Todos van a Frigiliana, pero pocos conocen el pueblo blanco donde el agua corre por las calles: es Bien de Interés Cultural y tiene arquitectura bereber
El agua no decora este pueblo: lo construyó. Aquí las acequias que bajan desde Sierra Nevada siguen haciendo el mismo trabajo que hace ochocientos años.

Un pueblo en el que el agua, literalmente, recorre sus calles. / Istock
Se oye antes de verse. Un murmullo constante, casi subterráneo, que acompaña cualquier paseo por el centro del pueblo y que solo se identifica cuando uno se detiene: es agua corriendo por un canal de piedra, justo por el centro de la calle Verónica, camino de algún huerto que la espera ladera abajo. No es una fuente ornamental ni un guiño turístico. Es la acequia que ha regado esta ladera de la Alpujarra desde que aquí vivían quienes construyeron las casas que todavía hoy siguen en pie.

Vista de una famosa y turística calle de Pampaneira / Istock
Ese pueblo es Pampaneira, en la provincia de Granada, colgado a algo más de mil metros de altitud en el barranco de Poqueira, la ladera sur de Sierra Nevada. Apenas supera los 300 habitantes y, junto a Bubión y Capileira, forma un conjunto declarado Bien de Interés Cultural en 1982, con la categoría de Conjunto Histórico-Artístico. No hace falta buscar demasiado para encontrar sus fotografías en cualquier ranking de pueblos bonitos de España. Lo que rara vez se cuenta es por qué su trazado es así, y por qué el agua, lejos de ser un detalle pintoresco, es la clave que explica todo lo demás.

Adriana Fernández
La herencia que dejaron los que se fueron
Pampaneira se levantó como la dejaron los últimos moriscos antes de su expulsión definitiva en 1609. No hay planos rectos porque nunca los hubo: las calles siguen la pendiente del terreno, se cruzan en ángulos imposibles y a menudo terminan en una escalera o en un callejón sin salida que obliga a desandar el camino. Es un trazado pensado para el desnivel, no para el tránsito rodado, y ahí radica buena parte de su carácter.

Pampaneira, en la región de Alpujarra de Granada / Istock
La seña de identidad más reconocible son los tinaos: pasadizos cubiertos que conectan una casa con la de enfrente por la parte alta, con una habitación construida encima. Sirven para ganar espacio habitable y, de paso, para protegerse del frío y de la nieve en invierno. A eso se suman las chimeneas de sombrerillo, esas piezas cilíndricas rematadas con una losa plana que corona los tejados y que rompen la horizontalidad de las terrazas encaladas. La oficina de turismo local suele establecer el paralelismo con las montañas del Rif marroquí, y no es casual: la arquitectura de la Alpujarra bebe directamente de la tradición bereber que trajeron los repobladores llegados de esa zona tras la Reconquista, y que a su vez heredaron técnicas de construcción adaptadas a climas de montaña similares.

Acequia en las calles de Pampaneira. / Istock
Caminar por Pampaneira es, en ese sentido, caminar por un documento vivo. Las casas de dos alturas, encaladas hasta el último rincón, se escalonan siguiendo la ladera sin apenas dejar hueco entre ellas, y es fácil perder la orientación entre calles que a veces no llegan a los dos metros de ancho.
El agua que sigue trabajando
Nada de esto se sostiene sin el agua. El deshielo de las cumbres del Veleta y el Mulhacén alimenta un sistema de acequias que nace en la Fuente del Cerrillo, pasa junto al antiguo lavadero público, desciende por la calle Estación y llega hasta la calle Verónica, donde el canal corre literalmente por el centro del empedrado hasta desembocar en un mirador con vistas al barranco. No es la única acequia del pueblo, pero sí la más fotografiada, y probablemente la más incomprendida: quien la ve como un capricho decorativo se pierde lo esencial.

Pampaneira con sus estrechas y empinadas calles / Istock
Este entramado hidráulico sigue cumpliendo su función original. Riega huertas, regula el ciclo del agua en toda la comarca y sostiene los corredores de vegetación que dan vida a buena parte de la biodiversidad del barranco. Es infraestructura heredada de los tiempos en que Pampaneira formaba parte de un sistema agrícola andalusí que aprovechaba hasta la última gota de un recurso escaso, y que aquí nunca dejó de usarse. La declaración como Bien de Interés Cultural en 1982, compartida con Bubión y Capileira, reconoce precisamente ese conjunto: no solo las fachadas blancas, sino el paisaje construido alrededor del agua. En primavera, cuando el deshielo aprieta, el caudal sube y el sonido se hace todavía más presente por todo el pueblo.

Pintoresca plaza del pueblo en Pampaneira / Istock
Cómo llegar y qué no dejar pasar
Pampaneira queda a poco más de una hora en coche desde la capital granadina, por la carretera que sube hacia la Alpujarra dejando atrás Lanjarón y Órgiva. El pueblo se recorre entero en dos o cuatro horas, lo justo para perderse sin prisa por sus calles y detenerse en la plaza de la Libertad, punto de arranque de buena parte del callejero, donde está la Fuente de San Antonio, conocida por los vecinos como "la Chumpaneira".

Calles de Pampaneira. / Istock
Para quien quiera algo más que un paseo, el Sendero de los Pueblos del Poqueira es la opción natural: una ruta circular señalizada que enlaza Pampaneira, Bubión y Capileira en unos 9,4 kilómetros y tres horas y media de caminata, de dificultad media, ideal para completar en una mañana. La primavera y el otoño son las mejores épocas para hacerlo, tanto por el clima como por ver las acequias con más fuerza; en verano conviene evitar las horas centrales, aunque la altitud suaviza el calor respecto al resto de Andalucía, y en invierno no es raro encontrar nieve en las zonas más altas del recorrido.
A la hora de comer, el Restaurante Ruta del Mulhacén, a la entrada del pueblo, en una segunda planta con terraza asomada al valle del Poqueira y a las cumbres del Mulhacén, es una parada segura para probar la cocina alpujarreña sin artificios: recetas de tradición familiar, con producto local y de temporada, donde el plato alpujarreño y las migas suelen ser los platos que más se repiten en las mesas. Y para el capricho dulce, la tienda de chocolate artesano del pueblo —con varias decenas de variedades— es casi parada obligada antes de volver al coche.
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