La catedral española con el claustro más espectacular de Europa: tiene pinturas de Goya y Bayeu, una torre gótica del siglo XIV y el cáliz de la Última Cena
Esta catedral esconde entre sus muros góticos el objeto más buscado de la historia de Occidente, la primera gran obra del Renacimiento en España y la firma del único pintor que tiene dos cuadros en una misma iglesia española.

Es una de las grandes joyas de nuestro país... y está en Valencia. / Istock / alxpin
Hay ciudades que no necesitan presentación, pero que merecen mucho más reconocimiento del que reciben. Valencia es una de ellas. La tercera ciudad más grande de España es hoy un destino turístico de primer orden, capaz de seducir al viajero con su luz mediterránea única, su desbordante gastronomía y un legado histórico de más de dos mil años que lo impregna todo, desde sus plazas hasta sus iglesias. Fundada por los romanos en el año 138 a.C. como Valentia Edetanorum, la ciudad fue posteriormente conquistada por los árabes, que la convirtieron en la próspera Balansiya, y reconquistada por Jaime I de Aragón en 1238. Este ir y venir de culturas no destruyó la ciudad: la enriqueció. Y ningún monumento lo ilustra mejor que su catedral, levantada literalmente sobre las ruinas de ese pasado plural.

Plaza de la Catedral de Valencia / Istock / Yelena Rodriguez Mena
Cuando en el siglo XIII comenzaron las obras del gran templo cristiano, Valencia vivía uno de sus momentos de mayor esplendor. La Corona de Aragón tenía en la ciudad uno de sus grandes centros de poder, y el Mediterráneo era la autopista comercial más importante del mundo conocido. No es casualidad que la catedral no fuera sufragada por ningún rey, como ocurrió en León o en Burgos, sino por la propia burguesía local: los mercaderes, los artesanos y los gremios que habían hecho de Valencia una potencia económica sin parangón en la Península Ibérica. Aquella sociedad rica y orgullosa quiso que su catedral fuera, según recogen las crónicas, "muy bella, magnífica y suntuosa, la cual sería honor y ornamento de esta insigne ciudad". Lo consiguieron con creces. Hoy, Valencia ofrece al viajero mucho más que sol y paella: es una ciudad con Patrimonio de la Humanidad, arte de talla mundial, barrios llenos de vida y un entorno natural incomparable. Pero todo viaje por ella debería comenzar, inevitablemente, en su catedral.

Adriana Fernández
La Seu: un viaje de dos mil años en una sola visita
Pocos edificios en el mundo condensan tanto en tan poco espacio. La Catedral de Valencia, conocida popularmente como La Seu, fue construida entre los siglos XIII y XV sobre un terreno que es, por sí solo, un compendio de la historia de la civilización occidental: primero fue un templo romano, después la mezquita mayor de la Balansiya árabe y, finalmente, la gran catedral cristiana que hoy conocemos. Esa superposición de culturas le otorga una profundidad histórica que pocas iglesias de Europa pueden igualar. Su construcción arrancó en torno al año 1262 y se prolongó durante más de dos siglos, lo que explica la extraordinaria mezcla de estilos que el visitante puede admirar: el románico está presente en la Puerta de la Almoina, la más antigua; el gótico predominante en la Puerta de los Apóstoles, del siglo XIV; y el barroco en la espectacular Puerta de los Hierros, del siglo XVIII, que hoy es el acceso principal al templo.

Interior de la Catedral de Valencia. / Istock / R
Pero si hay un elemento que convierte a esta catedral en única, ese es el Santo Cáliz. Custodiado en la capilla que lleva su nombre, construida en el siglo XIV por el obispo Vidal de Blanes, este pequeño objeto de ágata oriental pulida de color rojo oscuro es considerado por la Iglesia católica el cáliz más antiguo históricamente vinculado a la Última Cena. La reliquia tiene una historia propia que parece salida de una novela de aventuras: según la tradición, San Pedro lo guardó en Roma, el Papa San Sixto II lo envió a Huesca para protegerlo de las persecuciones romanas, y finalmente, en 1437, el rey Alfonso el Magnánimo lo dejó en depósito en la catedral como aval de un préstamo que nunca devolvió. Desde entonces, Valencia lo custodia.

