Cee, una desconocida en el Camino
Quizá el lector ya ha estado en esta localidad coruñesa, porque por ella pasa el Camino de Santiago a Finisterre. Y apenas la recuerda. No tiene un nombre memorable, no.
Pero tiene vecinos inolvidables. Algunos fueron incluso cazadores de ballenas.

Muelle, faro y playa de Lobeira Grande / Andrés Campos
Nadie elige el nombre que le toca en suerte. Ya puedes nacer con el cerebro de Einstein o con la sonrisa de Jennifer López, que te inscriben en el Registro Civil como Tiburcio Salido o Ninfodora Bragueta y te arruinan la vida. Con las poblaciones pasa lo mismo. Santiago de Compostela tiene un nombre diáfano, ilustre y campanudo. El de Finisterre lo dice todo en latín, que es la lengua de los sabios. En cambio, Cee, por donde pasan los peregrinos que van de la Ciudad del Apóstol al fin de la tierra, es un topónimo birrioso, de tres letras, difícil de decir y recordar y que nadie sabe de dónde ha salido. Los lingüistas creen que su origen es cè, embarcadero en gaélico. Los vecinos prefieren pensar que viene de cetus, ballena en latín. “De hecho —nos explica la alcaldesa, Margot Lamela—, aquí cazamos ballenas hasta 1985, cuando ya nadie más lo hacía en España, y visitando Cee vamos a ver unas cuantas”.

Camino de Santiago a Finisterre a su paso por el Santuario de la Virgen de la Barca en Muxía. / Andrés Campos
Margot dice “vamos” y no “vais” porque es tan riquiña que se ha cogido dos días de vacaciones para enseñarnos Cee, un municipio de nombre breve y feúcho pero de territorio extenso y vistoso a más no poder. El primero, nos acercamos con ella a la ensenada de Caneliñas, en la parroquia de A Ameixenda, donde el 21 de octubre de 1985 entró el buque IBSA Tres remolcando un rorcual común (Balaenoptera physalus) de 17,70 metros. Era el último cetáceo que se capturaba en España tras 900 años de actividad ballenera, 61 de los cuales, los más recientes, los había protagonizado una factoría de este apartado rincón de la Península, casi a tiro de arpón del fin de la tierra. Las ruinas de Caneliñas podrían ser la Numancia o la Troya de la caza de ballenas, donde miles de viajeros recordaran sobrecogidos la guerra que hubo entre el animal más grande y el más osado. Pero no se ve un alma.

Faro de Muxía / Andrés Campos
Margot Lamela
Abogada y alcaldesa
“En un día ganaba como abogada lo que en un mes como alcaldesa.” Margot podría haber vivido como una reina, pero lo hace como una monja sirviendo 24/7 a sus vecinos en la alcaldía desde 2019. Por eso está tan delgaducha, con lo bien que aquí se come. Podría limitarse a consolidar Cee como la capital de la Costa da Morte —con hospital, cinco centros de enseñanza, Mercadona y otras cosas impensables en un lugar de solo 7.700 habitantes—, pero se ha propuesto situarla con una chincheta de oro en el mapa turístico. Ya presume del Camino de Santiago a Finisterre, de las playas salvajes de Gures y de Lires, de la antigua factoría ballenera de Caneliñas y del flamante sendero Volta da Gloria.

La alcaldesa Margot Lamela arribando a la isla lobeira grande / Andrés Campos
Con Margot viene Victorio Caamaño, vecino de Cee que fue timonel y vigía en cazaballeneros y que nos explica, mientras inspeccionamos las ruinosas instalaciones de la factoría, cómo identificaba las distintas ballenas por su soplo: vertical el de los rorcuales e inclinado hacia adelante y a la izquierda el de los cachalotes. Cómo, al avistar una desde la cofa, no gritaba “¡por allí resopla!”, como los vigías de Moby Dick, sino un mucho más expeditivo “¡toda!”, señalando con el brazo la dirección en que el barco debía avanzar a toda máquina. Y cómo las capturas eran subidas a la plaza de despiece por la rampa de izado —lo mejor conservado de la factoría—, con el operario resguardado en una caseta para evitar que el cable con que se arrastraba de la cola a estos gigantes de hasta 60 toneladas, si se rompía, le cortara en dos de un latigazo.

