El castillo más bonito de España está en un pueblo declarado Conjunto Histórico-Artístico: fue la corte más lujosa de Europa en el siglo XV, ardió en la Guerra de la Independencia y hoy se puede dormir entre sus muros
Un incendio en 1813 lo dejó reducido a esqueleto de piedra. Más de un siglo después, en 1925, España lo declaró Monumento Nacional para salvarlo del olvido. Hoy se puede pasar la noche donde antes dormían reyes.

Este castillo es uno de los más bonitos de España. / Istock
Hay un dato que cuesta creer hasta que se pisa el lugar: durante casi 125 años, entre 1813 y la reconstrucción del siglo XX, nadie supo con certeza cómo habían sido de verdad las torres que hoy fotografía todo el mundo. Un general español, Espoz y Mina, ordenó prenderle fuego para que Napoleón no pudiera hacerse fuerte en él. Ardieron artesonados, techumbres, salas enteras donde un viajero alemán del siglo XV había escrito en su diario que no imaginaba palacio más suntuoso en toda la cristiandad. Ese diario se conserva todavía en Londres, en el Museo Británico.

Vista panorámica del famoso Castillo Olite, Navarra / Istock
Lo que quedó en pie tras las llamas fueron muros mutilados y una leyenda de esplendor que nadie podía ya verificar del todo. Dos arquitectos hermanos tardaron treinta años, entre 1937 y 1967, en devolverle una silueta que hoy se reconoce en cualquier postal de Navarra, aunque se tomaron libertades: los remates de pizarra de las torres, por ejemplo, no responden a ningún documento gráfico de la época, sino a la imaginación de sus restauradores. El resultado, aun así, funcionó: en 1925 el edificio ya había sido declarado Monumento Nacional, antes incluso de que empezaran las obras que lo devolvieron a la vida. Ese castillo, con su historia de lujo, fuego y resurrección, está en Olite (Navarra).

Sara Fernández García
El castillo que fue la corte más deslumbrante de Europa
El primer palacio en este mismo lugar era modesto, una fortaleza de los siglos XIII y XIV levantada sobre los restos de una construcción romana anterior. Todo cambió con la llegada de un rey de origen francés, Carlos III el Noble, que en 1402 encargó junto a su esposa, Leonor de Trastámara, una ampliación que no tenía parangón en la Navarra de la época. Carlos había viajado por Francia, había visto los palacios que se levantaban entonces al otro lado de los Pirineos, y quiso algo parecido para su corte: galerías con arquerías polilobuladas, salones cubiertos de yesería morisca con estrellas y escudos, un jardín colgante a veinte metros de altura sostenido sobre arcos, sala de excavaciones incluida. Llegó a tener zoológico propio, con papagayos, búfalos y jirafas conviviendo con las aves de cetrería.

Palacio de los Reyes de Navarra, más conocido como Castillo de Olite. / Istock / Boris Breytman
De aquel esplendor sobreviven hoy la Torre del Homenaje, la más alta del conjunto, y la Torre de los Cuatro Vientos, desde la que se domina todo el patio central. También se conserva, en uno de los patios, una morera centenaria (con cerca de trescientos años de vida) que la tradición atribuye al propio Carlos III y que hoy figura declarada Monumento Natural. Bajo la Sala de los Murciélagos sigue el jardín colgante de la reina Leonor, y en los muros del Palacio Viejo, hoy convertido en Parador, todavía pueden distinguirse las trazas de la construcción original del siglo XIII.
El golpe llegó con la Guerra de la Independencia. En 1813, Espoz y Mina prendió fuego al edificio para negárselo a las tropas francesas, y lo que había sido una de las cortes más lujosas de la Europa bajomedieval quedó reducido a un cascarón. Pasaron más de cien años hasta que la Diputación Foral de Navarra encargó a los arquitectos José y Javier Yárnoz Larrosa un proyecto de restauración, ganador de un concurso convocado en 1926. Las obras arrancaron en 1937 y no terminaron hasta 1967. Hoy, quien recorre el Palacio Nuevo pasa por delante de los mismos arcos que aparecen descritos en aquel diario de viaje del siglo XV, aunque bajo tejados que ningún rey navarro llegó a ver.

