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La ciudad más bonita de España es la que Unamuno llamó “un diamante de piedra dorada por soles de siglos y siglos de soles”: declarada Patrimonio de la Humanidad y Conjunto Histórico-Artístico

Una ciudad amurallada que es como un libro de historia que guarda entre sus piedras el alma del Castilla: una tierra que inspiró a Santa Teresa, deslumbró a Unamuno y que sigue enamorando a quienes la descubren por primera vez.

Una preciosa ciudad de Castilla y León que te enamorará tanto como a Unamuno.

Una preciosa ciudad de Castilla y León que te enamorará tanto como a Unamuno. / Istock

Hay ciudades que se explican con datos y ciudades que solo se entienden contemplándolas. Y esta ciudad pertenece a la segunda categoría. Situada a 1.132 metros sobre el nivel del mar —la capital de provincia más alta de España—, asentada sobre un promontorio rocoso a orillas del río Adaja, su trazado urbano, típicamente medieval, está compuesto por una red irregular de calles estrechas y sinuosas, muchas de las cuales desembocan en plazoletas. El viajero que llega por primera vez a Ávila experimenta algo que los siglos no han podido borrar: la sensación de haber retrocedido en el tiempo. Sus murallas, sus iglesias románicas, sus palacios nobiliarios y la sombra alargada de su catedral gótica componen un conjunto único que ha conservado íntegramente su muralla medieval, con una densidad de monumentos civiles y religiosos intramuros y extramuros de extraordinario valor.

La ciudad de la que se enamoró Unamuno tiene una de las murallas más espectaculares de España

La ciudad de la que se enamoró Unamuno tiene una de las murallas más espectaculares de España / Istock / Eliza Snow

Nada en Ávila es casual. Cada piedra tiene historia, y muchas de esas historias se entrelazan con los grandes episodios de la España medieval. La ciudad posee los títulos de “Ávila del rey”, “Ávila de los Leales” y “Ávila de los Caballeros”, concedidos por Alfonso VII, Alfonso VIII y Alfonso XI respectivamente. Conocida también como “ciudad de cantos y de santos” —en referencia tanto a sus piedras como a su legado espiritual—, fue cuna de Santa Teresa de Jesús, la gran mística del siglo XVI, cuya huella impregna cada rincón de la ciudad. La antigua Ciudad de Ávila conserva un rico legado patrimonial y espiritual que no ha dejado indiferente a ningún visitante ilustre a lo largo de los siglos, desde reyes y papas hasta los más grandes escritores de la lengua española.

El pueblo de Ávila que parece sacado de La Bella y la Bestia: sus calles son como pasear por un cuento

Adriana Fernández

Ávila es un diamante de piedra berroqueña dorada por soles de siglos

Cuando Miguel de Unamuno llegó a Ávila y la contempló desde la distancia, encontró las palabras que ningún libro de viajes había sabido formular antes. En su obra Andanzas y visiones españolas (1922), el rector de Salamanca escribió uno de los fragmentos más hermosos de la literatura de viajes española: “Viendo a Ávila se comprende cómo y de dónde se le ocurrió a Santa Teresa su imagen del castillo interior y de las moradas y del diamante. Porque Ávila es un diamante de piedra berroqueña dorada por soles de siglos y por siglos de soles.” La metáfora, perfecta en su precisión, captura algo que los datos turísticos nunca podrán: la calidad de esa luz especial que baña las murallas de granito al atardecer, cuando el sol las tiñe de un ocre y un dorado que parece emanar de las propias piedras.

Murallas de la ciudad de Ávila.

Murallas de la ciudad de Ávila. / Istock

La imagen que Unamuno empleó no nació de la nada. El escritor bilbaíno estableció un diálogo entre dos genios castellanos que habían encontrado en Ávila su inspiración: Santa Teresa, que en Las Moradas comparó el alma con “un castillo todo de un diamante o muy claro cristal”, y él mismo, que al contemplar las murallas comprendió de dónde había surgido aquella visión.

