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La catedral gótica más grande del mundo y el Alcázar más antiguo de Europa: el casco histórico más grande de España mide 4 kilómetros, está en Andalucía y es perfecto para recorrer a pie

Sevilla concentra en menos de 4 kilómetros cuadrados la catedral gótica más grande del mundo, el palacio real más antiguo de Europa en uso y el barrio judío mejor conservado de España, todo dentro del trazado de la vieja muralla almohade.

Una ciudad que acumula tantos títulos históricos como belleza.

Una ciudad que acumula tantos títulos históricos como belleza. / Istock

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Hay ciudades que se visitan y ciudades que se recorren, y Sevilla pertenece sin discusión al segundo grupo. Basta con dejar atrás la Plaza Nueva o el Ayuntamiento y empezar a caminar sin rumbo fijo para entender que ahí, entre fenicios que remontaron el Guadalquivir hace tres mil años, romanos que dejaron su huella en Itálica, musulmanes que levantaron una de las mayores murallas de Al-Ándalus y cristianos que construyeron sobre esos cimientos un imperio que llegó hasta América, se esconde uno de los paseos urbanos más densos de Europa. Pocas capitales permiten condensar tantos siglos de historia en un radio tan corto, y eso es precisamente lo que convierte a Sevilla en una experiencia distinta a cualquier otra ciudad española.

El cielo de Sevilla, una ciudad perfecta para recorrer a pie.

El cielo de Sevilla, una ciudad perfecta para recorrer a pie. / Istock

Todo ese patrimonio cabe, literalmente, dentro de un perímetro muy concreto: casi cuatro kilómetros cuadrados que en su día quedaron encerrados por la muralla almohade del siglo XII, de la que aún sobreviven tramos visibles en distintos puntos de la ciudad. Doce barrios se reparten ese espacio, que constituye el casco histórico más grande de España y uno de los más extensos de toda Europa. Caminar por ahí no es simplemente turistear: es atravesar capas y capas de historia sin moverse apenas, pasando de una mezquita convertida en catedral a un palacio que sigue habitado por la realeza, y de ahí a un barrio que conserva el pulso de la judería medieval. Empecemos por donde empieza casi cualquier visita a Sevilla: levantando la vista hacia la Giralda.

El pueblo blanco más bonito de Andalucía no es ni Ronda, ni Frigiliana: fue hogar de Julio César, está entre el mar y la montaña, y tiene un castillo árabe del siglo XIII

Adriana Fernández

La catedral y la Giralda, un gigante que no deja indiferente

Nada prepara del todo para el momento de entrar en la Catedral de Sevilla. Por fuera ya impone, con esos muros de piedra que parecen no tener fin, pero es dentro donde se entiende la dimensión real del edificio: una nave central que se eleva 42 metros, capillas que podrían ser iglesias por sí solas y un silencio que, paradójicamente, hace que todo parezca aún más grande. Es la catedral gótica más grande del mundo y la tercera iglesia en superficie de la cristiandad, solo por detrás de la Basílica de San Pedro del Vaticano y la catedral de San Pablo de Londres, con más de 11.000 metros cuadrados bajo sus bóvedas.

La Catedral de Sevilla y la Giralda

La Catedral de Sevilla y la Giralda / Istock / Roman Slavik

Cuenta la tradición que, cuando el cabildo decidió derribar la antigua mezquita aljama para construir el nuevo templo a comienzos del siglo XV, alguno de los presentes soltó una frase que ha pasado a la historia: que hicieran una iglesia tan grande y tan hermosa que quien la viera terminada los tomara por locos. Sea cierta o no esa anécdota concreta, lo que sí es real es que las obras arrancaron a comienzos del siglo XV y se prolongaron durante más de un siglo, hasta principios del XVI, dando forma a un templo que mezcla el gótico flamígero original con añadidos renacentistas y barrocos posteriores.

