La ciudad romana más bonita de España esta en Cataluña y cumple 25 años como Patrimonio de la Humanidad

Al arrullo de las sosegadas aguas del Mare Nostrum y bendecida por el hechizo que confieren más de 2.000 años de historia, Tarragona conmemora por todo lo alto veinticinco años como ciudad Patrimonio de la Humanidad por el conjunto arqueológico de Tarraco.

Un paseo por un lugar Patrimonio de la Humanidad que cumple 25 años.
Un paseo por un lugar Patrimonio de la Humanidad que cumple 25 años. / Istock / kemaltaner

Tarragona es similar a una cebolla cuyas capas se han ido creando a lo largo de los siglos a través de la mano del hombre. El oficio del arqueólogo consiste en analizar las partes de la cebolla que quedan al descubierto cuando se hace una obra o una reforma”. Con estas palabras nos recibe el catedrático Joaquín Ruiz de Arbulo en la Plaça de la Font, en pleno casco antiguo, y frente a la actual sede del Ayuntamiento de Tarragona. Ni por un fugaz despiste de la memoria imaginamos que estamos pisando el mismo suelo que acogió al antiguo circo romano de Tarraco: “Todos los edificios que están en los laterales de la plaza están construidos sobre las bóvedas de un circo romano”. Iniciamos así un viaje fascinante por una urbe viva, donde arqueólogos e historiadores no cesan en su empeño de seguir desvelando capítulos del que fuera uno de los puertos marítimos más ricos del Imperio romano.

Vista de la catedral al amanecer

Vista de la catedral al amanecer

/ David Rocaberti

La primera fundación de la Hispania romana (218 a. C.) y una de las últimas en dejar de serlo (476 d. C.) es mucho más que un legado histórico excepcional. En este delicioso enclave del litoral catalán, más de quince kilómetros de calas cristalinas dialogan con una gastronomía que ha sabido mantener la esencia de esta tierra milenaria: la gamba roja, el pescado azul, el romesco (ese guiso marinero que nació en las barcas de pescadores)... A todo ello se une un impresionante entorno natural, un clima suave durante todo el año y una ubicación privilegiada que convirtió a Tarraco en el objeto de deseo de todas las civilizaciones que transitaron por la Península. No es de extrañar que el mismísimo emperador Augusto la eligiera como lugar de residencia entre los años 27 y 25 a. C. y por primera vez gobernara su vasto Imperio desde fuera de Roma.

Tarragona no es una ciudad de paso

Sus humildes dimensiones y el enorme desconocimiento sobre su patrimonio son dos de las razones que conducen a muchos viajeros a un terrible equívoco: considerarla un lugar de paso. Para descubrir este destino es necesario invertir como mínimo dos o tres días. Como buenos descendientes romanos, no debemos dejar escapar la oportunidad de disfrutar de placeres mundanos como cenar bajo las bóvedas del circo o perdernos por los callejones del casco antiguo, donde se conserva intacta la esencia de la ciudad medieval. No vaya a ser que nos suceda como al famoso chef Apicio, autor del libro de cocina más antiguo que conocemos, De re coquinaria, que se suicidó por miedo a vivir privado del lujo del buen comer, cuando consideró insuficientes los sestercios que le quedaban. 

Fachada principal de la catedral.

Fachada principal de la catedral.

/ David Rocaberti

Un viaje a la era romana

Las bodas de plata de Tarragona como ciudad Patrimonio de la Unesco son el reclamo perfecto para visitar este destino. Imaginad una ciudad con unas dimensiones muy similares a las de la actual Tarragona, que se extendía desde una colina elevada hasta el puerto. La parte alta se dividía en tres terrazas: en el centro de la que se encontraba más arriba se erigió el templo de Augusto (siglo I d. C.); en la parte central, el foro provincial, epicentro de la vida política y administrativa de toda la provincia tarraconense. En la terraza más cercana a la parte baja de la urbe, se construyó el circo, el mayor edificio para espectáculos de la ciudad. A sus pies, se extendía un bullicioso barrio con sus insulae o bloques de apartamentos, sus almacenes portuarios, el foro de la ciudad con la basílica jurídica y el teatro con sus jardines. 

Sarcófago de Hipólito.

Sarcófago de Hipólito.

/ David Rocaberti

Aunque muchos de los yacimientos se encuentran en ruinas o en pleno período de excavación, en la actualidad es posible visitar los siguientes monumentos romanos: murallas, foro de la colonia, foro provincial, teatro, anfiteatro, circo, termas, lujosas villas suburbanas, el acueducto o Pont del Diable, grandes tumbas singulares, arcos honoríficos como el de Roda de Berà, la necrópolis paleocristiana del río Francolí o el majestuoso mausoleo de Centcelles, único en la Península Ibérica por su cúpula cubierta de mosaicos policromados figurados.

El circo romano o el enigma de la cebolla

Sorprende que el circo romano tuviera capacidad para acoger a casi 30.000 espectadores, a pesar de que la población de la ciudad apenas alcanzaba los 20.000 habitantes. Otro de los aspectos que sin duda erizan la piel del común de los mortales es descubrir que gran parte de las ruinas siguen ocultas bajo edificios construidos en el siglo XIX: la eterna historia de la cebolla. Muchas familias viven literalmente dentro de las bóvedas del circo romano. Hoy día es posible visitar el extremo oriental del antiguo hipódromo, donde además de la fachada monumental y las gradas, pueden contemplarse las bóvedas de Sant Hermenegild y de la calle Enrajolat. En la Plaça de la Font, la actual oficina de La Caixa no es tan solo una sucursal bancaria, sino una suerte de museo que exhibe restos del circo romano. A raíz de unas obras para remodelar un antiguo hostal, parte de la antigua estructura del hipódromo vio la luz y la Fundación La Caixa decidió sufragar la intervención arqueológica y respetar el monumento para construir la nueva oficina.

