El castillo español que los expertos consideran la joya del gótico-mudéjar: es Monumento Histórico Nacional, Bien de Interés Cultural y tiene historia con Napoleón
Aquí manda el ladrillo, no la piedra. Y ese contraste, sostenido durante siglos sobre un foso que nunca se llenó de agua, convirtió a esta fortaleza segoviana en un caso aparte dentro de la arquitectura militar española.

Este castillo es una de las grandes joyas españolas. / Istock
El ladrillo se enciende de color al atardecer y la piedra caliza que enmarca cada saetera queda casi blanca por contraste, mientras abajo el foso seco dibuja una herida ancha y vacía alrededor de todo el conjunto. Ese choque de materiales es lo primero que golpea al llegar al Castillo de Coca. No hace falta cruzar el puente para entender que esto no es una fortaleza de piedra maciza como las del norte peninsular, sino otra cosa: un ejercicio de ingeniería en ladrillo que en su momento fue también una declaración de estatus. El edificio se levanta a las afueras de la villa de Coca, en Segovia, cerca de donde el Voltoya se junta con el Eresma, sobre un terreno que sorprende por lo llano que es para tratarse de un castillo señorial de este calibre.

Vista del castillo de Coca, en Segovia. / Istock
Hoy el conjunto reúne dos reconocimientos que muchas veces se explican mal: Monumento Histórico Nacional desde 1926 y, desde la Ley de Patrimonio Histórico Español de 1985, Bien de Interés Cultural. No son dos distinciones distintas ni una escala superior de la otra: la segunda es, simplemente, cómo se llama hoy la misma protección que se otorgó entonces. Que sea "joya del gótico-mudéjar" no es una etiqueta prestada de ninguna guía: lo dice esa misma declaración institucional y lo confirma casi un siglo de consenso historiográfico sobre el edificio.

Adriana Fernández
Los Fonseca y el capricho de construir en ladrillo
Todo empieza en 1473, cuando Alonso de Fonseca, tercer señor de Coca, obtiene permiso del rey Juan II de Castilla para levantar la fortaleza. No contrata a los canteros más próximos, sino a alarifes sevillanos, maestros del ladrillo mudéjar que dominaban una técnica que en Castilla apenas se veía en construcciones de este rango. La elección no fue casual ni de ahorro: en un siglo XV donde la piedra maciza era sinónimo de poder militar clásico, construir en ladrillo con ese despliegue decorativo era, para un linaje como los Fonseca, otra manera de proclamar su posición. El resultado combina función y ornamento sin que uno estorbe al otro: el ladrillo sostiene los muros y a la vez dibuja las torres poligonales, mientras la piedra caliza se reserva para lo estrictamente necesario —aspilleras, columnas del patio de armas, algunos remates— y para conservar mármoles, azulejos y yeserías que todavía sorprenden por dentro.

Castillo gótico-mudéjar de Coca / Istock / Ivan Moreno SL
Arquitectura pensada para resistir, y las guerras que la pusieron a prueba
El castillo se organiza en dos recintos amurallados concéntricos. El exterior, de planta cuadrada, levanta cuatro torreones de base redonda rematados en octógono, con tres niveles de aperturas de tiro y ocho garitas también octogonales coronando la terraza. Entre ese anillo defensivo y el núcleo residencial queda la liza, el pasillo estrecho que obligaba a cualquier atacante a exponerse dos veces. Sobre la puerta principal vigila un matacán, pensado para dejar caer proyectiles verticalmente sobre quien intentara forzar el acceso. El recinto interior, también cuadrado, agrupa torres con nombre propio —Pedro Mata, la de la Muralla, la de los Peces— y culmina en la torre del homenaje, a la que se sube por una escalera de caracol tan angosta que obliga a subir de uno en uno. Todo el conjunto queda aislado por un foso seco excavado en terreno arcilloso, cruzado en su día por un puente levadizo, cuya función no era solo simbólica: era la primera y más eficaz línea de defensa antes de llegar a cualquier muro.