Dentro, el retablo mayor merece parar el tiempo que haga falta: es uno de los más grandes y ricos de toda España, tallado en madera dorada con escenas que cubren prácticamente toda la pared del altar mayor. Cerca, en uno de los brazos del crucero, descansa el mausoleo que la tradición atribuye a Cristóbal Colón, sostenido por cuatro figuras que representan los antiguos reinos de España, un guiño perfecto para una ciudad que fue puerta de salida hacia el Nuevo Mundo. La sacristía mayor guarda además piezas de Murillo y otros maestros, una colección que muchos museos firmarían sin pensarlo.

Calle sevillana con vistas a la Giralda.

Calle sevillana con vistas a la Giralda. / Istock

Y luego está la Giralda, que es quizá el elemento más reconocible de todo el perfil de Sevilla. Se construyó como alminar de la mezquita almohade entre finales del XII, y hoy hace de campanario de la catedral, con sus 104 metros de altura coronados por la figura del Giraldillo. Lo curioso es que se sube sin escalones: son rampas suaves, pensadas originalmente para que el muecín pudiera subir a caballo, y hoy permiten al visitante llegar arriba sin apenas esfuerzo para asomarse a una de las mejores vistas de la ciudad. El viajero francés Théophile Gautier, que recorrió Andalucía en el siglo XIX, quedó tan impresionado por la escala del conjunto que, al alejarse de Sevilla por el río, escribió que la catedral crecía ante sus ojos hasta parecerle un elefante de pie en medio de un rebaño de ovejas.

Vista interior de la Catedral de Sevilla

Vista interior de la Catedral de Sevilla / Istock / AnnSU

El Alcázar y Santa Cruz, del palacio real a las callejuelas de la judería

A pocos metros de la catedral, separado solo por la Plaza del Triunfo, se abre otro mundo: el del Real Alcázar. Aquí no hace falta imaginación para viajar en el tiempo, porque las distintas épocas se superponen unas sobre otras sin disimulo. Sus orígenes se remontan a una fortaleza del siglo X, y desde entonces el recinto no ha dejado de transformarse: hay restos del primitivo alcázar islámico, palacios góticos levantados por Alfonso X y, sobre todo, el deslumbrante Palacio Mudéjar que mandó construir Pedro I en el siglo XIV, con sus yeserías, sus azulejos y sus patios que parecen sacados de un cuento. Lo que hace único al Alcázar no es solo esa mezcla de estilos, sino que sigue vivo: es el palacio real en uso más antiguo de Europa, y la planta superior continúa siendo residencia oficial de la Familia Real española cuando visita Sevilla.

Alcázar de Sevilla.

Alcázar de Sevilla. / Istock

Sus jardines, con fuentes, galerías y rincones escondidos entre naranjos, han servido de plató para producciones internacionales, entre ellas algunas de las localizaciones más recordadas de Juego de Tronos, donde el Alcázar dio vida a los Jardines del Agua de Dorne. Pero no hace falta ser fan de la serie para quedarse embobado paseando por el Patio de las Doncellas o perdiéndose entre los caminos del jardín del laberinto.

Saliendo del Alcázar por su parte trasera, casi sin transición, se entra en el barrio de Santa Cruz, y aquí el paseo cambia completamente de ritmo. Las calles se estrechan hasta el punto de que dos personas apenas pueden cruzarse, las fachadas encaladas reflejan una luz distinta y de los balcones cuelgan macetas que en primavera llenan el aire de color. Este fue, durante siglos, el corazón de la judería de Sevilla, una de las comunidades hebreas más importantes de la península, con eruditos, médicos y financieros que tuvieron un peso real en la corte castellana. Esa convivencia se rompió de forma brutal en 1391, cuando una turba asaltó el barrio y acabó con buena parte de su población. A partir de ahí, la antigua judería se transformó poco a poco en lo que hoy conocemos como Santa Cruz, Santa María la Blanca y San Bartolomé.

Plaza del Barrio de Santa Cruz, Sevilla.

