río Irati.

Cascada del Cubo, Río Irati. / Istock / MARIBEL ESPINOSA

Junto a él aparece la basandere, menos conocida pero también presente en el imaginario tradicional, una figura femenina asociada en algunas versiones al conocimiento de las plantas medicinales. Entre el basajaun protector y la basandere ligada al bosque y sus remedios, Irati deja de parecer un simple accidente geográfico para convertirse en un territorio con sus propias historias y reglas, transmitidas por quienes vivían de estos montes mucho antes de que existieran senderos señalizados o folletos turísticos.

Vista de la ciudad medieval de Ochagavia

Vista de la ciudad medieval de Ochagavia / Istock / INIGO ARZA

Ochagavía, Aribe y una chuleta que compensa la caminata

Quien recorre Irati por el valle de Salazar suele acabar pasando por Ochagavía, un pueblo de piedra, tejados inclinados y balcones de madera atravesado por el río Anduña y sus puentes. En el camino, o de regreso hacia Burguete, también merece una parada Aribe, un pequeño núcleo de casas junto a un puente de piedra que cruza el Irati con un solo arco y que durante generaciones sirvió como referencia para quienes se movían por el valle. Y a las puertas del bosque, en dirección a Roncesvalles, también queda sitio para la cocina navarra: el Asador Aritza, situado a alrededor de un kilómetro del monasterio, mantiene una carta basada en productos y platos tradicionales —chuletón, perretxikos, migas de pastor— y juega incluso con referencias al basajaun. No suele ser necesario reservar con meses de antelación, pero en Semana Santa o en pleno agosto es mejor comprobar antes si hay mesa.

Caballos pastando en la pradera de Selva de Irati

Caballos pastando en la pradera de Selva de Irati / Istock / TONO BALAGUER

Un siglo después de aquella caminata de julio, el bosque sigue ahí y buena parte del paisaje también. Y el basajaun —al menos según cuentan quienes crecieron escuchando la leyenda— continúa vigilando el mismo valle que recorrió, caña en mano, un joven escritor que todavía no podía saber que aquel viaje acabaría entrando en una de sus novelas más conocidas.