Exterior del castillo de Coca. / Istock / Pedro Salaverria, Pedro Salaverria
Esa arquitectura se puso a prueba pronto. Durante la revuelta de las Comunidades, en 1520, la Junta rebelde decretó el envío de un ejército contra la villa y el castillo como represalia por el incendio de Medina del Campo. La orden nunca llegó a ejecutarse del todo: la dificultad del asedio, sumada al refuerzo de la guarnición real con soldados alemanes, hizo que Coca resistiera el ataque comunero de 1521 sin ceder. Casi tres siglos después, en 1809, el castillo vivió su episodio más singular: un pelotón de 25 soldados franceses, al mando de un sargento, se instaló entre sus muros con la misión de proteger las comunicaciones de los ejércitos de Napoleón. No fue una guarnición tranquila. Aislados en territorio hostil, aquellos hombres rebuscaron en las salas y destrozaron el mobiliario buscando objetos de valor, dejando un daño que se sumaría al deterioro que ya arrastraba el edificio. Fue una ocupación militar con consecuencias reales, no una anécdota de paso: parte de aquel destrozo explica, de hecho, por qué décadas después la propia Casa de Alba llegó a desmontar y vender las galerías y columnas del patio de armas original, en la primera mitad del siglo XIX, ante el estado en que había quedado el conjunto.

Coca, provincia de Segovia / Istock
Del abandono a las aulas: qué visitar hoy y cómo llegar
El siglo XIX dejó al castillo en su peor momento, con el patio de armas desmantelado y buena parte del conjunto en decadencia. La recuperación llegó en el XX: en 1926 se declara Monumento Nacional, reconociendo un valor que el abandono no había logrado borrar. La restauración definitiva llega en 1954, cuando la Casa de Alba cede el edificio al Estado, a través del Ministerio de Agricultura, con el compromiso de restaurarlo. Ese acuerdo dio origen a la Escuela de Capacitación Forestal, que con los años se ha transformado en el actual CIFP Agraria de Coca, dependiente de la Junta de Castilla y León y todavía en funcionamiento: el castillo, además de monumento, sigue siendo un centro educativo con alumnos reales.

Castillo de Coca, en Segovia. / Istock / Matt Trommer
Para visitarlo, conviene tener en cuenta el horario estacional: en temporada de verano (del 6 de abril al 24 de octubre) abre todos los días de 11:00 a 13:00 y de 16:30 a 19:00; en invierno, de 11:00 a 13:00 y de 16:30 a 18:00. Permanece cerrado en enero y el primer martes de cada mes, y es recomendable reservar con antelación dado que las visitas se organizan por grupos. El precio de la entrada ronda los 3-5 euros según la fuente consultada, así que conviene confirmarlo antes de ir. Se llega con comodidad desde Segovia o Valladolid, ambas a poco más de cincuenta kilómetros por carretera.
La visita no tiene por qué acabar en el castillo. La villa de Coca conserva su propia memoria amurallada: la Puerta de la Villa, tramos de la muralla urbana y, en la iglesia de Santa María, los sepulcros de la familia Fonseca, que cierran el círculo de la misma historia que empezó con el permiso de Juan II. Para reponer fuerzas después del paseo, el Restaurante La Muralla, en la avenida del Icona, ofrece cocina tradicional segoviana a un paso del recinto amurallado.
Al marcharse, con el castillo quedando atrás entre los pinares que lo rodean por todos los flancos, cuesta no volver la vista una última vez: ese perfil de ladrillo rojizo, tan fuera de lugar entre tanto verde, es precisamente lo que lo hace inconfundible.
- Nadie la visita, pero dicen que es la “Suiza española”: lagos de montaña, pueblos de piedra y cumbres de más de 2.000 metros en una de las zonas menos pobladas de España
- Las Azores, el refugio atlántico donde el verano todavía se vive sin multitudes
- El otro Sanxenxo que todavía no se ha puesto de moda: una villa marinera de calles de piedra y casas con soportales que guardan el casco histórico más bonito de A Coruña
- Karlos Arguiñano tiene claro dónde se come mejor fuera de casa: un pueblo de 3.000 habitantes donde, dice, 'se come como en el cielo
- El refugio de David Broncano (41 años) y Silvia Alonso (36 años) es un pueblo de Ávila en la Sierra de Gredos: cuna de Adolfo Suarez, tiene una iglesia medieval y vinos Denominación de Origen
- Lo siento, Caminito del Rey, pero la ruta más impresionante de España pasa por un pueblo de 330 habitantes: pasarelas sobre el río Vero, un cañón de paredes verticales y una villa medieval
- Todos van a Cadaqués, pero pocos conocen el pueblo de Girona amurallado sobre un promontorio y rodeado de arrozales: un centro histórico medieval de piedra, junto a una llanura de humedales
- Ni Úbeda ni Baeza: el mayor mar de olivos del mundo que corona una etapa de La Vuelta a España y sube hasta casi 1.900 metros