Plaza del Barrio de Santa Cruz, Sevilla. / Istock / Carlos Koblischek

De aquella época queda mucho más de lo que parece a simple vista: el trazado laberíntico de calles como la calle Agua o el callejón del Agua, plazas recogidas como la de Doña Elvira, con sus bancos de azulejos y sus naranjos, o la plaza de los Venerables, donde el antiguo hospital barroco guarda hoy obras de Murillo y Velázquez. Este conjunto de calles, plazas y patios escondidos —reformado a comienzos del siglo XX para resaltar precisamente ese carácter andaluz— es la judería mejor conservada de España, por delante de barrios judíos tan conocidos como los de Toledo, Girona, Hervás o Córdoba. Aquí el ambiente se respira de otra manera: no es solo arquitectura, es la sensación de que el barrio sigue vivo, con vecinos de verdad detrás de esas puertas y esos patios floridos.

Arquitectura de la ciudad de Sevilla.

Arquitectura de la ciudad de Sevilla. / Istock

Más allá del Alcázar: qué más ver y dónde comer en el casco histórico

El casco histórico de Sevilla da para mucho más que catedral, Alcázar y Santa Cruz, claro. A un paseo corto está la Plaza de España, dentro del Parque de María Luisa, una construcción de comienzos del siglo XX que sorprende por su escala casi escenográfica, con su canal navegable y los bancos de azulejos dedicados a cada provincia española. Cerca del río, la Torre del Oro vigila el Guadalquivir desde el siglo XIII, y a pocos metros el Archivo de Indias guarda buena parte de la documentación sobre la conquista y colonización de América, otro de los puntos incluidos en la declaración de Patrimonio de la Humanidad junto a la catedral y el Alcázar.

Casa de Pilatos, Sevilla

Casa de Pilatos, Sevilla / Istock

Quien tenga tiempo para profundizar puede acercarse a la Casa de Pilatos, un palacio renacentista con patios y azulejería que muchos consideran un Alcázar en miniatura, o subir a las pasarelas del Metropol Parasol, conocido popularmente como las Setas, una estructura de madera que contrasta a propósito con todo lo anterior y que desde arriba ofrece una panorámica distinta de los tejados del centro. Y al otro lado del río, separado por el puente de Triana, está el barrio de Triana, con su propio carácter, sus talleres de cerámica y su mercado junto al agua.

Todo este recorrido tiene además su propio calendario: la Semana Santa y la Feria de Abril marcan el pulso de la ciudad, llenan las calles del casco histórico de pasos, casetas y un ambiente que cambia por completo la forma de vivir estas mismas calles el resto del año.

Pescaito frito, un imprescindible de Sevilla.

Pescaito frito, un imprescindible de Sevilla. / Istock

Y, por supuesto, no se puede hablar de Sevilla sin hablar de comer. El pescaíto frito es casi una declaración de principios, mejor en una barra de toda la vida que en una terraza de postal; el salmorejo, frío y untuoso, es perfecto para combatir el calor; las espinacas con garbanzos, de origen árabe, son uno de esos platos que resumen la mezcla de culturas de la ciudad; y el rabo de toro, cocinado a fuego lento, es un clásico de cuchara que aparece en cualquier carta que se precie. En temporada, los caracoles se convierten en protagonistas de las barras del centro, y las naranjas amargas, esas que perfuman las calles en invierno, son más decorativas que comestibles pero forman parte del paisaje sensorial de la ciudad. Para probar buena parte de esto, las tabernas tradicionales del entorno de la Alfalfa y de la calle Pérez Galdós, junto con las bodegas históricas cercanas a Triana, siguen siendo apuestas seguras dentro y fuera del circuito más turístico.

Al final, lo que hace especial a Sevilla no es un monumento aislado, sino la posibilidad de enlazarlos todos a pie, sin prisa, dejando que una calle lleve a la siguiente y que la Giralda aparezca una y otra vez entre los tejados como un punto de referencia constante. Pocas ciudades en España —y en Europa— permiten un paseo tan denso en historia, arte y vida cotidiana en un espacio tan reducido. Y es que Sevilla sigue siendo uno de los planes urbanos más completos que se pueden hacer en España, y desde luego el definitivo para quien prefiere descubrir una ciudad caminando.