Exterior del Palacio de los reyes de Navarra. / Istock / Boris Breytman
Un pueblo que se recorre entre murallas y galerías bajo tierra
Fuera del recinto del castillo, Olite conserva un trazado que sigue obligando a caminar sin prisas: calles estrechas, casas solariegas con escudos labrados en las fachadas y un recinto amurallado que envuelve el casco antiguo. En el centro, la Plaza Carlos III el Noble hace de punto de partida natural, con la Plaza de los Teobaldos justo al lado, allí donde hoy arranca casi cualquier visita guiada al conjunto.

Vista panorámica desde un balcón del Palacio Real de Olite / Istock
La iglesia de Santa María la Real preside una de las esquinas del castillo con una fachada gótica que la tradición local vincula con la influencia de Notre Dame de París, y que en su día sirvió también para actos religiosos vinculados a la realeza navarra. A unos minutos a pie, la iglesia de San Pedro, de principios del siglo XII y declarada Bien de Interés Cultural, guarda un claustro románico y una torre rematada en aguja gótica que puede verse desde buena parte del pueblo. Entre ambas, la torre del Chapitel mezcla sillares romanos con fábrica medieval, testigo de las distintas capas históricas que se han ido superponiendo en el mismo terreno desde hace dos mil años.

Olite, castillo medieval de Navarra / Istock / Delphine Poggianti
Bajo la Plaza del Ayuntamiento se esconde quizá el rincón menos fotografiado y más singular de Olite: unas galerías medievales que en su origen servían como pasos sobre el foso del castillo, después reconvertidas en almacenes y bodegas familiares, y que hoy funcionan como espacio expositivo. La leyenda local, que conviene contar pero no tomar al pie de la letra, habla de túneles tan anchos que permitían el paso de dos jinetes a la vez, pensados para unir en secreto los palacios de Olite y Tafalla. La realidad documentada es más modesta, pero no menos interesante: esas galerías existen, se pueden visitar y forman parte del subsuelo real de la plaza Carlos III.

Calles de Olite. / Istock
Vino, huerta y una mesa con siete siglos de historia detrás
Olite lleva el vino en la genética del lugar desde hace generaciones, hasta el punto de que la localidad concentra buena parte de la actividad vitivinícola de esta zona de Navarra, con el Museo del Vino como epicentro de esa memoria colectiva y varias bodegas familiares abiertas al visitante. Entre ellas, Bodegas Ochoa lleva produciendo vino desde 1845 y organiza catas y recorridos guiados por sus viñedos ecológicos, con visitas que arrancan a mediodía y terminan con una degustación de sus vinos más representativos acompañados de pan, aceite, queso y chocolate; una experiencia pensada para grupos reducidos y con la certificación ecológica del Consejo de la Producción Agraria Ecológica de Navarra desde 2015.

Imponentes murallas y torres que forman parte del Palacio Reale de Olite / Istock
La huerta de la Ribera navarra, a un paso de aquí, marca también la carta del Parador, instalado precisamente en el Palacio Viejo del castillo, en la plaza de los Teobaldos. Sus 43 habitaciones ocupan una construcción que combina piedra medieval con confort contemporáneo, y su comedor, bajo arcadas de ladrillo con aire de otro siglo, sirve espárragos y alcachofas de temporada, pochas frescas, pimientos del piquillo, quesos Roncal e Idiazábal, cordero al chilindrón y bacalao ajoarriero, la trilogía de sabores que mejor resume la cocina navarra de interior. A pocos metros del castillo, el resto del pueblo (algo más de 4.000 habitantes según el padrón) vive del mismo pulso pausado que marcan sus calles empedradas, con las mantecadas y ensaimadas locales como cierre dulce casi obligado tras cualquier comida.
Entre el fuego de 1813 y las luces que hoy iluminan ese mismo comedor donde antes ardieron los techos artesonados de Carlos III, hay más de siglo y medio de distancia y una sola certeza: quien se sienta hoy a cenar bajo esos arcos duerme, literalmente, dentro de la historia que casi desaparece para siempre.
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