En el mismo pasaje, Unamuno describe la primera vez que la ciudad se le apareció: la vio encendida por el fulgor rojo del ocaso, con sus murallas color bermejo por la luz, la basílica de San Vicente fuera del recinto y la torre cuadrada de la catedral dominando la escena. “Y todo ello parecía una casa, una sola casa —escribió—, Ávila la Casa.” La imagen resulta aún más poderosa si se tiene en cuenta que Unamuno nunca fue un escritor dado a los elogios fáciles. Sus palabras sobre Ávila, extraídas de un capítulo titulado precisamente Frente a Ávila, revelan una ciudad que no solo impresiona visualmente, sino que interpela al espíritu. Para Unamuno, Ávila era inseparable del paisaje teresiano, de esa Castilla austera y contemplativa que él tanto amó y que consideraba el alma profunda de España.

Vista de Ávila, con su imponente muralla.

Vista de Ávila, con su imponente muralla. / Istock / William Perry

Una ciudad para el viajero curioso: qué ver, qué comer, cómo llegar

El primer paso para cualquier visita a Ávila es subirse a sus murallas. Se puede acceder a buena parte de ellas, concretamente 1.400 metros de su longitud son transitables, y recorrer su adarve. Hay cuatro puntos de acceso: Casa de las Carnicerías (cerca de la catedral), el Arco del Carmen, la puerta del Puente y la puerta del Alcázar. Caminar por lo alto de la muralla, con el casco histórico a un lado y la vasta llanura castellana al otro, es una experiencia difícil de olvidar.

Vista de la catedral de Ávila.

Vista de la catedral de Ávila. / Istock / jan kranendonk

La muralla se extiende a lo largo de 2,5 km, con una altura de 14 metros y un espesor de 3, y en ella sobresalen a intervalos un total de 87 poderosas torres semicirculares. Antes de entrar en la ciudad, sin embargo, conviene detenerse en los Cuatro Postes, el mirador situado al otro lado del río Adaja, desde donde se contempla el panorama completo de Ávila: exactamente la misma vista que deslumbró a Unamuno y que Santa Teresa conoció de niña, cuando según la tradición escapó con su hermano en busca del martirio entre los moros.

Interior de la Catedral de Ávila.

Interior de la Catedral de Ávila. / Istock / Jan Kranendonk

Dentro del recinto amurallado, la Catedral del Salvador merece una visita larga. Considerada la primera catedral gótica de España, tiene la peculiaridad de que su ábside —el cimorro— forma parte de la propia muralla, siendo uno de sus cubos defensivos más robustos. Entre los edificios civiles notables se encuentran la Casa de los Dávila, la Casa de los Núñez Vela, el Palacio de los Águila, el Palacio de los Velada y el Torreón de los Guzmanes. El Real Monasterio de Santo Tomás, situado extramuros, es otra parada obligada: construido a finales del siglo XV sobre un antiguo osario judío, fue la primera sede de la Inquisición española y alberga hoy un sorprendente Museo de Arte Oriental junto a un precioso claustro tardo-gótico. Los amantes de Santa Teresa tienen además un circuito propio que recorre los conventos y lugares vinculados a su vida: el Convento de la Encarnación, donde vivió casi treinta años como monja, y el Convento de San José, el primero que ella fundó.

Vista de la muralla de Ávila.

Vista de la muralla de Ávila. / Istock

En cuanto a la gastronomía, Ávila es famosa en toda España por la calidad de su carne de vacuno: el chuletón de ternera abulense, con denominación de origen propia, la Indicación Geográfica Protegida (IGP) Carne de Ávila, es uno de los platos más célebres de Castilla.

El lechazo asado al horno de leña, las judías del Barco de Ávila —legumbre protegida con Indicación Geográfica Protegida— y las yemas de Santa Teresa, el dulce conventual más conocido de la ciudad, completan una oferta gastronómica de notable arraigo.

Chuletón de Ávila.

Chuletón de Ávila. / Istock

Por último, quien visita Ávila no debería marcharse sin alejarse un poco hacia la Sierra de Gredos, el macizo montañoso que el propio Unamuno amó profundamente y que domina el horizonte sur de la ciudad. Sus cumbres nevadas, sus lagunas glaciares y sus bosques de robles y pinos ofrecen un contrapunto natural de extraordinaria belleza al rigor pétreo de la ciudad. La laguna Grande de Gredos, el circo glaciar del Almanzor y los pueblos de la comarca —Arenas de San Pedro, El Barco de Ávila— son destinos perfectos para completar una escapada que une cultura, historia y naturaleza en uno de los paisajes más auténticos de la Península.