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La ermita más bonita del mundo está en la boca de un volcán en Cataluña: perfecta para otoño y con una ruta de senderismo entre robles y encinas

Hay una iglesia en España a la que solo se llega bajando al fondo de un cráter, entre paredes de lava apagada hace casi once mil años.

Es una de las ermitas más peculiares y bonitas del mundo, y está en Cataluña.

Es una de las ermitas más peculiares y bonitas del mundo, y está en Cataluña. / Istock

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El camino arranca en un bosque de robles y encinas, se estrecha, pierde altura entre paredes de roca oscura y termina, de golpe, en una llanura circular y verde que no tiene nada alrededor que distraiga: ni casas, ni carreteras, ni otro edificio. Ese agujero en el paisaje lleva sin temblar, sin humear, sin dar ningún susto, unos once mil años. Y en el centro exacto de esa calma hay una iglesia con gente dentro, un altar, velas encendidas y, algún domingo de octubre, una misa con poca gente y mucha luz entrando por la puerta.

Una ermita en una de las zonas volcánicas más espectaculares de España.

Una ermita en una de las zonas volcánicas más espectaculares de España. / Istock

Lo curioso no es solo que alguien decidiera construir un templo ahí abajo, en la boca misma del volcán, donde la lógica dice que no debería crecer ni una amapola, sino que siga funcionando exactamente para lo que se construyó: bodas, misas, una procesión que cada año baja al pueblo cargando una talla a hombros. No es una ruina acondicionada para fotos. Se sigue rezando ahí, siglos después de que un terremoto tirara al suelo la primera versión del edificio.

La ermita más bonita del mundo está en Cataluña: construida en la boca de un volcán, románica y perfecta para visitar en familia

Adriana Fernández

Se llama ermita de Santa Margarida de Sacot, está en el término de Santa Pau, en plena Garrotxa, y ocupa el interior del cráter del volcán de Santa Margarida.

Uno de los lugares más fascinantes de Cataluña

Lo primero que se reconoce al llegar es el ábside románico: semicircular, de piedra tallada con la sobriedad típica del románico rural catalán, con ese aire de llevar ahí desde siempre que solo tienen los edificios que efectivamente lo han estado. Junto a él, un pequeño pórtico, también original. Son, literalmente, las dos piezas que sobrevivieron.

Ermita en el volcán Santa Margarida

Ermita en el volcán Santa Margarida / Istock

El resto del edificio, formado por una nave de una sola planta, sencilla y casi sin ornamento, es obra de 1865. Dos terremotos, en 1427 y 1428, derribaron la construcción original, levantada según el inventario del patrimonio de la comarca a finales del siglo XII, y lo que se reconstruyó después no intentó imitar nada: es una nave honesta, de piedra bien escuadrada, pensada para aguantar, no para impresionar. El contraste entre el ábside románico y la nave del XIX se nota a simple vista, y es parte de lo que hace interesante el conjunto: no es un edificio de una sola pieza ni de una sola época, es la suma de dos intentos de quedarse en el mismo sitio.

Ermita en el volcán de la Garrotxa.

Ermita en el volcán de la Garrotxa. / Istock

Sobre el altar hay una talla de la Virgen que es una reproducción. La original, del siglo XIV, se conserva por motivos de conservación en el Museo Diocesano de Girona. La tradición local hace arrancar la devoción de un hallazgo: la imagen habría aparecido dentro del propio cráter, lo que explicaría por qué alguien decidió, hace siglos, que ese hueco en la tierra merecía un altar.

Un prado verde... en la cima de un volcán

El volcán de Santa Margarida no impone por altura, ya que no llega a los 700 metros, sino por forma: un cono con una boca de unos dos kilómetros de perímetro, que se abrió cuando el magma se encontró con un acuífero subterráneo y reventó hacia fuera en lo que los geólogos llaman una erupción freatomagmática. Eso ocurrió hace unos once mil años. Desde entonces, nada: ni un temblor, ni una fumarola, ni un motivo para que nadie piense dos veces antes de bajar.

Un volcán convertido en un frondoso bosque con un prado verde.

Un volcán convertido en un frondoso bosque con un prado verde. / Istock

Y hay que bajar. El interior del cráter no es lo que uno imagina cuando piensa en un volcán, con roca quemada y nada vivo. Es una llanura circular, cubierta de hierba, rodeada por una pared de bosque que sube en todas direcciones, como si alguien hubiera encajado un prado dentro de un anfiteatro. La ermita de Santa Margarida está justo en el centro, sola, sin nada alrededor que le compita. La sensación de que el paisaje cambie de golpe, al pasar del bosque cerrado a un claro perfectamente delimitado por la propia geología, es lo que justifica la caminata, más que cualquier dato sobre el edificio.

La Garrotxa, Cataluña.

La Garrotxa, Cataluña. / Istock

La leyenda de la zona sitúa el hallazgo de la imagen original de la Virgen precisamente ahí abajo, en el fondo del volcán, y atribuye a ese hallazgo la decisión de levantar un templo en un sitio que, a priori, no tenía ninguna vocación religiosa. Sea o no exacta, la leyenda explica algo que de otro modo no tendría mucho sentido: por qué alguien, siglos atrás, decidió cargar piedra hasta el punto más incómodo posible de todo el término municipal.

Qué ver en los alrededores

Santa Pau, el pueblo del que depende administrativamente la ermita, tiene plaza porticada y casas que llevan ahí desde los siglos XIII y XIV, y funciona bien como parada antes o después de la caminata, sobre todo porque es donde se come. El plato de la zona es el fesol de Santa Pau, una alubia blanca con Denominación de Origen Protegida que se cocina tradicionalmente con butifarra y setas de temporada, otro producto que el otoño pone en su mejor momento. Cal Fesol, en el propio pueblo, lleva años siendo la referencia de esa cocina sin artificios: nada que ver con el registro de alta cocina que sí tiene, a pocos kilómetros, Les Cols, el restaurante de Fina Puigdevall en Olot, con sus dos estrellas Michelin y sus soles Repsol, pero tampoco lo necesita.

Vista de la Villa Medieval de Santa Pau, La garrotxa

Vista de la Villa Medieval de Santa Pau, La garrotxa / Istock

A poca distancia está el volcán del Croscat, el más joven de toda la península, cuya erupción se produjo hace unos once mil quinientos años, y el único que puede verse literalmente por dentro: una antigua cantera dejó al descubierto un corte transversal de su estructura, capa sobre capa de ceniza y lava, que ningún otro volcán de la zona muestra de forma tan directa. Y si sobra el día, Olot, la capital de la comarca, tiene un Museo de los Volcanes que explica de un tirón toda la geología que la ermita solo insinúa, además de una ruta modernista que poco tiene que ver con cráteres pero que compensa bien la tarde.

Volcán del Croscat

Volcán del Croscat / Istock

Queda, para cerrar, un dato que pone las cosas en su sitio: la última vez que ese volcán hizo algo parecido a lo que hacen los volcanes, es decir, temblar, expulsar materia y cambiar el paisaje de golpe, fue hace unos once mil años. Desde entonces, lo único que ha pasado ahí dentro han sido dos terremotos que tiraron un edificio, gente que lo volvió a levantar, y una Virgen que, según cuentan, apareció donde nadie la esperaba. Once mil años de calma geológica para terminar usándolos en ir a misa un domingo de octubre. Pocos sitios en España pueden presumir de una desproporción semejante entre lo que el terreno ha vivido y lo que el terreno ofrece hoy.