El científico más importante de su siglo cayó de rodillas al ver este valle español: hoy un mirador lleva su nombre en el punto exacto donde se detuvo
Este valle enamora a todo el que lo ve por su magia, tal y como le ocurrió al científico y naturista Humboldt.

El valle que enamoró a Humboldt está en la isla canaria de Tenerife / Istock / HORST GERLACH
Antes de los estudios de Alexander von Humboldt, la ciencia occidental creía que la naturaleza era una colección de piezas aisladas y estáticas, plantas, animales y minerales independientes que el ser humano estaba destinado a dominar. El científico alemán revolucionó este pensamiento al demostrar que la naturaleza es un gran sistema interconectado. Entre sus muchas expediciones por el mundo, se adentró en Tenerife, Canarias, y quedó completamente asombrado.
Escribió de la isla con la sensibilidad de un poeta, a pesar de hacerlo sobre temas puramente científicos. Era 1799 cuando Humboldt atracó en la rada de Santa Cruz, tras una visita muy corta a La Graciosa, con todos sus instrumentos de medición, y escribió: "Descubrimos la Punta de Anaga, pero el pico de Tenerife, el Teide, permaneció invisible. Al disiparse la bruma se pudo contemplar la cumbre del volcán, por encima de las nubes".

Redacción Viajar
Ese fenómeno es lo que se llama panza de burro y aquello fue una de las maravillas que fascinó al naturista. En ese momento, las islas Canarias eran una suerte de laboratorio donde se probaban los cultivos traídos de las Américas antes de enviarlos a la península. Pasó allí seis días, en Santa Cruz, La Laguna, Puerto de la Cruz, el valle de Orotava y el Teide. Y fue ese precioso valle ante el que, según se cuenta, cayó de rodillas en cuanto lo vio.
El valle que impresionó al naturista más importante de su época
Después de atravesar el valle de Tacoronte y atravesar los caseríos de La Matanza y La Victoria, arribó en el Puerto de La Orotava, que hoy se conoce como Puerto de la Cruz. Visitó el Jardín Botánico o de Aclimatación, el segundo más antiguo de España tras el de Madrid, también fundado por Carlos III en el siglo XVIII. Humboldt interpretó aquel lugar como un prólogo de lo que encontraría en América, pero siendo una naturaleza más domesticada.

El Puerto de la Cruz, antiguamente, Puerto de La Orotava / Istock / rusm
Ya en La Orotava dibujó el drago milenario de 20 metros de alto y 24 de diámetro que estaba en los jardines versallescos de la casa Fanchi. Y por fin llegó al valle de La Orotava, donde contempló el Atlántico, la pared rocosa de Tigaiga y, en el fondo, el Teide. Actualmente, se encuentra el Mirador de Humboldt, haciendo honor al respeto con el que el científico se adentró en la belleza más pura y natural de cada rincón de la isla tinerfeña.

Las vistas desde el Mirador de Humboldt en La Orotava / Istock / Kirk Fisher
Desde allí, se observan cinco pisos geobotánicos: el primero hasta los 500 metros de altitud, donde están las personas, las palmeras, las plataneras y los viñedos; el siguiente hasta los 1.750 metros, con laureles y fuentes; por encima de eso, los pinos; y a partir de los 2.300 metros, las retamas y gramíneas. Y eso fue una de las tantas características que hizo que recordara Tenerife durante toda su vida, como cualquier viajero que lo visita.

El Mirador de Humboldt en Tenerife / Istock / Santi Rodriguez
La sorpresa ante el Teide
Antes de ascender al Teide, otro de los puntos que le atraía especialmente, siguió el Camino de Chasna, una antigua cañada que unía la isla de norte a sur. Un sendero que pasa por el barranco del Dornajito y acaba en el Portillo, en las Cañadas del Teide, por donde se entraba al Parque Nacional y hoy se hace en coche. Por esta parte, una vía bordea la Montaña de los Tomillos hasta alcanzar la Montaña Blanca, culminada por una cumbre de color basalto.

El Teide visto desde la formación rocosa Roque Cinchado / Istock / DaLiu
En lo alto del cono del Teide, Humboldt analizó la refracción de los rayos solares, la transparencia del aire, la visibilidad del horizonte y la formación de la bruma, quedando atónito ante tan grandeza. De hecho, subió más alto que los primeros aeronautas europeos con sus globos. Hoy Humboldt cuenta con una estatua en uno de los lugares que podrían haber sido de sus favoritos en el mundo. Un prefacio de América, el preámbulo desconocido de una tierra aún más ignota.
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