Capilla del Santo Caliz con la Copa del Santo Grial / Istock
Tanto el Papa Juan Pablo II, en su visita de 1982, como el Papa Benedicto XVI, en 2006 con ocasión del V Encuentro Mundial de las Familias, celebraron misa utilizando este cáliz, un gesto de enorme significado simbólico. El Papa Francisco, por su parte, concedió la celebración de un Año Jubilar Eucarístico en su honor cada cinco años, siendo el primero el de 2015, y en la actualidad la catedral celebra un nuevo Año Jubilar del Santo Cáliz en 2025-2026. La descripción que hizo el estudioso Jorge Manuel Rodríguez Almenar, presidente del Centro Español de Sindonología, resume el consenso histórico: "La tradición que relaciona el Santo Cáliz de Valencia con la Última Cena es coherente desde el punto de vista lógico e histórico. Ningún otro supuesto Grial tiene las más mínimas credenciales que le conviertan en competidor del de Valencia."

Es uno de los lugares más bonitos y conocidos de Valencia. / Istock / Roman Slavik
El gran icono exterior de la catedral es, sin duda, el Miguelete: la torre campanario de planta octogonal que se eleva 51 metros sobre el corazón del casco histórico y que da nombre a uno de los símbolos más queridos de la ciudad. Iniciada en 1381 por el maestro Andreu Julià y bendecida el 29 de septiembre de 1418, día de San Miguel, de ahí su nombre, esta joya del gótico mediterráneo cuenta con 207 escalones en escalera de caracol que conducen hasta una terraza panorámica de 360 grados desde la que, en los días más claros, se divisa el Mediterráneo. El escritor Víctor Hugo, que visitó Valencia a mediados del siglo XIX y subió a la torre, quedó tan fascinado con las vistas que la llamó "la ciudad de los 300 campanarios". La entrada al Miguelete es independiente a la de la catedral y se adquiere al pie de la torre. En el interior del templo, otro icono impresiona al visitante: el cimborrio gótico, un prisma octogonal de 39 metros de altura por cuyos 16 ventanales de arco ojival penetra la luz solar inundando el recinto.
La catedral también es la única iglesia de España que alberga dos cuadros de Francisco de Goya dentro del propio templo. Ambas obras, pintadas en 1788 por encargo de la condesa-duquesa de Osuna, se encuentran en la capilla de San Francisco de Borja y están dedicadas al ilustre antepasado de la noble. El primero muestra la Despedida de San Francisco de Borja de su familia en el palacio ducal de Gandía; el segundo, más inquietante y expresivo, recrea la escena en la que el santo ya jesuita asiste a un moribundo impenitente, con unas oscuras figuras demoníacas que anticipan el Goya más oscuro y visionario. Junto a ellos se encuentran también obras del pintor aragonés Francisco Bayeu —cuñado de Goya— en el Museo Catedralicio, que igualmente alberga lienzos del valenciano Mariano Salvador Maella y reliquias de la antigua Corona de Aragón. Como curiosidad notable: entre los muros de la catedral descansan para siempre los restos del poeta valenciano Ausiàs March.

Vista aérea de la ciudad de Valencia. / Istock
Y quizás el secreto mejor guardado del templo es el de sus ángeles músicos renacentistas. En junio de 2004, durante unas obras de restauración, se descubrió por pura casualidad que la bóveda barroca del Altar Mayor, construida en 1674 por el arquitecto Juan Pérez Castiel, ocultaba debajo una serie de pinturas al fresco de extraordinaria belleza y perfecto estado de conservación. Se trataba de diez grandes figuras de ángeles tocando instrumentos musicales en un cielo estrellado, pintadas en el siglo XV por los artistas italianos Francesco Pagano y Paolo de San Leocadio por encargo del cardenal Rodrigo de Borja, quien acabaría siendo el Papa Alejandro VI. Estos frescos, reconocidos en Italia como una de las obras cumbres del Renacimiento italiano fuera de su país, constituyen además la primera gran obra del Renacimiento en España. Tras su restauración, concluida en 2007, pueden admirarse nuevamente en todo su esplendor. En el contrato original, conservado en el archivo de la catedral, los artistas se comprometían a pintar "un ángel en cada uno de los entrepaños, vestidos según pareciera al honorable Cabildo, con sus alas sembradas de oro fino y de bellos colores." El tiempo para terminar la obra eran seis años. La espera para volver a verlos fue de tres siglos.

