El Caribe está en Galicia: bienvenidos a la isla de Areoso

Tu postal paradisíaca más cerca de lo que pensabas

José Miguel Barrantes Martín
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Foto: D.R.

La ría de Arosa, la más extensa de todas las que existen en Galicia, es un universo de conocidas poblaciones costeras, playas magníficas, islas e islotes de imprescindible visita y un buen número de bateas que dan fe de que en estas aguas se da la mayor producción de mejillones del mundo.

Isla Areoso, Galicia
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Su gran riqueza marina asombra a propios y extraños de igual forma que algunas de las islas del interior de la ría asombran año tras año a los visitantes de toda esta zona del oeste peninsular.

Una de esas islas, reducida a la categoría de islote en numerosas ocasiones por sus menores proporciones que otras vecinas, es la de Areoso, un rincón paradisíaco cuya belleza y parecido con otros puntos del planeta de latitudes tropicales le han valido el nombre de “Caribe gallego”.

Isla Areoso, Galicia
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La experiencia de sentirse como en un cayo caribeño

Solo faltarían unas cuantas palmeras o la presencia de manglares para confundir a simple vista el islote de Areoso con alguno de los cayos tan frecuentes en aguas del Golfo de México y del mar Caribe o de las Antillas.

En efecto, la isla de Guidoiro Areoso – según su nombre oficial – es una extensión de unas nueve hectáreas, de muy poca altura y cubiertas prácticamente por arena blanca y dunas que, en algunas partes, se ven tapizadas por vegetación herbácea.

Isla Areoso, Galicia
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El arrecife que rodea el islote y el paradisíaco color de las aguas circundantes completan un conjunto idílico que asombra por su parecido con el Caribe. Solo al sumergirnos en el mar salimos de nuestra ensoñación y alcanzamos a adivinar que la temperatura del agua no se corresponde con la de aquel lado del océano Atlántico sino con la de las costas gallegas.

Las islas de la Toja, Arousa o Cortegada son normalmente las que acaparan todas las miradas en esta parte de las Rias Baixas, pero Areoso se ha ganado, en los últimos años, una fama solo en consonancia con su atractivo paisaje.

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Los 600 metros de largo y 200 de ancho en su parte más extensa configuran una lengua de arena de escasa altura que, aunque inhabitada y marcadamente restringida en su uso público, se ha convertido en un tesoro natural que cada vez más personas quieren conocer.

A menos de kilómetro y medio de la isla de Arosa, el mayor de los islotes del archipiélago de Rúa y Os Guidoiros es todo un reclamo al que se suele llegar en una embarcación de recreo, velero, canoa, kayak, piragua o incluso tablas de paddle surf, pero que requiere de un gran cuidado para lograr su conservación.

Isla Areoso, Galicia
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Un islote protegido

El aspecto paradisíaco del islote de Areoso oculta una fragilidad que es clave para entender el uso que se puede hacer de este maravilloso lugar.

La necesaria protección para que conserve sus características naturales genuinas limita en cierto grado nuestra acción al visitarlo. De la misma forma que no existen construcciones en toda su extensión, tampoco está habitada ni se permite pernoctar ni acampar en ella.

Isla Areoso, Galicia
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Tampoco es posible hacer fuego, dañar o cortar la vegetación, recoger elementos como piedras o conchas, practicar la pesca, atracar a menos de una distancia mínima de la orilla o acceder a las zonas restringidas.

Por otro lado, y aunque llame la atención, en su superficie existen restos arqueológicos que están igualmente protegidos. Se trata de construcciones megalíticas con miles de años de antigüedad que han aflorado como consecuencia de los procesos de erosión naturales del islote.

Isla Areoso, Galicia
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Varios dólmenes han aparecido en las últimas décadas debido al desenterramiento de los mismos como consecuencia de la acción del viento y las olas del mar, que van limando poco a poco, y en ocasiones de forma más acusada, las dunas existentes.

A pesar de que, hace tiempos inmemoriales, toda esta zona formaba parte del resto de la costa – de ahí la presencia de las construcciones megalíticas -, la subida del nivel del mar en la Edad de Bronce acabo aislando estas tierras, que comenzaron mucho más tarde a sufrir los efectos de la erosión y acabaron llegando hasta nuestros días con una reducción significativa de la altura de las dunas con respecto al pasado.