Puerto de Muros. / Andrés Campos
Victorio Caamaño
Antiguo cazador de ballenas
“Yo no las cazaba”, matiza Victorio: “Unas veces dirigía el timón y otras las avistaba desde la cofa, a 24 metros de altura”. O sea, que el arponero las cazaba gracias a él. Unas 700 en 21 años, desde 1964 hasta 1985. Nunca tuvo conciencia de hacer nada malo a bordo del Temerario. “Que me den pienso y yo se lo llevo”, les decía con retranca galaica a los ecologistas. Pero entre ellos surgió una ballena asesina —Sea Shepherd hundió dos cazaballeneros gallegos en 1980, cinco años antes de la prohibición— y Victorio acabó en un mercante, llevando una vida más cómoda pero más aburrida. Ahora timonea jubilado su casa en lo más alto de Cee, avistando el mar como desde una cofa, con su mujer Victoria al lado, sus colmillos de cachalote en una vitrina y sus zapatillas del Celta de Vigo en los pies.

El antiguo cazador de ballenas Victorio Caamaño, con dos colmillos de cachalote / Andrés Campos
Aparte de nosotros, el único ser que vaga por las casas de Caneliñas, como un fantasma, es Fina Outes, que trabajó 20 años cortando trozos de carne y que se enrolla con los pocos forasteros que se dejan caer por este lugar como el maquinillo que izaba las ballenas. Viendo a Fina con su ajado sombrero de paja y ribete azulón, regando las plantas como una dulce abuelita, nadie diría que es la misma moza que, en las fotos del libro Chimán: la pesca ballenera moderna en la península Ibérica, de Àlex Aguilar, aparece trabajando con una blusa ceñida, un pañuelo de pirata y un cuchillo de película de terror… Aprovechando que ha venido la alcaldesa, hoy también andan por aquí funcionarios que toman notas y medidas para construir en la vieja factoría un centro de interpretación, que estará listo en 2027.

Cogiendo camarones en la antigua factoría ballenera de Caneliñas. / Andrés Campos
Lo que ya está acabado desde el año pasado es el Mirador de Gures, en un alto a 800 metros de Caneliñas y desde el que se otea buena parte de la Costa da Morte. Al este, la mirada vuela sobre la playa salvaje de Gures y la ensenada de Ézaro hasta el monte Pindo. En la ensenada desemboca el Xallas, el único río de España que da al mar en cascada ¡y qué cascada! En el Pindo —también conocido como el Monte Sagrado de los celtas— se acumulan tantas piedras mágicas, cuevas y leyendas, que el día que recale allí la Nave del Misterio de Íker Jiménez, echa el ancla y no vuelve a zarpar. Al otro lado del mirador, al oeste, se divisa en primer término la ensenada de Caneliñas; al fondo, se otea el fin del mundo, Finisterre, y a medio camino, la ría de Corcubión, en cuya cabecera se esconde la villa de Cee.

Puente de A Ponte Maceira. / Andrés Campos
Para vista espléndida, la que hay desde el monte de San Pedro Mártir, también en el concello de Cee. Aquí los peregrinos que siguen el Camino de Santiago a Finisterre ven por primera vez el océano y, adentrándose en él, el cabo donde terminarán sus sudores, el de Finisterre. También ven el puerto de Brens —una de las seis parroquias del concello—, la ría y la villa de Corcubión y, más allá del faro de Cee, las islas Lobeiras, a las que los peregrinos no van porque sería apartarse mucho de su camino, pero nosotros sí que iremos después. Lo que sí que hacen, en la capilla de San Pedro Mártir, es lavarse en la fuente, porque piensan que su agua es buena para curar enfermedades.

Cementerio de Dumbría. / Andrés Campos
Ballenas por doquier
Para comer, Margot nos lleva a Lires, la parroquia más norteña de Cee, a medio camino entre Muxía y Finisterre. Es también su enclave más atractivo y turístico, por donde pasan los senderistas que recorren O Camiño dos Faros y los peregrinos que van al fin del mundo dando un rodeo por Muxía y admirando la ría más chica de Galicia, la de Lires. En Lires está la casa de labranza más antigua de la región, Casa Raúl, de 1969. Y en su playa se disfrutan las mejores puestas de sol de la Costa da Morte. Aquí comemos cocina de aldea actualizada en LiresCa, tardeamos en el Bar Playa de Lires viendo cómo el sol se apaga en el mar y cenamos una lubina recién pescada en As Eiras.