Los ángeles músicos de la Catedral de Valencia. / Istock
Valencia más allá de la catedral: una ciudad que lo tiene todo
Quien visita la Catedral de Valencia y no dedica al menos un par de días más a la ciudad está cometiendo un error que lamentará. A pocos metros del templo, en el corazón del casco histórico, se alza la Lonja de la Seda, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996. Esta obra maestra de la arquitectura gótica civil europea, construida entre los siglos XV y XVI, es uno de los edificios más bellos que puede visitar el amante de la historia. Sus imponentes columnas helicoidales, su bóveda de crucería estrellada y su sereno Patio de los Naranjos son testimonio del poder y la riqueza de una Valencia que fue, en el siglo XV, uno de los grandes centros del comercio mediterráneo. El propio Consejo de la ciudad la encargó con la ambición de que fuera "muy bella, magnífica y suntuosa". A pocos metros, el Mercado Central, inaugurado en 1928 en un espectacular edificio modernista de hierro y cristal con más de 8.000 metros cuadrados, es el mayor mercado de productos frescos de Europa y un festín para los sentidos.

Lonja de la Seda, en Valencia. / Istock
El casco histórico de Valencia es también un catálogo arquitectónico de primer orden. La Iglesia de San Nicolás, apodada la Capilla Sixtina valenciana, asombra con sus bóvedas completamente pintadas por el maestro Palomino en el siglo XVII. Las Torres de Serranos (1392) y las Torres de Quart (siglo XV) son las únicas puertas supervivientes de la antigua muralla cristiana medieval y pueden visitarse gratuitamente. Y fuera del centro histórico, la Ciudad de las Artes y las Ciencias, diseñada por Santiago Calatrava y Félix Candela, es uno de los conjuntos arquitectónicos más fotografiados del mundo, hogar del Oceanogràfic, el acuario más grande de Europa. Las Fallas, por su parte, están declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO desde 2016, lo que convierte a Valencia en una ciudad con dos reconocimientos del máximo organismo cultural de Naciones Unidas.

Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. / Istock / Roman Slavik
La gastronomía valenciana merece una visita por sí sola. La paella, ese plato con arroz, conejo o pollo, judías verdes y garrofón que nació en los arrozales de la Albufera, es aquí una religión seria: hay que comerla a mediodía, nunca por la noche, y a poder ser en uno de los restaurantes de El Palmar, el pueblo de pescadores a orillas del Parque Natural de l'Albufera donde, según la tradición, nació este icono de la cocina universal. El Parque Natural de l'Albufera, a solo diez kilómetros del centro, es uno de los humedales más importantes de la Península Ibérica: un lago de agua dulce rodeado de arrozales y pinares en el que habitan más de 350 especies de aves y en el que un paseo en barca al atardecer regala uno de los espectáculos visuales más hermosos del Mediterráneo. Y más allá de la paella, la fideuà, el arròs al forn, el esgarraet y el all i pebre con anguilas del lago son platos que no deben perderse.

Parque Natural de l'Albufera de Valencia. / Istock / Alfredo Garcia Terol
Para visitar la Catedral de Valencia, la entrada general cuesta 10 euros (6 euros con tarifa reducida para pensionistas, personas con discapacidad y niños hasta 12 años), con audioguía incluida disponible en español, valenciano, inglés, francés, alemán, italiano y japonés. El horario habitual es de lunes a viernes de 10:30 a 18:30 horas, sábados hasta las 17:30 y domingos de 14:00 a 17:30 horas. La entrada al Miguelete se adquiere aparte, y la visita conjunta a la catedral, el Santo Cáliz y el Museo Catedralicio está incluida en la Valencia Tourist Card de 7 días. La catedral se encuentra en la Plaza de la Reina, en pleno centro histórico, y es accesible en autobús con las líneas 4, 9, 19, 81, 94, C1 y C2. Una visita completa, con Miguelete incluido, requiere entre hora y media y dos horas, aunque probablemente el visitante querrá quedarse más.
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