Dólmenes neolíticos, el hayedo más grande de Europa y pueblos de cuento: el viaje perfecto para otoño está en España
Solo la Selva Negra de Alemania supera en extensión a este lugar lleno de misterios muy cerca de la frontera con Francia.

La playa es al verano como la montaña al otoño. Y aunque es verdad que, cuando algo te gusta, te gusta independientemente del clima y la estación, no hay duda de que el momento para sumergirse entre árboles y perderse en el bosque es ahora.
España, que curiosamente es uno de los primeros países europeos en impulsar la conservación y defensa de su patrimonio natural (desde las primeras décadas del siglo XX), presume de un paisaje natural envidiable.
Obviamente no nos referimos a las ciudades ni a las grandes capitales, sino a las casi 300 reservas naturales, los 16 parques nacionales, los más de 150 parques naturales y otras figuras relevantes con las que se protege el rico paisaje español, tanto en la península como en las islas.

Casi cualquiera de ellos es una delicia para hacer una escapada, más en ese momento en el que el campo va tiñendo su paisaje de tonos ocres y dorados; más, si cabe, cuando se es aficionado al senderismo y el turismo de montaña. Pero, con permiso de la mayoría de estos rincones privilegiados, tenemos que decir que el otoño tiene nombre propio, y está en el norte de la península.
El bosque más extenso de toda Europa
Ponemos rumbo a esa zona que hay entre Navarra, los Pirineos y el suroeste de Francia. Como tres lados de una figura geométrica que en su interior esconde el segundo hayedo-abetal más grande y mejor conservado de toda Europa, solo superado por la Selva Negra de Alemania.

Sus 17.000 hectáreas son la casa de hayas centenarias, ejemplares históricos que viven rodeadas de abetos, robles, abedules, sauces, helechos y mucho musgo, por mencionar solo algunas de las especies que pueblan este bosque que parece encantado, sobre todo en otoño, cuando saca los colores como imitando al mejor y más llamativo cuadro impresionista.
De ocres a dorados, amarillos y anaranjados, incluso rojos, turquesas y azulados. Una gama cromática infinita y llena de matices que hacen de la Selva de Irati un lugar mágico, casi de cuento. Hay quien se atreve a decir que de cuento de hadas y hasta de hechiceros. Y no van desencaminados.

Primeros vestigios de la humanidad
Y es que hay un lugar perdido en el norte de la selva, en el término municipal de Orbaiceta, justo ahí donde la frontera entre Navarra y Francia se dan la mano, donde el paisaje boscoso se torna en clave de extensos pastos para el ganado. Y es ahí, en esa pradera que asoma como el claro de un bosque, donde se encuentra un yacimiento prehistórico directamente relacionado con los primeros vestigios de la humanidad.

Se trata de la Estación Megalíticia de Azpegi, un crómlech formado por un conjunto de dólmenes o menhires clavados en el suelo y organizados como en círculo. Lo más interesante es que lleva ahí desde la era neolítica y todo apunta a que su función podría ser de rito funerario. Pero el misterio está servido y solo el hecho de haber llegado hasta nuestros días parece cosa de brujería.
El bosque de los pueblos bonitos
Para adentrarse en la Selva de Irati, hay que buscar sus dos puntos de acceso. Además de Orbaiceta, conocido como la puerta natural de la Selva de Irati, el segundo acceso está en Ochagavía, reconocido como uno de los pueblos más bonitos de España y joya indiscutible entre los núcleos de población que se encuentran en el entorno del bosque.

Un encantador pueblo de pasado medieval, de calles empedradas y casas de piedra con portalones y hasta escudos de armas, coronadas con sus característicos tejados inclinados que le dan un marcado carácter tradicional. Adentrarse en el pueblo, a través de su histórico puente medieval, es como cruzar una puerta al pasado en medio de un bosque encantado. Porque eso es Irati, como un bosque mágico en el que hay que perderse al menos una vez en la vida. Si es en otoño, mejor.
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