Estatua de César Augusto junto a la Torre del Pretorio

Estatua de César Augusto junto a la Torre del Pretorio

/ David Rocaberti

El anfiteatro romano: una joya oculta bajo una iglesia románica

Desde el popular Balcón del Mediterráneo, la panorámica que arrojan las antiguas piedras del coliseo fundiéndose con el infinito azul del océano es impagable. Este antiguo templo de los juegos romanos que una vez resonó con el clamor de las multitudes fue construido en el siglo II d. C. Uno de los aspectos que más cautivan la atención del visitante son las ruinas de una iglesia que descansa en la parte central del yacimiento. En realidad, se trata de dos iglesias superpuestas una encima de otra. Y es que en época visigoda (s. VII) se construyó una basílica en el mismo lugar de la arena donde San Fructuoso, obispo de la ciudad, y sus diáconos fueron ejecutados en el año 259.

Vomitorio del circo romano.

Vomitorio del circo romano.

/ David Rocaberti

En el siglo XII, se reconstruyó la urbe y en recuerdo de los mártires edificaron en el mismo lugar una nueva iglesia de planta y estilo románico. Lo que aconteció en los siglos posteriores, nos lo explica el catedrático Joaquín Ruiz de Arbulo: “La iglesia dio lugar a un convento extraurbano. Finalmente, se utilizó como una gran prisión en el siglo XIX y cuando esta fue abandonada, la demolieron para recuperar la iglesia martirial, aunque el uso de la pólvora propició la pérdida del techo de la iglesia románica. En los años sesenta se inició un plan de excavaciones que permitió que las ruinas del anfiteatro vieran de nuevo la luz. ¡Bienvenidos a la cebolla!”. En la actualidad, las partes conservadas del anfiteatro corresponden al graderío septentrional tallado en la roca, una parte del graderío meridional y una última fase reconstruida en los años 60 para completar la planta del edificio con las gradas para los espectadores.

Plaza de la Unesco.

Plaza de la Unesco.

/ David Rocaberti

Las murallas romanas

Otro de los grandes atractivos de este ilustrativo viaje a la Hispania romana son las antiguas murallas. En la parte alta de la antigua Tarraco se conservan prácticamente intactas las murallas romanas originales. Construidas en el siglo III a. C., su importancia radica también en que constituyen la primera gran obra romana fuera de Italia. Su perímetro original era de cuatro kilómetros. La parte más interesante se puede visitar en un cuidado Paseo Arqueológico, donde se exhiben lienzos perfectamente conservados que muestran el particular zócalo de bloques megalíticos, así como pequeñas poternas de acceso. Tal fue la importancia y popularidad de la muralla de Tarraco que Pedro Sancho, secretario del famoso conquistador Francisco Pizarro, en el primer relato escrito (s. XVI) de la conquista del Perú afirma: “(…) La ciudad de Tarragona tiene algunas obras en sus murallas hechas por este estilo, pero no tan fuertes ni de piedras tan grandes (...)”.

Pont del Diable

Pont del Diable

/ David Rocaberti

Los sabores del Imperio romano

¿Sabíais que los romanos disfrutaban de un recetario muy variado y conocían gran parte de las técnicas culinarias que se utilizan hoy en día? ¿Y que las mejores ostras, vinos y aceites que se consumían en el Imperio eran de Tarragona? La Asociación Tàrraco a Taula, presidida por el chef Moha Quach, propietario del restaurante El Terrat (1 sol Repsol 2024), es un interesantísimo proyecto que nació en 1996 a través de un colectivo de cocineros locales. Una ardua investigación histórica y el apoyo de expertos en la materia han hecho posible la proeza de adaptar las antiguas recetas de cocina romanas a la era actual mediante las técnicas culinarias modernas. Quach nos explica que “la regla principal para pertenecer a ella es que no se pueden utilizar ninguno de los ingredientes importados de América: cacao, tomate, maíz, patata o azúcar, entre otros”.

Ruinas del anfiteatro romano de noche

Ruinas del anfiteatro romano de noche

/ David Rocaberti

El naturalista Plinio el Viejo catalogó a Tarraco como “Colonia Tarraco, obra de los Escipiones”, en referencia a la fundación de la ciudad como una base militar en lo alto de una colina (218 a. C.). Más de doscientos años después, el historiador, viajero y poeta Lucio Floro la describió con estas palabras: “Lo cierto es que ahora, después de mi larga estancia aquí, esta ciudad me gusta (…). Verás en ella, oh huésped y amigo, gentes honestas, sobrias, tranquilas (…). Un clima particularmente benigno atenúa el rigor de los cambios de estación (…)”. Más de veinte siglos después de su fundación, esta localidad catalana sigue siendo un testimonio vivo de que la historia no solo se estudia en los libros, sino que se respira en cada esquina, se saborea en cada plato y se contempla en cada irrepetible atardecer del Mare Nostrum.

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