Mural pintado por Diego As en Cee. / Andrés Campos
La mañana siguiente, la dedicamos a pasear con la alcaldesa por la villa de Cee y lo que más nos llama la atención son las muchas ballenas que hay pintadas y esculpidas por doquier. En el vestíbulo de la Casa da Cultura, descubrimos cinco dando vueltas a un faro blanquirrojo en una obra escultórica de Xosé Iglesias, patrón de pesca, poeta, pintor y constructor de ballenas —dice su Instagram—, al que conoceremos por la tarde. En la plaza del Mercado, otras tres observan ojipláticas desde una medianería cómo juegan los pequeños ceenses en un parque infantil y, en el extremo contrario, asoma del agua de una fuente una cola de bronce de una tonelada esculpida por Miguel Couto. En la rúa da Escola, hay un mural de Diego As, artista famoso por el de Julio César que pintó en su Lugo natal, premiado como el mejor del mundo en 2021 por la plataforma Street Art Cities. En el de Cee se ve a dos rorcuales comunes dando vueltas en el azul.
Donde cabría una familia numerosa de rorcuales es en el instituto Fernando Blanco de Lema, el primero rural gratuito de España y que se construyó entre 1884 y 1886 con parte de los 750.000 pesos de oro que el titular dejó en herencia a su villa natal tras hacer fortuna en América. Tiene una gran capilla donde reposan las cenizas del benefactor y un jardín de camelios y cedros colosales.

Xosé Iglesias aparta a los pollos de gaviotas para no pisarlos / Andrés Campos
Xosé Iglesias
Pescador y artista
¿Tu primer recuerdo de pescador? “Los delfines rasgando como torpedos luminosos el mar de ardora, el efecto mágico que la microalga Noctiluca scintillans produce en verano al agitar estas aguas.” ¿El peor? Cuando se incendió mi pesquero. ¿Peor que cuando faenabas en el infierno tempestuoso de Rockall? “Peor, porque estuve a punto de naufragar y no me gusta nadar: solo en los balnearios.” ¿Un proyecto ilusionante? “Este verano empiezo a llevar a los turistas a las islas Lobeiras, Caneliñas y la cascada de Ézaro. He tenido que sacarme otro título, porque el de capitán de pesca no sirve para llevar una lanchita como mi Leviathan.” También escribe desde mozo poemas (léase Transfusión oceánica) y pinta y esculpe faros y ballenas como las que se pueden ver en la Casa de Cultura de Cee y comprar en Instagram (@xose_iglesias).

Islas Lobeiras en el horizonte / Istock
Acabamos nuestro viaje visitando las islas Lobeiras, unas Cíes de bolsillo ocho kilómetros al sur de Cee. Los ferries turísticos no recalan en ellas. Solo se puede ir en dos barcos chiquititos: el Robinsón da Lobeira, de David Trillo, y el Leviathan, de Xosé Iglesias. Con este último al timón y con Margot en la proa, arribamos a la Lobeira Grande, una isla de poco más de 200 metros donde hubo antaño dos fareros con sus respectivas familias, una fábrica de salazón de sardinas y dos animadas cantinas. Hoy no hay nada más que un faro automatizado, una playita blanca y un muelle atiborrado de huevos y pollos de gaviotas patiamarillas por el que hay que avanzar, para no pisarlos, dando pasos de hip-hop. Xosé los aparta con sus manos de pescador-artista, mientras mira de reojo para unas nubecillas que asoman por Finisterre. En 1912, un temporal dejó aislados al farero de turno y a su familia y casi no lo cuentan.
- El pueblo ideal junto al mar para recorrer a pie y comer 'el mejor rodaballo de España': Conjunto Histórico medieval, casas torre y la cuna de Elcano
- Las Azores, el refugio atlántico donde el verano todavía se vive sin multitudes
- Nadie la visita, pero dicen que es la “Suiza española”: lagos de montaña, pueblos de piedra y cumbres de más de 2.000 metros en una de las zonas menos pobladas de España
- La 'Roma española' es una ciudad con 136 Bienes de Interés Cultural: tiene la mayor concentración de monasterios y conventos históricos de la Península
- Nadie la visita, pero dicen que es “el Mar Muerto de España”: una laguna salada declarada Reserva Natural, rodeada de joyas barrocas y un Bien de Interés Cultural medieval
- El paseo marítimo más largo del mundo está en España y recorre 26 kilómetros: en una Reserva de la Biosfera y rodeado de paisajes volcánicos
- Nadie lo visita, pero dicen que son “los Alpes españoles”: pueblos de piedra entre lagos y montañas esculpidas por glaciares de más de 3000 metros de altura
- El refugio de David Broncano (41 años) y Silvia Alonso (36 años) es un pueblo de Ávila en la Sierra de Gredos: cuna de Adolfo Suarez, tiene una iglesia medieval y vinos Denominación de Origen