La ciudad medieval mejor conservada de España tiene una muralla de 2.516 metros hecha con piedra romana: es Patrimonio de la Humanidad y tiene "el mejor chuletón de Castilla"
El recinto amurallado de Ávila, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985, integra sillares romanos en sus cimientos y una catedral gótica en su estructura defensiva.

Es uno de los monumentos más importantes de Europa, y uno de los menos conocidos de España. / Istock
En las hiladas más bajas del muro, si uno se agacha y mira con calma, todavía se distinguen bloques con inscripciones latinas medio borradas. Hablamos de estelas funerarias, lápidas que en su día señalaron tumbas, y que algún maestro de obras del siglo XII decidió que servían mejor defendiendo la ciudad que recordando a los que ya no podían protegerla. Nadie sabe si aquello respondió a la prisa, al ahorro o a un pragmatismo medieval que no se paraba en sutilezas, pero hoy el gesto sigue ahí, en la base de un recinto que espera en pie a sus visitantes.

Vista panorámica de la histórica ciudad de Ávila desde el mirador de cuatro postes. / Istock
Y ese gesto, coger lo viejo y convertirlo en algo que aguante, no se quedó en el siglo XII; hoy la ciudad mantiene su despensa, sus fiestas, la manera en que cuenta su propia historia a quien llega buscando torreones y se marcha hablando de las maravillas que ha probado sobre la mesa, porque Ávila es mucho más que la piedra que la envuelve.

Redacción Viajar
La muralla y sus piedras prestadas
Repartidos en un cinturón casi cerrado alrededor del casco viejo, se extienden dos mil quinientos dieciséis metros de perímetro de ura piedra, según recoge la propia web de turismo de la ciudad y confirma la de Castilla y León, manteniendo la cifra intacta. Lo que sí varía según quién cuente es el número de torreones, tomando como fuente oficial municipal el testimonio de la propia ciudad, que asegura 87 distribuidos junto a nueve puertas monumentales, entre ellas la del Alcázar y la de San Vicente. El grosor medio del muro ronda los tres metros, la altura los doce, y la fecha en que todo fue construido, en torno al siglo XII, sobre restos anteriores, puesto que en las hiladas bajas se reutilizaron sillares y estelas funerarias de origen romano, un hallazgo que, lejos de casual, se descubrió una decisión constructiva tomada en la Edad Media. Podrás notar la diferencia en la talla de los bloques romanos, diferente a los demás, más limpia, casi elegante en contraste con la piedra berroqueña que los rodea.

Muralla de Ávila desde la lejanía. / Istock
Hoy, recorrer el adarve a pie sigue siendo la mejor manera de entender esto. Hay tramos accesibles desde la Casa de las Carnicerías, junto al ábside de la catedral, y desde las puertas del Alcázar y del Carmen. Desde arriba se ve la ciudad hacia dentro, con sus tejados apretados, y hacia fuera, con la llanura castellana extendiéndose sin prisa, y en cualquier caso se entiende que la muralla, como entonces, no es solo un elemento más en el esqueleto urbano, es la moneda de cambio, cara y cruz de una misma región con vistas muy diferentes según el lado que observes.

La catedral de Ávila. / Istock / Luis Leamus
Una ciudad que vive dentro de un monumento
En 1985, como reconocimiento a la Ciudad Vieja de Ávila, así como su patrimonio religioso extramuros, la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad, un título internacional muy por encima de la categoría de Bien de Interés Cultural, con la que también cuenta, en este caso española y jerárquicamente distinta. En el interior del recinto, la catedral gótica se presenta literalmente integrada en la muralla, formando parte, como otro torreón, de su cabecera defensiva, algo poco habitual incluso entre las ciudades amuralladas de Europa. Mientras tanto, en sus alrededor, espera una colección de palacios señoriales, conventos y el trazado del antiguo barrio judío, que llegó a representar hasta un tercio de la población de la ciudad amurallada en su momento de mayor esplendor medieval.
Caminar el casco histórico no requiere ruta fija, dada puerta abre a un ángulo distinto de la misma ciudad: por el Alcázar se entra a la plaza mayor y al bullicio comercial, por San Vicente se llega antes a la basílica que le da nombre, por el Carmen se accede a un tramo más silencioso, de callejones estrechos que todavía conservan el trazado medieval sin apenas retoques. Ávila continúa hoy viviendo en una muralla, y las calles, hechas para el paso y no para la conducción recuerdan esta tradición y, con ella, su pasado.

Catedral de Avila, Castilla y León / Sergey Dzyuba
A las afueras del recinto, en el humilladero de los Cuatro Postes, se encuentra el mejor mirador exterior, el ángulo de las postales. Dentro, la Basílica de San Vicente guarda uno de los conjuntos románicos más completos de la ciudad, con un sepulcro tallado que merece más tiempo del que suele dársele. Y en el trazado del antiguo barrio judío, entre calles que apenas han cambiado de anchura desde la Edad Media, se respira una quietud distinta a la del resto del casco, más recogida.
La mesa que compite con la piedra
Pero al hablar de monumentos no podemos dejar atrás su rica gastronomía, y menos aún el producto que destaca entre la mesa: el chuletón de Ávila tiene denominación oficial -IGP Carne de Ávila, corresponde a la raza avileña-negra ibérica y está registrada a nivel europeo, con ficha propia en el Ministerio de Agricultura-. El corte estrella es precisamente el chuletón, y uno de los sitios donde se puede probar con garantías es el restaurante Piedras Albas, dentro del Parador de Ávila, recomendado por la Guía Michelin y con el plato confirmado en carta.

Parador de Ávila / © Paradores de Turismo S.M.E., S.A.
Junto a la carne, la otra gran bandera gastronómica de la provincia son las judías del Barco de Ávila, también con IGP propia. Aquí hay que ser precisos: la denominación corresponde a la comarca de El Barco de Ávila-Piedrahíta, no al núcleo amurallado que estamos recorriendo, así que no conviene mezclar ambos productos como si compartieran origen exacto. Lo que sí comparten es la lógica de esta ciudad: presumir tanto de su parrilla como de su piedra, sin que una eclipse a la otra.

Chuletón de Ávila en el parador de la ciudad. / © Paradores de Turismo S.M.E., S.A.
En lo dulce, la ciudad tiene nombre propio: las yemas de Santa Teresa, hechas con yema de huevo y azúcar, envueltas en su papel rizado característico. La confitería La Flor de Castilla, fundada en 1860 en la Plaza de Santa Teresa de Jesús, fue la primera en comercializarlas bajo ese nombre y sigue siendo el punto de referencia para quien quiera probarlas donde nacieron, no en una caja de souvenir cualquiera.
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