El Granada de Lorca, la ciudad "del misterio, la sangre, la muerte, el cielo y la vida"

Un paseo por los lugares donde Lorca encontró su lenguaje, su tristeza y su erotismo.

La ciudad que dio origen al lenguaje de Lorca
La ciudad que dio origen al lenguaje de Lorca / Istock / syolacan

Granada fue, para Federico García Lorca, más que una ciudad: fue una herida con forma de patio andaluz, un hogar imposible, una promesa de belleza y castigo. Desde su casa en Fuente Vaqueros —donde nació en 1898— hasta la Huerta de San Vicente, donde pasaba los veranos y escribió buena parte de Romancero gitano y Bodas de sangre, Lorca recorrió Granada con una mezcla de ternura y espanto. Decía: “En Granada se encierran todas las cosas que a mí me interesan: el misterio, la sangre, la muerte, el cielo y la vida”.

La Alhambra en invierno, Granada

La Alhambra en invierno, Granada

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Pero si uno quiere entender al Lorca más hondo —el del deseo contenido, la culpa católica, la mirada poética y homosexual sobre el mundo— hay que perderse por la ciudad como si las aceras fueran versos, las farolas rimas. Mirar no como turista sino como testigo. Subir por el Realejo, antiguo barrio judío donde vivía su amigo y amor imposible Emilio Aladrén, y seguir hasta el Albaicín, donde el tiempo parece que no ha querido pasar del siglo XV. Allí, entre cármenes, cipreses y callejones de cal, Lorca encontró los símbolos de su obra: la luna, el cuchillo, la mujer encerrada.

Adriana Fernández

La Universidad de Granada, donde Lorca comenzó Derecho y se aburrió mortalmente, fue también el lugar donde conoció a quien sería su mentor, el profesor Fernando de los Ríos. Fue él quien lo animó a viajar a Madrid, y más tarde a Nueva York. Pero antes de huir, Lorca ya escribía con un andalucismo distinto: no el folclore pintoresco que tanto gustaba en la capital, sino un lenguaje oscuro, musical, lleno de dolor. Granada no era postal para él: era cuerpo y deseo.

Uno puede seguir los pasos de ese deseo si se acerca al Café Alameda, donde se reunían los miembros de la tertulia El Rinconcillo. Allí, entre poetas y pintores, Lorca brillaba y sufría. También en el paseo de los Tristes, donde el agua del Darro lleva siglos repitiendo los mismos secretos. O en la Alhambra, donde escribió Poema del cante jondo y confesó, en una carta a Melchor Fernández Almagro, que “el misterio mora en el agua estancada de sus albercas”.

La Alhambra en Granada

La Alhambra en Granada

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El erotismo de Lorca no se entiende sin Granada. No el erotismo explícito, sino ese temblor que hay en El público o en Sonetos del amor oscuro, escritos en parte entre la Huerta de San Vicente y la Residencia de Estudiantes. La represión franquista y el miedo social obligaron a ocultar muchos de estos textos hasta los años ochenta. Hoy, sin embargo, sabemos que ese amor oscuro era también parte de su identidad, tan fundida con la ciudad que incluso su asesinato —en agosto de 1936, en el barranco de Víznar— parece una prolongación lógica de ese destino trágico.

Barrio del Albaicín, Granada

Barrio del Albaicín, Granada

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Pasear por Granada hoy es una forma de leer a Lorca con los pies. Sentarse en la Huerta de San Vicente, que ahora es museo, y ver la silla de anea junto al piano. O escuchar a Enrique Morente cantando sus versos en el Sacromonte. Porque Granada no ha cambiado tanto: sigue siendo esa ciudad bella y violenta, donde el deseo duele y la poesía tiene acento andaluz. Lorca encontró allí su lenguaje. Pero también su tristeza. Y su cuerpo.

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