Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

El convento más pequeño del mundo mide 72 metros cuadrados y está en un pueblo de Cáceres de 90 habitantes: lo construyó un santo que se negaba a tumbarse

Setenta y dos metros cuadrados para un convento entero. Lo levantó un hombre que dormía sentado, hora y media al día, en una celda donde no cabía ni estirado.

Un precioso convento oculto en un pueblo de 90 habitantes.

Un precioso convento oculto en un pueblo de 90 habitantes. / Istock

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Cabe un convento completo en menos de lo que mide un piso pequeño de ciudad: capilla, claustro, celdas, cocina, refectorio, todo embutido en setenta y dos metros cuadrados. Las puertas obligan a entrar agachado y de lado. El claustro mide un metro cuadrado, sostenido por cuatro columnas de madera sin desbastar. Y en el centro de todo ello, la clave: la celda del fundador no llegaba a cuatro pies y medio de larga, porque el hombre que la habitó no quería sitio ni para tumbarse.

Exterior del convento.

Exterior del convento. / Istock

No es una excentricidad de arquitecto ni un capricho de miniaturista. Cada medida de este edificio responde a la vida de quien lo mandó construir, un fraile extremeño que en cuarenta años apenas durmió hora y media al día y que lo hizo siempre sentado, con la frente apoyada en un maderillo clavado en la pared. Para llegar hasta él hay que dejar la carretera entre Cáceres y Plasencia, tomar un desvío hacia Coria y adentrarse en la dehesa, a poco más de un kilómetro del casco de Pedroso de Acim. Ahí, escondido entre encinas, está el convento de la Purísima Concepción de El Palancar.

Un paraíso junto al mar con prados tan verdes como los de Extremadura: el último refugio de Robe Iniesta

Adriana Fernández

Por dentro cabe en nada: los 72 metros cuadrados de El Palancar

Lo primero que descoloca al cruzar la puerta es la escala. Uno espera un cenobio convencional porque la fachada exterior, levantada mucho después, engaña y se encuentra con estancias donde apenas cabe una persona. El claustro de madera, de un metro cuadrado, se recorre en dos pasos; alrededor se disponen las celdas, con camas hechas de tablas donde todavía hoy duermen los frailes. La capilla, que es la sala mayor del conjunto primitivo, tiene 6,25 metros cuadrados y 3,50 de altura: cuando se oficiaba misa allí no cabían más que el sacerdote y su ayudante. Su cúpula está cubierta por un mosaico de teselas azules que la artista Magdalena Leroux realizó en 1962, el único guiño de color en un edificio hecho de piedra y madera.

Capilla del convento de El Palancar.

Capilla del convento de El Palancar. / Istock

El resto es una lección de austeridad llevada al límite. En el refectorio los frailes comían de rodillas, con las escudillas apoyadas en unos bancos de piedra pegados al muro, porque no había ni un mueble. La cocina tenía el fuego directamente en el suelo, en un rincón. De los cinco conventos que fundó su promotor, este es el único que sigue en pie. Se visita gratis, guiado por un fraile de la comunidad, en un recorrido breve de unos veinte minutos; no se cobra entrada, aunque se agradece un donativo para el mantenimiento. Cierra lunes y jueves y funciona con pases a horas fijas de mañana y tarde que cambian según la temporada, así que conviene llamar antes de plantarse en la dehesa.

Dentro del convento de El Palancar

Dentro del convento de El Palancar / Istock

El santo que se negaba a tumbarse

Se llamaba Juan de Garavito y Vilela de Sanabria, había nacido en Alcántara en 1499 y estudiaba leyes en Salamanca cuando lo dejó todo para hacerse franciscano; en la orden tomó el nombre por el que se le conoce, Pedro de Alcántara. Reformó la rama descalza de los franciscanos empujando la pobreza y la penitencia hasta un extremo que hoy cuesta imaginar. Comía poquísimo, caminaba descalzo con cualquier tiempo y, sobre todo, casi no dormía. Quien mejor lo contó fue Santa Teresa de Jesús, que lo trató hacia 1560 en Ávila y a la que él apoyó y aconsejó en sus horas más difíciles. En el capítulo 27 del Libro de la Vida dejó escrito que su celda "no era más larga de cuatro pies y medio" (Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida).

Exterior del convento del Palancar.

Exterior del convento del Palancar. / Istock

Ahí está la explicación del edificio entero: es diminuto porque el hombre que lo levantó vivía así. Su celda no es una habitación, sino el hueco que deja la escalera al subir al claustro alto, un rincón donde solo cabía sentado; hoy se ve tal cual, con una sencilla cruz de madera. A la entrada, una placa recoge las palabras con que Santa Teresa resumió cuarenta años de esa disciplina. El convento no es, por tanto, un récord curioso: es la huella física de una manera de estar en el mundo. Antes de canonizarlo en 1669, Roma tardó más de un siglo en poner nombre oficial a lo que aquí se palpa nada más agachar la cabeza para entrar.

Pedroso de Acim, la dehesa y lo que se come

El pueblo del que depende el convento es un puñado de casas a 467 metros de altitud, en la comarca de las Vegas del Alagón, con 90 vecinos censados. Merece bajarse del coche. La parroquia de Santa Marina guarda arcos góticos de cantería y dos tablas del siglo XVI; por las calles asoman los antiguos lavaderos públicos, los "pilones" donde se lavaba la ropa, y la llamada Máquina del tío Fabián, memoria de otra economía. En las afueras, la Peña de los Cenizos vigila un paisaje de dehesa y ribera que se camina bien: desde el pueblo arranca una ruta señalizada que baja hacia El Arco, entre encinas y los relieves de los Riberos del Tajo, y que enlaza con el propio convento.

Para comer, lo natural es quedarse junto al conventino: el restaurante El Palancar, de gestión familiar y con terraza sobre el campo, aparece en la Guía Michelin y ha hecho de las carnes a la brasa de encina su bandera, con asados de cabrito y cochinillo que hay que pedir por adelantado. Alrededor, la cocina extremeña de siempre resuelve cualquier hambre: migas, quesos de la tierra, la patatera untada en pan caliente. Después de una hora entre celdas donde los frailes comían de rodillas, sentarse a una mesa con vistas tiene algo de contraste buscado, y nadie lo reprocha.

Quien recorra estos metros entenderá que el tamaño no es aquí una anécdota, sino un retrato. Lo dejó dicho la mujer que mejor lo conoció: "Lo que dormía era sentado, y la cabeza arrimada a un maderillo" (Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida). El convento más pequeño del mundo es, en el fondo, la casa a medida de un hombre que no pidió más espacio del que necesitaba para rezar de pie.